A la ciudad y al mundo | Parte 3

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Capítulo Cinco

A mitad de camino entre las ciudades de San Juan y Mendoza, se ubica el pueblo de Media Agua, hoy célebre por sus sándwiches de jamón crudo en pan casero. Por los días en que estaba a punto de morir el siglo XIX, nació en ese árido territorio una niña que al florecer tendría a príncipes y presidentes postrados a sus pies.

María Martínez, la madre, regenteaba un puesto de dulces y conservas. El padre, un comerciante itinerante de calzados, que eligió el pueblo como parte de sus recorridos quincenales; un buen día dejó de venir. Por eso María no pudo contarle que estaba embarazada, no pudo contarle que dio a luz a una hermosa niña, no pudo contarle que la llamó Rosa y mucho menos pudo nunca dejar de esperarlo. Fue para esperarlo mejor que trasladó el puesto a la calle principal.

Cuando el viajero entrara al pueblo, la vería. Entonces reconocería en los ojos de Rosita, los suyos propios y se volvería loco de alegría. Las llevaría con él a la capital para nunca hacerles faltar nada.

El nómade vendedor no supo encontrar el camino de regreso por lo que María se fue apagando todos los días un poco.

Rosa tenía ocho años y trabajaba a la par de su madre en la elaboración de dulces, los cuales alcanzaban siete variedades tales como damasco, durazno, uva, ciruela, membrillo, pera y tomate. Entre las conservas se contaban: las berenjenas negras, violetas y blancas en escabeche que compartían ese mismo procedimiento de conservación en vinagre con las cebollas y las zanahorias, los pimientos morrones asados, los tomates enteros y hecho salsa.

Eran largas jornadas en las que la niña, que no asistía a la escuela, aprendía de libros que María había adquirido gracias a aquellos vecinos que viajaban con frecuencia a la capital. La madre, dueña de una educación básica, pretendía que su hija tuviera un futuro más amplio y si bien no le era posible que fuese a diario a una escuela, debido a que la más cercana estaba a ochenta kilómetros, la mujer había organizado un rudimentario plan de estudios que incluía lengua, matemáticas, historia y geografía. Por las noches se hacía presente la literatura de la mano de uno o dos capítulos de alguna novela que en su mayoría eran protagonizadas por hombres de brazos fuertes y corazones tiernos capaces de moler a golpes a cualquiera que no respetara su ley, pero también capaces de arrojar su capa al barro para evitar que una dama ensucie sus zapatos.

Fueron años bellos en los cuales Rosa aprendió a soñar con la vuelta de su padre, pero también aprendió a odiar a ese desconocido cuyo recuerdo hacía que su madre,  muy tarde por las noches, llorara hasta quedarse dormida.

Ella no pasaría por eso. Ella no esperaría jamás el regreso de un hombre en la calle principal del pueblo. Ella no amaría nunca a nadie, para que nadie se atreviera a dejarla sola esperando en la calle principal del pueblo.

Al morir María, tal vez ya muy cansada de esperar y seguir esperando, liquidó todas sus pertenencias y se fue a Buenos Aires donde se transformó en la Gailac.

La manera más segura y eficaz que encontraba de mantenerse firme en su promesa de no sucumbir ante el perfume que destila el amor, era desaparecer. Eso sería lo más apropiado, se evaporaría al menos por una temporada. Hasta estar segura de que el marqués había vuelto a su tierra. Lo más lógico era que tuviera que rendir cuentas a algún superior. Se sintió más tranquila, relajada, hasta un poco contenta. El baño siempre le producía ese efecto. Algunos días sin fiestas, conciertos u otras aglomeraciones no le harían nada mal, después de todo.

El bello reloj de pared le informó que había llegado el mediodía y su estómago le informó que tenía hambre. Se preparó una ensalada de tomate y lechuga, la acompañó con algo de queso fresco y pan negro. En la cocina no había mesa alguna, aunque el espacio lo hubiera permitido de sobra, odiaba comer en la cocina. Acomodó los alimentos en una fuente y se los llevó al comedor. Encendió la radio buscando compañía y sacó del bargueño su última botella de gran reserva de Extremadura.

