A la ciudad y al mundo | Parte 2

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Capítulo Dos

Está a punto de concluir junio. El pueblo de Sarajevo, en Bosnia, ha pasado por alto la hora del almuerzo. Algunos han tenido el tiempo suficiente para preparar huevos duros y poner algo de jamón ahumado al resguardo de dos rodajas de pan. Los más precavidos llevan consigo odres con agua. Todos esperan a los visitantes.

A la una de la tarde los curiosos que se apretujan a ambos lados de la ancha avenida principal, orgullo de la modesta ciudad, oyen muy lejos todavía el golpe de los cascos de los caballos sobre las piedras que forman la calle.

Gavrilo Princip, un estudiante universitario, tiene la vista clavada en el lugar desde donde se acerca el sonido del rítmico trote. Está nervioso, no asustado. Su Colt 44: aceitado y limpio, lo hará pasar a la eternidad. Princip no logra comprender la algarabía de la gente. ¿Por qué se los ve tan dichosos? ¿Es que acaso sólo él siente el peso del yugo? El estudiante espera. Apostado a un kilómetro de ahí, otro miembro de su equipo, ha recibido la misión de atacar primero; si lo hacía con éxito, Princip no actuaría y entonces reanudaría su vida hasta que le fuese solicitada alguna otra tarea, por parte de la Mlada Bosna, la joven Bosnia. Pero los caballos no dejan de avanzar cada vez más y más, los sonidos  que presagian su llegada aumentan segundo a segundo. Un minuto después estaban allí, tiraban de un carruaje igual a los que se describen en los cuentos de hadas. Princip apretó el revólver dentro del bolsillo de su saco marrón. Él no fallaría.

El heredero al trono de Austria, saludaba levantando el brazo derecho, e inclinando de manera alternada la real testa hacia un lado u otro de la calle. A su lado, su esposa repetía los gestos agregando dos o tres sonrisas más.

La condesa Sofía Chotek no conseguía calmarse luego del estruendo que se había producido mil metros atrás; aunque no sospechaba que las granadas las había arrojado un obrero austriaco que intentaba asesinarlos.

El príncipe Francisco Fernando estaba seguro que al regresar del viaje, su tío, el Emperador, empezaría a respetarlo y a tratarlo como se lo merecía. No pudo continuar sus elucubraciones. Un nuevo estallido volvió a ensordecerlo y al instante sus ojos se cruzaron con los de un muchacho que empuñaba un revólver y le apuntaba a la cabeza. Intentó moverse, proteger a la duquesa. No lo logró. Estaba muerto.

Cuando la duquesa de Hohemberg fallecía a raíz de dos impactos de bala en el hospital Konak. Cosme y Antonella se besaban frente al altar de la iglesia de San Alberto, el santo de Trápani, ajenos a la danza que practicaba la guerra sobre las tumbas de los miembros de la casa de Habsburgo, la misma danza que al cabo de once meses decidiría el rumbo de sus vidas futuras.

Gavrilo Princip se ajustó con exactitud a las órdenes recibidas. Disparó, vació el tambor, dejó caer al suelo el arma y se confundió entre el mar de sacos marrones que intentaban no ser alcanzados por los disparos. Nadie lo vio, nadie lo señaló, nadie lo acusó, nadie lo detuvo. Ahora sabrán esos sucios austriacos que hablamos en serio, pensó exaltado por su proeza.

El crimen que Gavrilo cometió fue la chispa que encendió la mecha de la Gran Guerra.

El matrimonio Ferrara comenzó su vida en una casa blanca con un jardín sencillo en el frente. Obsequio de ambas familias. Lo tenían todo: amor, trabajo y muchos planes. Pero como marca la ley: nada puede durar para siempre y ellos lo supieron aquel día de fines de mayo de 1915. Los hombres jóvenes tendrían que sumarse a la guerra.

Capítulo Cuatro

Veintiséis meses de combate cuerpo a cuerpo contra: el hambre, el frío, la lluvia y el barro prepararon a los amigos para enfrentarse a la ciudad como los cazadores que eran, dispuestos a volver a casa con la piel del león. La bestia no es llamada en vano el rey de la selva, no iba a ser tarea fácil despellejarla. Con el diario La Nación doblado bajo el brazo de Giuseppe dieron inicio a la cacería.  La esperanza que siempre ofrecen los días lunes embadurnaba sus caras.

Es imposible precisar todo lo que caminaron y menos todavía cuantas personas moviendo la cabeza de izquierda a derecha dejaban escapar la frase: el puesto ya se ocupó. Decepcionados, pero sin perder la fe, volvieron esa primera noche a la pensión: muertos de hambre y con la esperanza algo desdibujada.

