Lluvia

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Si la lluvia llega hasta aquí voy a limitarme a vivir. Mojaré mis alas como el árbol o el ángel o quizás muera de pena.
Luis Alberto Spinetta

Sentí cómo empezó a llover.

De la nada, con el sol mostrando el pecho peludo entre las nubes verdes y aburridas.

Nubes catatónicas.

Lluvia misteriosa.

Sonaba en el techo con golpes escandalosos y secretos.

Miré hacia arriba, para ver cómo comenzaban a funcionar las goteras entre las manchas de humedad, pero nada ocurrió. Ni una gota de agua pasó a través del cielo raso para caer en el piso. Esta situación me extrañó, porque era invariable e irresoluta. Indicaba el comienzo del ritual de la colocación de baldes, para tener la ilusión de que se le podía hacer frente a un evento natural.

Con cautela me asomé por la ventana de la cocina para ver el portento y vi, lisa y llanamente, que llovían chanchos.

Primero me asombré, después me asusté y luego me maravillé.

Me dije que los paraguas serían inservibles ante tal evento, fácilmente un animal con ese peso podría destruir el esqueleto del paraguas, además, estos, los paraguas, no me resultan de fiar. Siempre tuve la convicción de que dominan a su portadores, los hipnotizan con sus poderes secretos y los convierten es sus esclavos. He visto mucha gente usando paraguas con el cielo despejado, con la mirada perdida, con el ánimo por el piso, mordiéndole los cordones de los zapatos

Mientras tanto los cerdos seguían cayendo en picada, como en un ataque kamikaze.

En un instante prófugo podía ver sus miradas alucinadas, con el miedo del aviador que ha perdido el control de su avión en una maniobra suicida, en un giro Imimelman con los motores apagados.

Cuando terminaban de caer, extrañamente, rebotaban en el cemento impávido y taciturno como si fueran de hule

Luego de la caída libre los animales se quedaban ahí, un tanto confundidos, un tanto agradecidos por no haber reventado contra el suelo.

Eran chanchos marrones, negros, tornasolados, de terciopelo azul, de jade tibio; chanchos de pelo áspero, suavecitos como la luna y de ojos achinados; chanchos rabiosos, sodomitas y anarquistas; chanchos multicolores, blindados y de risa fácil; chanchos con moño, atletas, musicales, acuáticos, sónicos y espaciales; chanchos de porcelana, transparentes y enamoradizos; chanchos con swing, floridos y perfumados… Chanchos de todas clases.

Mansitos se dejaban acariciar por los vecinos que tenían buenas intenciones; aunque desconfiaban, al punto de morderlos, a aquellos que sólo querían sus jamones, sus bondiolas y sus costeletas.

El chaparrón se convirtió en tempestad. En la calle se creó un río de cerdos, que se subían a las veredas y se metían por las fendas de las puertas.

Los rayos y centellas iluminaban con un flash a las bestias en su vuelo sin retorno hacia la tierra.

Ya entrada la noche la tormenta amainó. Esporádicamente caía algún otro y se quedaba dando tumbos por el piso, ante la mirada divertida del resto de los puercos.

El pleticor fue reemplazado por un creciente olor a bosta.

La noche estuvo plagada de gruñidos, no sé si lo hacían los chanchos o las estrellas.

Al amanecer todos los marranos estaban dormidos en el suelo, exhaustos de tanto ajetreo. Respiraban al unísono, como un fuelle gigante, como un sólo ser.

La piara universal.

Ahora toda la población mira con cierto temor al cielo. Se está nublando y vaya a saber uno qué lloverá esta vez.