Las horas que siguieron fueron tan tranquilas que nadie podría haber imaginado con cuanta exactitud se cumplía aquel proverbio que reza: la procesión va por dentro. Se obligó a no pensar y mucho menos a imaginar. No era verdad, no lo estaba viviendo en su propia carne. Ella no. Ella: la fría, la ambiciosa que había logrado escapar como si se tratara de un campo de refugiados de la sucia y dolorosa pobreza. Ella que subsistía empeñando joyas, algunos vestidos y tapados de piel. Ella que llevaba años sin abrir un ojo antes de las dos de la tarde, y todo por haber sido tan estricta en su proceder. Pasarla bien, estaba bien. Enamorarse, ¡qué estupidez!

El cautiverio que se impuso no cumplió su cometido. El teléfono parecía una especie de máquina creada para enloquecerla. Lo desconectó para intentar dormir, no lo logró. Volvió a llenar la bañadera, aunque esta vez no esperó que el agua le hiciera sentir frío. Se jabonó el cuerpo con fuerza con la ayuda de un cepillo, se enjuagó y dejó el enlosado cubículo. No supo cuándo se había hecho de noche. Eligió una falda sencilla de color gris perla, la combinó con una camisa del mismo tono. Se puso unas sandalias negras y protegió su cabello húmedo con un pañuelo de un gris algo más claro que las otras prendas. Cuando estuvo en la calle, caminó hacia el restaurante: Florencia, propiedad de un italiano grueso que no había perdido el acento de su pueblo, tal vez como una forma de mantener la promesa que le hiciera a su esposa hacia ya treinta años:

—Cuando me haya establecido te vengo a buscar cara mia. No temas; jamás podré olvidar esta tierra.

La Gailac buscó un lugar vacío entre las mesas del fondo, tenía hambre. Mañana volvería a medirse con los alimentos, pero esta noche no.

El opulento florentino quería a la muchacha como a la hija que pudo tener y al verla llegar se apresuró para atenderla. El oficio de mozo, nada más lo ejercía con ella. La cena consistió en un plato de ravioles rellenos de espinaca y ricota, cubiertos con una salsa simple hecha de tomates, ajo y albahaca fresca. Su aroma era capaz de sacar a alguien de un estado de coma profundo. No habían transcurrido diez segundos desde que apoyara el plato sobre la mesa y ya regresaba trayendo un recipiente con picante queso parmesano y otro con pan de orégano. El delicioso cuadro no hubiera estado terminado sin una botella de espeso vino de la casa.

El propietario no pronunció palabra, en su lugar se dedicó a sonreír en cada una de sus idas y vueltas, como si quisiera decirle, todo se pondrá mejor.

Comió despacio. Se tomó tiempo para mirar a su alrededor, escuchando algunas conversaciones e imaginando otras. Después de terminar la segunda copa de vino, creyó estar sufriendo una alucinación fruto del poco descanso. El Marqués de Loyola le sonreía desde otra mesa con su copa levantada para saludarla.

Cómo no se dio cuenta de su llegada, nunca lo sabría. En realidad Sergio la había seguido desde su edificio, después de una larga e imperturbable guardia de muchas horas. Unos pesos en la mano de dos o tres empleados decidieron su entrada por la puerta trasera. El ilícito marqués era bueno en lo suyo. Sabía cuando ella le devolvió el saludo con una reluciente sonrisa, que había alcanzado su primera victoria. La muralla de la ciudad que pretendía invadir tenía ahora una fisura.

Con la convicción de poder vencer cualquier embrujo, creyéndose la poseedora de una poción mágica que le evitaría caer en la trampa que le costara la vida a María, su madre, a la cual vio consumirse como una vela que es olvidada sobre una repisa. Avergonzada por el terror que la dominó luego de aquel baile, se dispuso a disfrutar de una breve, pero no por eso poco intensa relación, con un miembro de la realeza europea, otra vez.

Dos meses pasaron desde su encuentro en el Florencia y él no había intentado ni siquiera un tenue beso. Ella disfrutaba con los paseos, las cenas, los bailes, pero por qué aún no buscaba robarle un beso. La muralla se desmoronaba a gran velocidad. El sitio de la ciudad no duraría.

La rendición incondicional se firmó con un beso largo, húmedo y tibio que acompañó al sí ofrecido como respuesta a la proposición matrimonial.

