A la ciudad y al mundo | Parte 1

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Capítulo 1

La ciudad- Estado del Vaticano hervía de gente. De cada cinco personas, tres vestían ropas de clérigos. El ochenta por ciento de los cardenales que integrarían el cónclave, llegados de más de cincuenta países de todo el mundo, ya estaban en Roma.

Ciento treinta y cinco eran los príncipes de la Iglesia que aún no habían alcanzado la edad de ochenta años; se hallaban aptos para elegir un nuevo sucesor de Pedro, el pescador.

Luis Ortega era uno de esos seres que se movía entre tan espeluznante cantidad de hombres y mujeres. Se había agenciado una holgada sotana negra que le permitía ocultar una daga recién afilada y un cable de acero.

Según lo establece el derecho canónico deben transcurrir once días, una vez muerto el Papa, para que el Sacro Colegio Cardenalicio se reúna bajo llave, ese es el significado latino de la palabra cónclave, y se disponga a proclamar al siguiente vicario de Cristo. El lugar suele ser la Capilla Sixtina.

De esos once días, tres habían quedado atrás. En la mañana de la cuarta jornada un avión de Air France depositó a uno de los objetivos de Ortega en la ciudad. El entrenamiento de Ortega para convertirlo en uno de los asesinos mejor preparados del mundo había sido puesto a punto en las calles del Distrito Federal. Integrando la organización que se conoce como “M”, la poderosa mafia mejicana. La conversión a agente libre fue el resultado de haber asesinado a quemarropa a un comisario que era para sus jefes algo tan incómodo como una espina que se atraviesa en la garganta. Como premio recibió un tiro en la espalda con una bala de esas que se usan en las películas. El episodio fue a parar a los archivos de todos los servicios de seguridad del mundo y así Luís Ortega se evaporó ganándose el apodo de “Espectro”.

Si se necesitaba que alguien dejara el mundo de los vivos y por supuesto podía pagar el precio, “Espectro”, era garantía de éxito.

Su Eminencia, el Cardenal Jean Louis Coulet, oraba en sus aposentos cuando sintió un dolor terrible en el cuello. Intentó gritar; pedir auxilio, pero no pudo hacerlo.

Espectro desenrolló la bolsa que ocultaba bajo los hábitos en la que podían verse los sellos del servicio de correos del Vaticano, e introdujo al inerte purpurado. Guardó el cable de acero, se cargó la bolsa al hombro y salió. Nadie se fijó más de lo esperado en un delgado sacerdote que transportaba una bolsa con cartas. Espectro atravesó el Palacio Vaticano, recorrió los jardines y en unos momentos dejó atrás el Arco de las Campanas. Agradeció que Su Eminencia, al parecer no hubiera cometido el pecado de la gula.

El cuerpo de Jean Louis Coulet fue encontrado una semana después de que un nuevo Papa ocupara el trono de Pedro. Ya era demasiado tarde.

El Mercedes azul viajaba a poca velocidad. Llovía tanto que resultaba difícil ver hacia adelante, a pesar de que los limpiaparabrisas realizaban su labor de manera infatigable.

La luz roja lo obligó a detenerse, fue entonces cuando el Cardenal Robert Schleck, Arzobispo de Chelsea, sintió los suaves golpes en la ventanilla trasera. Pidió a su edecán, monseñor Antonio Hoyos, que no avanzara y que bajara el cristal, el cual era a prueba de balas. Un instante más tarde ambos hombres yacían muertos. Las bocinas en manos de los impacientes conductores se entremezclaban creando una molesta y monótona melodía, que tenía por objetivo conseguir que el Mercedes azul continuara su marcha.

El gigantesco 747 de TWA procedente de Colombia, cuyo destino final era la ciudad de Roma, viajaba repleto. Todo el mundo quería estar presente cuando la fumata blanca hiciese su aparición. María Gutiérrez, la bonita azafata de piel morena de veinte y pocos años, se ocupaba de recolectar las bandejas con los restos de los alimentos, cuando creyó ver en los asientos doce, trece y catorce de primera clase a personas que dormían. El resto del pasaje había bajado de la nave. Al acercarse comprobó que se trataba de tres sacerdotes. Uno de ellos, a juzgar por sus vestiduras, era un cardenal.

—Hemos llegado, Su Eminencia —anunció la muchacha con voz suave.

No obtuvo respuesta. Tocó en el hombro al cura para despertarlo. La cabeza de Miguel Núñez, Arzobispo de Bogotá, cayó hacia delante como si se tratase de una marioneta a la que nadie le maneja los hilos. La posterior autopsia reveló que había muerto debido a una inyección de aire.

Espectro había ganado en buena ley un millón y medio de euros. No volvería a trabajar por un largo, largo tiempo.