La escena se repitió durante varios días. Eran actores representando la misma obra noche tras noche.

Pasado el décimo fracaso los clasificados se convirtieron en un lujo que no podían permitirse. Cuando al caer la tarde no consiguieron la piel, estaban otra vez listos para desempeñar sus roles sobre el escenario de la pensión, mas la alegría de Antonella se los impidió.

—Conseguí trabajo —anunció.

Los hombres se miraron por un instante antes de romper en una carcajada tan cansada e incrédula como ellos. Antonella les contó que desde el día siguiente sería la nueva ayudante de la modista del fondo. Celebraron con un poco de pan, algo de queso duro y vino tinto.

El buen cazador conoce las reglas para salir victorioso.  Tanto Cosme como Giuseppe rebosaban de paciencia y perseverancia, cualidades básicas para alcanzar cualquier meta propuesta. La noche de la jornada número veintiuno al fin se envolvieron con la gruesa piel del señor de la jungla y satisfechos entraron en la pensión.

—Desde mañana, somos empleados del correo —dijo Giuseppe.

No se dieron cuenta y ya festejaban el quinto cumpleaños de Enzo. Giuseppe se mudó a pocas cuadras del conventillo. Era muy feliz junto a María, una muchacha que conoció en el trabajo, que lo convertiría en padre en tres meses.

Las dos parejas se reunían alternando entre la pensión y la casa de los Torelli todos los sábados. Esta noche María sería la anfitriona. Despertó con los pies hinchados, sus grandes ojos verdes mostraban señales claras de haber pasado una pésima noche.

—Muy buenos días —la saludó Giuseppe, al tiempo que acomodaba las almohadas para que estuviese más cómoda.

—Espero que sea un buen día, porque la noche fue un espanto.

—Sí, parece que ha estado nervioso el amigo.

— Dale con lo del amigo. Ella tiene nombre, se llama Juliana.

Giuseppe la besó en la frente. Cuando se aseguró de que estaba sentada sin dificultad, salió de la habitación; para volver trayendo una bandeja de madera que se convertía en mesa al plegarle sus cuatro patas. El desayuno se componía de té y pan con dulce de ciruelas que Antonella les había regalado.

—Vamos a suspender lo de esta noche —dijo Giuseppe—, no tenés buena cara.

—Seguro que desayuno y me siento mejor.

—Si no, suspendemos y listo. Ni un problema.

—Me da no sé qué. Antonella ya se debe haber puesto a preparar una torta para traer.

—Si es por eso, quedáte tranquila que con Cosme y Enzito mucho no va a durar.

María terminó el té, pero apenas probó el pan. A diferencia de Giuseppe no disfrutaba quedarse en la cama. Se vistió con un bonito vestido azul y recogió su largo cabello castaño detrás de la nuca. Se acomodó en el patio a leer el diario. Encontró una noticia que le interesó, se solicitaban empleados en una nueva tanguería.

El Dr. Sayavedra jamás completó sus estudios universitarios. Mucho menos obtuvo un doctorado en derecho. Quince de sus cuarenta años había sido afiliado a la Unión Cívica Radical, su fidelidad para con el partido le fue recompensada con una candidatura a Senador Nacional. Era un hombre que amaba más que a cualquier mujer, el poder y la riqueza. Su porte inspiraba un respetuoso miedo, eso le gustaba. Es mejor que te teman a que te amen, decía a sus acólitos con la voz llena de orgullo. Usaba una barba muy bien recortada que le servía para disimular una cicatriz en el lado izquierdo de la cara. El dueño del cuchillo se ocultaba debajo de toneladas de negra tierra y no volvería a postularse para ocupar una banca nunca más.

El tiempo en que fue servidor público lo utilizó para hacer favores y crear alianzas. Apareció en las primeras planas de los diarios de mayor circulación acompañado por famosos del deporte, el arte y la política. Pasó a ser considerado un pionero al implementar un sistema de casinos ambulantes que recorrían las ciudades ocultos en grandes camiones con acoplados que lucían en los costados el logotipo del frigorífico Santa Laura: una empresa que contaba con varios pisos de oficinas en el centro y pagaba envidiables salarios a un centenar de empleados. La creación de esta empresa fantasma fue la solución que encontró el doctor para hacer frente al cierre por parte de la policía de sus casas de juegos, a pesar de que cada semana los jefes de calle retiraban su porción del tesoro que los garitos del doctor producían y estos miles de pesos llegaban sin demora hasta los bolsillos de los comisarios de cada zona. El que se convertiría en un muy fructífero negocio sobre ruedas se puso en marcha a partir de tres camiones Mercedes Benz. Los acoplados revestidos con tablas de roble desde el piso hasta el techo. El suelo se cubría con una mullida alfombra del color del ladrillo. Pequeñas luces ubicadas de manera estratégica ofrecían a los visitantes una atmósfera agradable que junto con el sistema de ventilación eran una creación del mismo arquitecto que pusiera su firma en todo lo referido a la decoración del Cotton Club de Nueva York. Dos esplendidas bellezas rubias, —Sayavedra enloquecía por las rubias— mantenían los vasos llenos de la bebida preferida de cada invitado. En un rincón un pianista repleto de oficio musicalizaba la escena.

