Libro en blanco | Última Parte

  •  
  •  
  •  
  • 24
  •  
  •  
    24
    Shares

Solo quien ha estado en el borde de la muerte tiene la capacidad de apreciar lo bello que ofrece la vida.
Quien escribe.

El joven yacía sentado en la oscuridad de la noche frente a la tumba de su gato. El cielo se encontraba nublado y unos relámpagos en el horizonte amalgamaban un espectáculo de luces que Hernán, hundido en su tristeza, no podía disfrutar.

La escena cobraba vida una y otra vez en su mente, como una canción pegadiza imposible de olvidar. Veía a su madre de frente a Milagros: pálida, asustada y sin poder entender como su única hija había podido vencer a la muerte. La mujer cayó de rodillas al suelo y se tiró hacia atrás cuando la pobre joven intentó acercase a ella. Hernán era solo un espectador, no podía creer que devolver a su hermana a la vida, después de todo lo que le costó, hubiese resultado tan mal.

―Mamá ―había exclamado Milagros demostrando un poco de humanidad que aún estaba escondido en su interior. La joven extendió sus brazos con una lentitud característica de un pobre anciano intentando retener su último suspiro; avanzó un par de pasos, pero su madre retrocedía cada vez más rápido.

Hernán seguía observando la escena, sintiéndose al borde del colapso emocional, tenía ganas de destruir todo a su alrededor y gritar. Gritar tan fuerte que su voz rota llegase hasta el inframundo. La impotencia al ver que todo lo que quiso construir se derrumbó, terminó desembocando en una ira ciega y sin precedentes en su conducta. Él aún no lo sabía, pero no faltaba mucho para que sucediese la explosión que definiría todo.

Todavía estaba sentado frente a la tumba, se tocó la sien, un chichón emergía de su epidermis como un volcán en la Cordillera.

Su madre se había levantado muy velozmente, a pesar de su estado, y lo había golpeado con el puño cerrado con una fuerza tan avasalladora que lo lanzó al piso. Cayó de espaldas al suelo. El golpe le dolió, sin embargo, lo que más daño le hizo fueron las palabras de las únicas dos mujeres que amó en su vida.

―Sos un engendro, Hernán. ―Azul temblaba mientras las lagrimas surcaban las arrugas prematuras de su cara―. ¿Cómo creíste que esto iba a ser mejor? ―Mil ideas surcaron por la mente de esa desdichada alma, imaginó por un segundo que golpeaba a su hijo con más fuerza, imaginó que lo insultaba, hasta llegó a pensar en matarlo; pero se detuvo, era su hijo y el fondo, a pesar de todos los errores que Hernán cometió, ella todavía lo amaba. Se detuvo haciendo hincapié en toda sui fuerza de voluntad, ya que sabía que, si avanzaba un milímetro más, no se detendría hasta terminar con la vida de su primogénito.

Hernán levantó su mirada para observar como su madre se marchaba corriendo de su casa. La última mirada que cruzaron lo llenó de vergüenza y humillación, pues los ojos de Azul expresaban decepción. Con solo recordar el gesto, Hernán era devorado por sus sentimientos, que lo apabullaban y lo hacían minúsculo ante un mundo que él creía dominar, y lo peor de todo es que el mal momento no terminó ahí. Milagros se volvió hacia él usando la misma expresión que su madre unos segundos antes y le dijo con un tono muy calmo y sereno:

―Te odio. ―El desprecio era tan evidente que el alquimista sintió por primera vez que quería morir y dejar este mundo que solo le trajo tristeza y dolor.

Acariciaba la tierra de tumba cuando Lilith llegó y se sentó a su lado.

―No es hora de que te vayas. ―La voz de Hernán sonaba normal, sin embargo, ella detectó que él estaba reprimiendo el llanto para cuando estuviese solo.