Durante seis días los boletos de la elección fueron quemados con el agregado de paja húmeda. Por la chimenea pudo verse humo negro. Al amanecer del séptimo día, la Curia romana se encerró otra vez en la capilla que hiciera levantar su Santidad, Sixto IV. Cerca del mediodía los boletos se mezclaron con paja seca, las más de doscientos cincuenta mil personas entre las que se contaban, fieles y curiosos; que esperaban en la Plaza de San Pedro, supieron que la Santa Iglesia Católica tenía un nuevo rey. Las campanas de la Basílica comenzaron a sonar.

Unos minutos antes que el humo blanco se confundiera con el aire, el Secretario de Colegio Cardenalicio anunció el resultado del escrutinio.

—Rotzinger: nueve votos, Sendri: Ocho votos, Camalo: siete votos, Nives: cinco votos, Ferrara: sesenta y tres votos.

El Cardenal Rafael Ferrara se puso de pie e hizo la señal de la cruz. Escuchó la pregunta de rigor:

—¿Aceptas ejercer el oficio de Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal?

—Sí, acepto —respondió Ferrara.

—¿Qué nombre deseas llevar?

—Rafael.

Una hora y media después de la aparición del humo claro, el Cardenal Protodiacono, el chileno Jorge Arturo Molina Pérez apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, que se conoce como “La Logia de la Bendición” y pronunció la fórmula de anuncio:

—Nuntió vobis gaudium magnum: habemus Papam.

Según marca la tradición, después de su elección el nuevo Sumo Pontífice debe trasladarse con el Cardenal Camarlengo y el Maestro de Ceremonias Litúrgicas, al “Cuarto de las Lágrimas”; una pequeña habitación contigua a la capilla Sixtina, en donde se viste con el hábito blanco y llora ante la magnitud y la responsabilidad de la tarea que debe afrontar.

Rafael Ferrara se vistió con las ropas que lo identificarían como nuevo pastor de un rebaño disperso alrededor del mundo que superaba los mil doscientos millones de cabezas y acto seguido rió con fuerza para celebrar el primer logro de su proyecto.

Todos los cardenales esperaron con paciencia su turno para arrodillarse ante el Obispo de Roma y besar, el anillo de Pedro. A partir de ese momento la Iglesia, tenía un nuevo monarca, Rafael, el Papa número doscientos sesenta y cinco.

Al aparecer en el balcón para dar la bendición Urbi et Orbi fue recibido por banderas de todos los colores y un sin fin de aplausos y gritos. Concluido el rito se dirigió a los presentes en la plaza en italiano, la ovación fue instantánea. No era nada extraño que el nuevo depositario de las llaves del reino de los cielos hablara, entre otras muchas lenguas, un perfecto italiano. Esa era la lengua de sus abuelos.

La noticia se desparramó más rápido que la lava de un volcán en erupción por todo el planeta. El nuevo Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano era un argentino.

A miles y miles de kilómetros del Estado más pequeño, más rico y más poderoso de todo el globo, una pareja de ancianos tomaba su desayuno, consistente en café con leche y tostadas de pan integral untadas con dulce de durazno. Había cuatro horas de diferencia entre Italia y Argentina; al dar las ocho en punto la pantalla del majestuoso televisor de sesenta pulgadas que llevaba más de tres horas funcionando sin sonido, mostró la chimenea de la Capilla Sixtina que dejaba escapar un espeso humo de color blanco.

Mientras Vicente aumentaba el volumen, gracias al aparato de control remoto, Constanza, su esposa de toda la vida, le preparaba otra tostada al tiempo que declaraba en tono solemne:

—Tenemos Papa.

De haberlo querido ellos hubieran podido estar en el Vaticano para ser los primeros en besar el anillo del pescador, que desde ahora descansaba en el dedo del mayor de sus hijos, Rafael, pero ese no era el plan que los Ferrara habían trazado.

Capítulo 2

Vicente Ferrara era el segundo hijo de Cosme Ferrara, un siciliano que luchó en el frente alpino durante la Gran Guerra. Vino a la Argentina en compañía de Antonella, su esposa y un robusto bebé de poco más de un año: Enzo, quien resistió los noventa días que demoró atravesar el océano con una permanente mueca de alegría. Con la familia viajaba un florentino llamado Giuseppe Torelli, su amigo más cercano.

Cosme decidió abandonar su patria, cuando metido en una trinchera con el barro hasta las rodillas, medio muerto de hambre y frío conoció a Giuseppe, un ser dueño de un optimismo a prueba de todo, que le contó lo que a él le habían contado sobre un bello país en el sur de América del sur: en donde uno si era trabajador y austero podía llegar a convertirse en millonario.

En 1920 desembarcaron en el puerto de Buenos Aires. Era un caluroso día de noviembre. Se sentían felices y repletos de esperanza. Los hombres guardaban en los bolsillos de sus sacos, demasiado gruesos para estas temperaturas, los manuales del inmigrante que les entregaran antes que la goleta: “La Estrella”, zarpara hacia el nuevo mundo. Los manuales eran confeccionados por el gobierno para facilitar la llegada de todas aquellas personas que elegían la Argentina con la intención de dejar atrás los devastadores ecos de la guerra. Algunos además tenían la ilusión de formar parte de la revolución agropecuaria que con la ayuda del ferrocarril estaba llevando adelante el gobierno de Hipólito Irigoyen. Los manuales les servían a los viajeros para conocer cómo iba a ser la travesía, la llegada y la posterior vida en el país. Los instruía sobre cómo comprar un boleto de tren y cómo conseguir un empleo.