Cuando un jugador llegaba al límite de su buena estrella y quería retirarse; el chofer del camión, que conocía cada uno de los domicilios de los clientes de cada noche, variaba el recorrido habitual dirigiéndose a la dirección del desafortunado para dejarlo en la puerta de su hogar.

El servicio era privado y muy lujoso. La única forma posible de visitar por dentro uno de los casinos móviles Santa Laura era con una recomendación personal de un antiguo cliente. A partir de allí el futuro nuevo amigo debía esperar alrededor de diez días para que fueran comprobadas sus cartas credenciales y se descartara cualquier vinculación con algún organismo de seguridad.

El doctor Sayavedra obtuvo beneficios enormes de los casinos rodantes. Se consideraba un hombre de empresa, siempre atento a complacer hasta el más insignificante capricho de sus huéspedes.

Las solicitudes que más se repetían involucraban hombres y mujeres jóvenes con aptitudes para satisfacer una variedad nada menor de placeres de la carne. La lista se acrecentaba con pedidos de hachís de Nepal, rapé brasileño y sólo los más osados se aventuraban con la cocaína.

Obedeciendo a su espíritu emprendedor ordenó a uno de sus ayudantes más antiguos que comprara una casa grande, en la que todo un batallón de albañiles, pintores y electricistas trabajó sin descanso para poner la vivienda en las condiciones requeridas por el doctor. Catorce eran las habitaciones provistas de un mobiliario digno de reyes. Camas con sábanas de seda y pisos lustrados de madera de eucalipto macizo. Cada estancia contaba con un espacioso baño en donde reinaba una bañera con patas de bronce con agua siempre tibia. También había un armario con todo tipo de jabones, sales aromáticas traídas de Asia e innumerable cantidad de esponjas y cepillos de cerdas suaves con largos y torneados mangos.

El lugar no sería conocido como una casa de mala nota, sino como un reducto de tango para hombres, que contaría con bailarinas profesionales. La orquesta se formó con siete profesores que ejecutaban guitarra, piano, flauta traversa, clarinete, violín, acordeón y canto.

Sayavedra quería dar oportunidades a gente nueva para que engrosara sus filas. Le gustaba creerse un benefactor y más le gustaba que se le debieran favores. En todos los diarios se publicó su aviso solicitando personal para la nueva tanguería, las bailarinas ya habían sido elegidas. Su entrenamiento estaba a cargo de la señorita Gailac, alguien que conocía como nadie el oficio de vender amor y compañía.

La señorita Gailac era una mujer que se construyó a sí misma. Su belleza le abrió las puertas de los salones más prestigiosos de Buenos Aires. La hizo conocer a gente culta, rica y muy famosa. Hubiera podido ser una gran actriz de cine y el mundo no le habría negado nada, pero eso no era lo que el sino había escrito para su vida.

Tenía poco más de veinte años y su existencia era una interminable fiesta. Se había jurado llegar tan lejos como fuera posible. El amplio guardarropa que poseía era fruto de agradecidos regalos, de hombres que a su lado pasaron muy gratos momentos. Hasta el mismo presidente de la Nación se contaba entre quienes no habían podido resistir el cabello rubio y los ojos más azules que jamás haya visto alguien.

Le era difícil seguir almacenando carteras y zapatos. Un capítulo aparte lo constituían las joyas. Una historia que se contaba de boca en boca como si se tratara de las leyendas épicas que han llegado hasta nuestros días, hablaba de una gargantilla acompañada por un par de aros de oro con rubíes y zafiros engarzados que pertenecía a la familia real de Afganistán. El heredero al trono, el Príncipe Razaf había encontrado la forma de hacerle llegar el fabuloso presente como muestra de su eterna devoción.

La señorita Gailac no podía ser más feliz. Si alguien le hubiese insinuado tan sólo que su momento de gloria estaba a punto de consumirse como el fuego al que se lo priva de oxígeno, se hubiera limitado a reírse con esa risa suya que los hombres adoraban y las mujeres anhelaban para ellas mismas.

El doctor Sayavedra cumplía sus bodas de plata. Lo más selecto de la sociedad porteña entregaba con elegancia las participaciones recibidas para poder unirse a la fiesta de la que todos hablarían durante varios días. La Gailac hizo su entrada sin compañía y el dueño de casa la recibió con un semblante llenó de alegría.

—Bienvenida, mi querida amiga. Como es habitual luce muy hermosa.

—Es muy amable mi buen doctor —contestó—. Usted está como de costumbre elegantísimo.

La mujer había elegido para la ocasión un sencillo vestido negro que dejaba todo librado a la imaginación. Llevaba zapatos de taco bajo y el atuendo se completaba con una pulsera de oro dieciocho quilates, que se combinaba con un fino collar y un par de pendientes de idéntico material. El trigueño cabello lo había atado en una cola de caballo y con excepción de un poco de pintura en los labios, no lucía maquillaje. No era de su agrado.

Durante la cena, un hombre que llevaba un fino bigote, no le sacó ni por un segundo la vista de encima. Ella no pudo evitar imaginar los futuros regalos. Más tarde supo por boca del doctor Sayavedra que se trataba del Marqués de Loyola, un enviado del gobierno español que tenía la misión de realizar algunas compras. Entre otros productos cereales, carne vacuna y cueros.

En el momento en que el hombre del prolijo bigote se deleitaba con las formas que insinuaba el vestido negro, el Marqués de Loyola dormía en compañía de su obesa esposa que roncaba tanto o más que una locomotora y no se atrevía ni siquiera a soñar con una mujer como la Gailac en su madrileña cama.

El falso marqués permaneció a prudente distancia y esperó, era parte de su oficio.

En el jardín de la residencia se había dispuesto un escenario sobre el cual se mezclaban el tango y los fox trots que la orquesta de Roberto Firpo interpretaba. La Gailac danzaba con la gracia de aquellos que no temen al ridículo y hasta se atrevía a improvisar piruetas, que resolvía con elegante exactitud.

El doctor Sayavedra se las arregló para quitar a la muchacha de las garras de un cincuentón que la abrazaba con la misma delicadeza con que un camión aplasta al sapo que se atraviesa en su camino.

—Creo que el marqués, no dormirá esta noche si no la conoce, mi querida amiga— comentó sonriendo el organizador de la velada.

—Yo en cambio creo que exagera usted un poco, mi buen doctor —respondió la Gailac también sonriente.

Cuando las presentaciones concluyeron el ilegítimo noble dijo con su perfecto acento castizo adquirido después de horas y horas de escuchar e imitar a Doña Asunta, su abuela materna.

—Permítame decirle señorita, que es usted un verdadero ángel.

La joven conocía todos los aspectos del juego. Se preparó para mover sus fichas.

—Es Usted muy galante, Excelencia.

— ¡Galante! Qué va. Sincero, sincero y nada más.

El hombre que decía ser un dignatario extranjero era Sergio Achaval, un estafador profesional que la policía francesa encontraría muerto en el mismo momento en que María ofrecía el postre a sus invitados y les comentaba sobre el aviso que solicitaba empleados para una nueva milonga.

Achaval de veintiocho años, era el único hijo de un matrimonio que vivía de los frutos obtenidos del árbol del engaño. Lo que se conoce como cuento del tío. Sus padres poseedores de dotes que les hubieran proporcionado el aplauso en cualquier teatro, lo entrenaron desde antes que intentara dar un paso o pronunciar una palabra. En pocos años era un artista que brillaba en las colas de los cines y en los tranvías atestados a más no poder.

Los trabajos pequeños eran su responsabilidad. En ocasiones participaba en alguno de los grandes desempeñando el rol del tierno vástago de una familia que debe dejar el país y le urge liquidar sus reliquias familiares o era un niño con una áspera tos que sólo sanaría en las sierras, por tal motivo sus afligidos padres apelan a la solidaridad de los vecinos para conseguir que su único hijo pueda llevar una vida feliz.

Con el tiempo el niño fue un hombre que a fuerza de dos horas diarias de gimnasia; llevar el cabello cortado a la última moda y vestir ropas de excelente factura adquirió la apariencia de los seductores.

La vida dentro del mundo de la falsedad es agotadora. Siempre se debe tener los sentidos alerta, lo mismo que el conejo que intenta escapar de los dientes de un puma. La familia Achaval supo ser ahorrativa. Una parte de cada trabajo se guardó. Este proceso de poner los huevos en canastas distintas produjo buenos resultados y posibilitó la compra de tres departamentos, cuya renta era suficiente para llevar una desahogada existencia. También se hicieron con una cantidad importante dentro del paquete accionario de empresas cuyos dividendos anuales alcanzaban seis dígitos.