―No me voy a ir ―dijo Lilith demostrándose humilde y empática. La furia en el interior del muchacho creció más, de una forma tan abismal que en su interior podía llegar a sentir la misma furia que tuvo Dios cuando destruyó Sodoma y Gomorra. El alquimista soltó un aullido estremecedor, imitando a un lobo herido que se rehúsa a morir y quiere seguir peleando. Sus ojos se tornaron rojos, al igual que su aura. Lilith reaccionó de inmediato y quiso huir, pero no tuvo el tiempo sufriente. Por primera vez desde que dejó de ser humana sintió dolor. El golpe que le aplicó su amado en la cara la llevó a despegar su cuerpo casi un metro del suelo y arrastrarse por el mismo unos dos metros más.

―¿Qué pasa? ―preguntó Hernán, sonriendo con una malicia luciferina que estremeció a Lilith―. ¿Te dolió?

Hernán sabía que sí, pero lo que aún ignoraba era que ella estaba completamente enamorada de él. Lilith sintió un dolor punzante en su rostro, si hubiese podido sangrar, sabía que en ese momento estaría arrojando borbotones de sangre al suelo. Se vio a si misma humillada y rebajada. No lo pensó dos veces, decidió atacarlo y huir de vuelta al infierno. Se movió como un lince en la corta distancia que lo separaba con el alquimista. Cuando estuvo frente a él le lanzó un golpe al pecho. El alquimista solo sonreía. Ella elevó la vista y ver la expresión burlesca la hizo enfadar, intentó golpearlo en la cara, pero él la esquivó con misma gracia y elegancia que un boxeador profesional esquiva a un novato. La tomó de cuello y la elevó a casi un metro del suelo. La masa muscular de Hernán crecía y se volvía más fuerte y vigorosa; su aura se tornaba cada vez más de un color carmesí brillante. Era como si su cuerpo estuviese por explotar en una supernova. Irradiaba calor y apretaba cada vez más. Él no quería destruirla, solo quería hacerla sufrir para sentirse mejor. El demonio sacó sus garras, que penetraron en el brazo de Hernán, este ni se inmutó al ver como la sangre caía en desde su muñeca al suelo. La sostuvo así unos segundos y su expresión maliciosa cambio a una pulcra seriedad debido a la expresión de dolor que tenía Lilith.

―¿Por qué me tratas así? ―le dijo el demonio―. Si no te he hecho nada fuera del trato que pactamos.

―Y eso que importa, ¿ahora piensas en lo que es justo? Cuando tu especie roba, miente y mata. ¿Me estas jodiendo no? ―La furia seguía en aumento a medida que Hernán descargaba toda su ira oprimiendo el cuello de Lilith―. ¿Sabes lo mal que me siento? Me auto flagelé, maté a mi gato, recorrí en infierno para reunir a mi familia y, ahora―soltó un sollozo―, nunca va a volver a ser como antes. Mi mamá y mi hermana me odian.

―Te lo dije, Hernán. Nadie puede traerlos tal y como eran en su primera vida. Solo el Nazareno tiene ese poder.

Hernán hizo oídos sordos y la apretó con más ímpetu, el dolor en la cara del demonio le causaba pudor, no quería seguir, pero la ira seguía en aumento y lo consumía cada vez más.

―Hay algo que no entiendo―continuó el alquimista ―. ¿Por qué no te fuiste cuando terminó el pacto?―Ella miraba a los lados intentado esquivar la respuesta. Hernán le exigió que le respondiera, pero ella se negaba.

―Está bien, si me decís porque no te fuiste, te juro por mi alma, o lo que queda de ella, que te dejo ir.

Lilith ya no soportaba el dolor y accedió. Cuando el alquimista la soltó cayó al suelo de rodillas, se levantó con dificultad y se cruzó de brazos, miraba hacia el costado demostrando una clara señal de nerviosismo.

―¿Y? ―La increpó el alquimista. Ella lo miró directamente y le respondió.

―Sos el hombre más fuerte y más sabio que existió, pero no entiendes a las mujeres. Me quedé porqué comenzaste a gustarme y después del último desafío me di cuenta que me enamoré de vos. ―La expresión de Hernán solo era comparable con la de un vagabundo que se gana la lotería―. ¿Qué? ―dijo sorprendido.

―No me hagas repetirlo de nuevo.