La ciudad de Buenos Aires abrazaba lo mismo que una madre cariñosa aunque algo sobre protectora a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que deseaban habitar suelo argentino. El barrio de La Boca les ofreció a los recién desembarcados un lugar en donde empezar a edificar el futuro.

El propietario del conventillo, en el que se alojaban razas tan diversas que formaban una moderna Babel, era un hombre de huesos largos, cuyo espeso cabello se parecía al trigo y un perpetuo cigarrillo de fabricación propia siempre a punto de caérsele del labio inferior. Todos lo nombraban “el ruso”, aunque en realidad era húngaro.

El Ruso conoció la tierra de los gauchos dos décadas antes que Cosme, Antonella y Giuseppe. A pesar de no poder ser considerado rico, era alguien a quien no le faltaba sin sobrarle.

Inicio su negocio con dos candelabros de oro que le heredara su abuela paterna. Su patrimonio se completaba con un traje gris, que jamás tuvo mejores épocas, dos camisas blancas y dos pares de botines negros.

Las doradas piezas se convirtieron en un terreno grande y muy plano. Sobre el cual fue levantando adobe por adobe, en el tiempo libre que le dejaba su puesto de estibador, modestas y limpias habitaciones; ocho en total, con un baño en común que contaba entre sus lujos, con un bonito espejo en forma de rombo.

Cuando el grupo de italianos conoció al ruso, éste hablaba un castellano sin tropiezos y a fuerza de haber tenido que lidiar, como él mismo decía, con gente de tantos y tan lejanos lugares; sabía hacerse entender por cualquiera.

Las piezas tenían un costo de dos pesos por mes. Una, la más espaciosa, la ocuparon los Ferrara. La última que quedaba libre fue para Giuseppe.

Antonella, tenía los ojos y el cabello oscuros como el fondo de un aljibe. Provenía de una familia que durante siglos había amasado el pan más sabroso y crujiente de toda Sicilia.

Cosme, quien fuera siempre delgado, tanto que parecía que podía fracturarse si sufría alguna caída, había experimentado una pronunciada metamorfosis, fruto de su paso por el campo de batalla. Al volver su cuerpo se asemejaba al que años más tarde exhibirían los boxeadores de peso pesado. La sonrisa que antes lucía se perdió, dejándole un rostro cuya expresión única era la de un hombre tranquilo y satisfecho consigo mismo. En los años que siguieron, años en los que construyó su sólido reino, nadie alcanzó a saber qué pensaba o sentía. Hubo dos personas que lo sabían, por eso una lo amaba, la otra lo respetaba.

En el pueblo de Erice, en la provincia de Trápani, vivían dos familias que no se ganaban el sustento diario con la pesca del atún, ni tampoco cultivando vid. Se trataba de los Ferrara y los Sabatini. Unos criaban vacas de cuya leche se elaboraba queso y manteca. Los otros eran panaderos.

Vittorio Ferrara, un viudo que supo criar con amor y buenos consejos, a su hijo. Cada amanecer se ponía las ropas de trabajo: unos pantalones de pesada tela gris y una camisa celeste sobre la que reposaban unos tiradores muy añejos. Le gustaba llevar una gorra de pana negra que lo alejaba del sol del verano y del frío de la estación contraria.

Vittorio era la clase de persona que a pesar de ostentar una maciza corpulencia, hecha a fuerza de madrugar y trabajar todos y cada día de la semana, daba la impresión de ser un atleta olímpico dueño de una agilidad elástica, la cual empleaba para saltar a su carreta y una vez allí dar la orden de avanzar a un tesonero caballo blanco, el cual era el motor que movía la pesada estructura. Junto a él siempre iba su hijo Cosme.

Los Sabatini eran una pareja feliz. Él un individuo de piernas cortas con una expresión alegre. Ella una señora de generosas redondeces, que no ocultaba la dicha de haberlo encontrado. Antonella, la hija, se encargaba de repartir el pan. Le causaba una enorme alegría ver acercarse la carreta de Don Vittorio; siempre con Cosme a su lado mostrando aquella sonrisa; más lo veo más me gusta pensaba cada mañana la jovencita hija de panaderos.

Cuando las horas de los días se hicieron semanas, meses y más tarde años. Cuando la muchacha adquirió esas formas que hacían que los hombres del pueblo silbaran al verla pasar, y Cosme empezó a usar la navaja de afeitar de su padre; nadie se asombró al oír la noticia: el lechero y la panadera se casarían pronto, muy pronto.

Continuará…