Había dos cosas que no obtenían todavía. En primer lugar la señora Achaval soñaba con vivir en una gran casa con muchas habitaciones, un inmenso parque y una pileta de natación. En segundo lugar el señor Achaval amaba a los caballos de carrera. Planeaba pasar sus últimos años criando bellos pura sangre.

Estos eran los pensamientos que poblaban las mentes del clan de timadores cuando como una señal de los dioses se posó frente a los ojos del cabeza de familia, lo que sería sin lugar a dudas el colofón de sus brillantes puestas en escena. Bajo el título «¿será verdad?» y acompañada de varias fotografías se contaba la historia de la colección: “Los ojos de Kabul”, valuada en más de un millón y medio de dólares.

A raíz de esta noticia la señorita Gailac se convirtió, sin saberlo, en el centro de atención del clan de estafadores. La puesta a punto les insumió un año de trabajo. Para cuando Sergio atravesó el umbral de los Sayavedra, la conocía mejor que ella misma.

Siguiendo un plan que había sido trazado con la misma meticulosidad con la que un arquitecto realiza los planos para construir un fastuoso edificio; Sergio dejó que los días transcurrieran y como si se tratara de otra de sus obligaciones diplomáticas apareció ya muy tarde en una recepción que ofrecía el embajador del Brasil, con motivo de celebrar el día de la independencia de su país. Sus cartas credenciales eran perfectas. Nadie se hubiera ni siquiera atrevido a imaginar que eran apócrifas. Para completar la caracterización se había dejado ver casi a diario por la embajada española para que con ese aire despreocupado que había fabricado, las cámaras lo capturaran, para estamparlo en las páginas de todos los diarios saludando a importantes autoridades locales luego de haber hablado de cualquier cosa. La suerte se convirtió en una aliada admirable, posibilitando que no se cruzara nunca con alguien que conociera al verdadero Marques de Loyola. Por eso, fue natural que se lo contara entre los invitados del embajador de Brasil.

Era mucho más que natural que la Gailac estuviera en la fiesta. No había reunión en la que no estuviera en la lista de invitados y sus ausencias se contaban con los dedos de una mano. Esa noche había elegido un vestido color rosa muy claro que parecía haber sido diseñado con exclusividad para su cuerpo. Sergio la observó y supo que tendría que realizar un gran esfuerzo para no caer rendido a sus pies.

Ella lo recordó desde que puso un pie dentro del salón. Ya vendrá, pensó y continuó con la rutina que le había acarreado tantos beneficios; seguir mostrándose encantadora, inteligente y divertida.

Como si se tratara de piezas sobre un tablero fueron efectuando jugadas hasta que quedaron cara a cara.

— ¿No nos hemos visto antes? —preguntó Sergio jugando su juego con la perfección de los maestros.

—Creo recordarlo ¿No estaba usted en el aniversario de los Sayavedra?

Sergio sonrió como si hubiera encontrado un billete de lotería premiado que había buscado por varios días.

—Ahora la ubico. Debe disculparme por mi escasa memoria, merezco un horrible castigo.

—No será necesario, si baila conmigo.

—Eso va a ser todo un placer —declaró al tiempo que ofrecía su brazo.

El Choclo interpretado por un cuarteto de: bandoneón, flauta traversa, guitarra y violín le sirvió de pretexto al hombre para abrazarla por la cintura con suave seguridad. Ella se dejó guiar y por un momento trató de detener su cerebro y no pensar con su habitual lógica. Y si por una sola vez las cosas son diferentes, pensó.

Los músicos eran bastante hábiles, pero estos detalles no eran de importancia. Bailaron sin hablar. Intercambiaron sonrisas y nada más.

La Gailac experimentó un pánico similar al que debe sufrir alguien que no se ha acercado ni por casualidad a un río y por accidente cae al agua cuando la música enmudeció. Se despidió con torpeza y salió corriendo como si estuvieran a punto de dar las doce campanadas, él no intentó detenerla.

Le resultó imposible dormir. La mañana la alcanzó cuando intentaba borrar esa sensación de angustia que la había mantenido insomne. Dejó la cama y caminó despacio hasta el baño. Llenó la bañadera con agua caliente, para dejarla sólo cuando el frío le indicó que había pasado un largo rato.

No era posible que esto fuera real. Esas cosas pasaban en el cine, en los radioteatros y en las novelas pésimas que de niña le leía su madre.

Continuará…