El hombre se tiró al suelo, sostenía su cara con el único brazo que aún conservaba―. Simplemente no puedo creerlo. Lo mejor va a ser que te vayas ahora. No puedo con todo esto. ―Lilith se entristeció, ella sabía que no era correspondido, pero al no escuchar mínimamente que él se sentía algo atraído la devastó por completo. Sabía que debía irse, pero antes de hacerlo le propuso un plan a Hernán.

―Cuando vine a acompañarte no fue para decirte esto. Quería decirte que tengo una solución para Milagros, siempre y cuando quieras. ―Hernán dejó de mirar el barro y la observó directamente. Los ojos de Lilith se perdieron en su amado y los golpes y el dolor fueron olvidados.

―Vos la resucitaste, y ella ya purgó su alma en el infierno. Al ver su aura ahora puedo asegurarte que cuando muera ira cielo.

―¿O sea que me aconsejas…?

―Sí, que la asistas para que vuelva a pasar al otro plano y que esta vez sí descanse en paz.

Hernán lo meditó por casi una hora, hasta que del interior del hogar Milagros hizo acto de presencia entre ellos.

―Hermano, valoro lo que hiciste, pero ella tiene razón No puedo vivir con el recuerdo de que sufrir ahí abajo. Solo quiero dormir y dejar de sentirme sucia, triste y deprimida. Una persona no debe de resucitar, la muerte es el fin del viaje… yo lo comprendo y lo acepto, como vos lo vas a aceptar cuando llegue tu momento. ―Hernán se paró frente a ella y la abrazo; a diferencia del primer abrazo, este si fue correspondido, ambos se fusionaron y por un segundo pudieron percibir su vida antes de que todo se fuera por la cloaca. Se sintieron niños de nuevo, se sintieron hermanos, se sintieron amados.

―¿Segura que es lo que queres? ―Milagros asintió, mientras Lilith comenzaba a alejarse entre las sombras. Hernán colocó su mano en el pecho y con mucho cuidado extrajo el talismán. Milagros sonreía aliviada y antes el de despedirse susurro: ―Te amo, Hernán.

El alquimista se arrodilló, como si estuviese recitando una plegaria, y por fin dos gotas enormes de agua salina se desprendieron de su retina. En un segundo su hermana desapareció, como también Lilith y el talismán en su mano.

Hernán se quedó llorando en el suelo de su patio trasero hasta que el sol lo sorprendió en posición fetal entre sollozos entrecortados. Se levantó, se metió a la casa y quemó todos los libros y manuscritos de magia negra, blanca, y roja. Se acurrucó frente al intenso fuego y se durmió. Descansó durante casi veinte horas, hasta que un sonido sordo lo despertó. Había alguien en la puerta y lo llamaba.

Todo volvió a su mente como una triste escena en el final de una película. Abrió la puerta y vio que a sus pies alguien había dejado una pequeña caja de cartón con agujeros, la abrió y sintió que el llanto volvía por él con más fuerza que antes. En el interior había un pequeño gato blanco, de no más de treinta días de vida, lo acurruco en su pecho y con una sonrisa triste le dijo:

―Creo que de ahora en más seré tu dueño.

Fin

Escribo esta pequeña nota al pie del relato para explicarles que por una cuestión de salud me voy a alegar un tiempo de este hermoso y diverso pasquín, que a pesar de recibir constantes críticas, sigue sin tambalearse y mejora nota a nota. Iba a hacerlo en un estado de Facebook cuando promocionara el final, pero decidí hacerlo acá para mantener un perfil más bajo y así poder agradecerles a todos lo que una vez se tomaron el tiempo de leer uno o más de mis relatos, también a aquellos que comentaron y que en más de una ocasión me enviaron un mensaje felicitándome, criticándome o hasta diciéndome un mejor final que a mí se me había ocurrido. Fueron casi dos años de publicar una nota todas las semanas. Voy a extrañar esto, pero tengo que alejarme un poco y espero volver lo más pronto posible.

De nuevo muchas gracias por leer y por sus devoluciones. Hasta Luego.

TAGS: