Sarasa vendimia III: habemus reina

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Nos acostumbramos a algunas cosas como parte de la puesta en escena. Nos las sacaron, a ver si funcionaba, pero no. Seguimos en la misma. “Tejido en tiempo de vendimia”  demostró que el género no sólo no está cerrado sino que nos artistas no saben bien de qué se trata.

Siempre me pregunté, si los mendocinos apenas entendemos la fiesta, qué entenderán los extranjeros. Hay algunas cosas que trascienden el argumento porque son parte del colectivo: San Martín, la Virgen, el malambo, la colonización. Bueno, este año naranja. Guarda indígena por doquier.

Agujeros en el telar

Cuando vi al Aladín con chupalla ya se me bajó (la emoción), de entrada. ¿Qué es eso? Fue lo primero que pensé. Estuvo un poco menos espectacular que las hijas de Iron Man en el comienzo de la 2018. Sería bueno que los directores dejen de mirar las películas de Hollywood y Disney.

El contenido de las pantallas, al menos tuvo más sentido que otros años. Bien por el teatro de sombras. Las marionetas del patio cuyano, bueno… simpáticas pero dispersas, el escenario es muy grande, con dos no alcanza, muchachos.

La ausencia de íconos culturales de Mendoza se notó, mucho. Una hora y cuarto de espectáculo de luces y bailes, larguísima, diecisiete cuadros que trataron de hilar un telar raro. Lo mejor fueron las canciones, que no se lucieron suficientemente porque la puesta coreográfica no acompañó. Mucho, mucho, mucho de nada.

El tejedor se comió la escena. Está bien que era el protagonista del guion, pero más allá de eso, el artista hizo un trabajo escénico impecable y completo. Casi que si hubiera estado solo, hubiera sido más entendible.

Gran homenaje a los trabajadores golondrina. Los cosechadores nuestros se deben haber sentido hermoso. Como que si no vienen ellos no pasa nada. Algo así entendería cualquiera. Abran el concurso para los directores nacionales, traigan bailarines de otros lados, y hagan la fiesta en Tucumán, ya viene dando más o menos lo mismo.

Paremos con el romance. No hay nada romántico en la viña. Trabajo al rayo del sol, por dos mangos, sin cobertura social, en negro. ¿Quién se cree eso?

El tango creo que fue el único baile en donde los bailarines no estaban descalzos, cero pasión, trajes de lentejuelas sin brillo. Una lágrima que en plena lluvia ni se lucía.

No sé para qué está el lago artificial. No lo usan, para eso mejor que lo tapen. Un par de globos flotantes que simulaban uvas, un par de bailarines con harapos simulando hebras. Nada más. No estaría mal meterle canoas, ya que en la escena de la Virgen había un par de bailarinas con disfraces que emulaban el carnaval de Venecia. O quizás un par de triciclos acuáticos. Hagan de cuenta que es el Dique Potrerillos, no sé. Me pone nerviosa el agujero de agua quieto.

No te quiero verde

La marea verde llegó al escenario vendimial y salieron los fantasmitas de colores a decir cosas, supongo que para rellenar el vacío de la incomprensión. Nos han metido tantos colores que ya nos impiden pensar.

No, querida amiga de celeste, no hay mensaje oculto. La viña siempre fue verde, decí que no llenaron de hojas de parra a la actriz que disfrazaron de Virgen de la Carrodilla (¿era así?) porque ya estarías hablando de sacrilegios.

Te digo más, una de las canciones decía “Vino macho, que entra como Juan por su casa a la casa de Juan, y que como llega se va”, no es un mensaje precisamente feminista, ¿cierto?

Quedate tranquila reina, vas a seguir viendo verde por todos lados, en todas las vendimias. Agradecé, en todo caso, que no te pongan el piso rojo porque te desmayás si ves  una cascada rojo malbec.

Reciclemos

Los trajes no tuvieron nada de espectacular. Un relleno colorido de vestuarios anteriores que camuflaron muy bien con las luces. Los lienzos que pretendían ser los hilos del telar de viña que teje los destinos con los que juega el tejedor de las tramas de la vida (de eso se trataba el guion), bueno… se nota que el dólar está casi en cuarenta y cinco pesos. Pobretón el telar. Ni un brillito, ni un traje de luces, ni un cachito de innovación tecnológica, ni siquiera zapatos. Copas de cotillón de la calle Godoy Cruz para cerrar la puesta. Parece que ni para utilería hubo plata.

Es una pena el trabajo invertido por todo un equipo artístico, para que después los presupuestos políticos bajen la apuesta. ¿Y si dejan de joder con la Vendimia por dos mangos? En serio, están destrozando lo poco que hace famosa a esta provinsucha de montaña. Era una propuesta distinta, y no le dieron bola. Tanto así que ni difusión, ni previa decente, ni clima vendimial por las calles. Encima, frío y lluvia. Si el año que viene no hay fiesta nadie se va a dar cuenta. Que desaparezca sin que se note. ¿De eso se trata?

Siempre dije que era un espectáculo que no merecía una entrada por menos de ochocientos pesos. Este año, hubiera sido un fraude. De todas maneras, y quizás en eso la lluvia ayudó, el público estuvo más frío que el Aconcagua.

Coronadas en paraguas

Es parte del ritual. Esta vez las capas les sirvieron de algo a las pobres. Desde que a la reina la elige el público se acabó la pulseada política de la corona. Aparecieron los asesores de imagen, los sponsor, las redes sociales como principal espacio de difusión y las chicas dejaron de ser una cara bonita para empezar a hablar. A la reina saliente le chequean el discurso para que no se mande cualquiera en un momento de absoluto protagonismo en donde cualquier cosa que diga puede ser una hecatombe.

Pero como no hay manera de saber qué va a decir la reina entrante, la cosa se puede complicar. Este año, para colmo, la nota la dio la virreina con un rezo a la virgen. Sacala del ángulo. Todos sabemos que su rol es de suplente y que, quizás, era la única oportunidad que tendría de tener tantos micrófonos prestos a su voz. Bueno, lo hizo y el público la ovacionó.  Ya era hora de que fueran más que una cara bonita, que el peso de la coronilla lo usaran para plantarse de pie con su pensamiento, su ideología, su fe o lo que sea que pregonen.

Cansados ya de chicas ni/ni, que agradecen a su familia, a su novio, a sus amigos y prometen entre lágrimas infantiles que van a representar a Mendoza lo mejor posible. No nena, tenés que decir algo distinto, que se note que hay una reina ahí, si es que algo de presencia querés tener. Aplausos para la chica de Lavalle.

¿Qué hacía la madre de la reina en enlace directo con la hija por TV abierta? ¿A quién le importa, doña? Bonita la nena que parió, pero es su momento, déjela ser, pues. Ya está grande… “Hola mami, te quiero, te mando un beso, ya te veo”, ¿qué otra cosa va a decir? No había necesidad. ¿Va a ir con ella en el camión de bomberos cuando lleguen a San Carlos, también?

El circo previo

Ya sabemos que los políticos van para la foto, no hay nada más aburrido para los funcionarios mendocinos que la fiesta de la vendimia. En el fondo la detestan.

Arranca con la Bendición de los Frutos. Una misa vendimialera con golpe de arado que se usa nada más que ahí. Brindis del vino nuevo, que suele ser intomable y está caliente. El único acto oficial en donde la Virgen de la Carrodilla fue protagonista este año. Quizás estuvo bien, pero huele más a cagarse en las patas por un escrache del movimiento de apostasía.

Después viene la Vía Blanca. Lo que algunos no saben es que previo a eso, en el Bustelo hay un coctel donde los intendentes presentan a sus candidatas ante el cuerpo consular y diplomático. Muy top y protocolar todo. Aburrido. De ahí tienen que partir al palco, en una odisea de calles cortadas. Ingresan por la entrada del Edificio Gómez que está en la calle 9 de Julio. En los palcos no hay baños, y salir de ahí implica que al volver quizás la silla se la hayan ocupado. Tienen que lidiar con los lanzamientos de frutas desde los carros, el olor a humano húmedo. Sí, en los palcos hay olor a gente amontonada y el perfume importado no hace más que empeorarlo.

La mañana del sábado glorioso arranca con el desayuno de la C.O.V.I.A.R. que la gente se cree que es copado. Son pésimos. Montón de personas, bullicio ensordecedor de rosca política, miradas desafiantes y cómplices. El Hyatt es un quilombo. A ese tienen que ir, aunque sea para rellenar espacios que, si quedan vacíos, los llena el FIT.

El palco del Carrusel es más jodido todavía, porque es más gente. Pero como está en la puerta del Teatro Independencia, ahí hay más comodidades y también cattering. Pero ya es casi lo último, aunque no es lo peor.

Vienen con un humor bestial, de una semana sin choferes porque los ponen a todos en el aeropuerto para recibir a los visitantes oficiales foráneos, los llevan al teatro griego en colectivo (los únicos que deben haber tomado en la gestión), tienen que hacer cola de ida y de vuelta, cual parada de Mendotran en la plaza Independencia, tienen que entrar a contramano del público en una marea de gente que los puede agredir, silbar, escrachar. Una vez en el palco, están más apretados que peronista en manifestación por paritaria, en sillas chiquitas e incómodas.

Ahí se tienen que quedar quietitos dos horas y media. Viendo algo que no entienden, que los aburre, que no pueden criticar, que los pone odiosos, que no pueden ir al baño, que no pueden fumar, que ni pochoclo tienen, y encima de tacos y traje. Un infierno en el medio de la plebe que los rodea.

Por suerte terminan en el Golf, emborrachados hasta la médula, con trencito carioca y festejo de que por fin se terminó la vendimia, mientras los diarios imprimen la primera página a ritmo veloz y los periodistas teclean a cuatro manos las editoriales de lo que dejó la cosecha.

Este año, por lejos, lleno de ausencias y pobreza. Bien a tono con la vendimia real, con el país, con la gente que no tiene nada para festejar.