Sergio, según todo lo indicaba, se desempeñaba a las mil maravillas. El gobierno de su país había ofrecido al Marqués de Loyola ocupar un importante cargo en la embajada. El fraudulento aristócrata relató con tantos detalles el ritual de declinación de la oferta, que la Gailac creyó haberlo presenciado todo, sentada en un rincón en el despacho del embajador de la Madre Patria. Al término de la entrevista se había decidido que el enviado terminaría con las operaciones de exportación que tenía pendientes, para después acompañado de su novia volver a Madrid, en donde se celebraría la boda y sería recompensado con un puesto de alto rango en el gobierno español.

La chica que supo vender dulces junto a su madre, no daba crédito a todo lo que se le anunciaba. Ella viajaría a España, conocería a personas de la más rancia nobleza y se convertiría en marquesa. Su nueva vida daría comienzo en quince días, más o menos, todo dependía de cómo se fueran desenvolviendo los negocios de su prometido.

Es de madrugada. El sonido del timbre del teléfono la despierta. Suena todavía dos veces hasta que lo atiende.

—Hola.

— ¿Es usted la señorita Gailac? — la interroga una voz de mujer fumadora.

—Sí ¿Qué desea?

—Mire, disculpe por la hora. La llamo del hospital vecinal de Villa Devoto, sucede que ha ingresado un paciente que entre sus cosas tenía anotado este número.

No logra entender, todavía está dormida.

— ¿Sigue ahí, señorita? —quiere saber la ronca voz.

—Sí, sí estoy acá.

— ¿Conoce a un tal Sergio Loyola?

La habitación empezó a dar vueltas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para continuar la conversación.

—Lo conozco, es mi novio.

—El joven ha sido muy golpeado. Alguien lo encontró en la calle y lo trajo…

La Gailac no dejó que la seca voz siguiera relatando.

— ¿Hospital vecinal de Villa Devoto, me dijo?

—Sí señorita.

—Voy para allá.

Capítulo Seis

Javier Esquivel termina su tercera cerveza. No deja de vigilar la puerta de entrada. Ha decidido esperar quince minutos más y si no pasa nada volverá mañana.

Como cada noche El Tortoni no puede albergar un alma más. Los mozos, van y vienen con las bandejas como expertos malabaristas, sorteando cabezas, hombros y brazos.

Se abre la puerta, por fin. De no ser por ese ridículo bigotito no hubiera podido reconocerlo. Parece un lord inglés el muy hijo de puta.

El recién llegado se acomoda en una mesa sobre la que reposa un cartel blanco con un nombre. Se supone que es el suyo. Pide una copa de vino. Esquivel lo observa como el cirujano que estudia el abdomen donde debe poner a trabajar el bisturí. No le vendrán nada mal los pesos prometidos, seguro encontrará alguna belleza bien dispuesta a gastarlos con él.

El distinguido personaje acaba la bebida, deja algunos billetes sobre la mesa y sale. El bebedor de cerveza lo sigue.

—Que no se te pase la mano.

—No te hagás problema, vas a quedar hecho una pinturita. Esquivel hace un rollo con los billetes antes de guardarlos en el bolsillo trasero del pantalón. Separa las piernas y se balancea como solía hacerlo en sus épocas de gloria.

— ¿Estás listo? —pregunta sonriente.

—Listo.

El púgil sabe lo que hace. Golpea varias veces en la cara, sigue en el estómago sobre el cinturón. En pocos minutos Sergio está como necesita estar.

El agresor lo carga sobre el hombro derecho con la misma facilidad con que cualquiera levanta un papel del suelo. Lo deposita en la parte de atrás del mateo con el que se gana la vida y diez minutos después lo deja en la entrada del hospital vecinal de Villa Devoto.

Dos costillas rotas y una fisura en la clavícula, sin contar que la noche del asalto iba a reunirse con importantes comerciantes y en una actitud poco prudente llevaba encima la suma estipulada para las transacciones. Fue el saldo que lo dejó más de dos semanas en el hospital y claro esta lo obligó a suspender el viaje y el casamiento.

Sergio estaba a punto de apoderarse de la ciudad y de esa forma hacer más grande el honor de su casta. Sólo faltaba el golpe final, el tiro de gracia.

Cómo podría explicar a aquellos que depositaron su confianza y su dinero en él, que presa de su estúpida buena fe lo había perdido todo. Cómo se sobrepondría de esta mancha en su legajo, de esta vergüenza.

La novia le sostenía la mano y lo miraba con ternura. Al pronunciar la primera palabra que buscaba solucionar el malestar de su amado, la muralla se desintegró como castillo de arena que enfrenta una fuerte ola.

Con la certeza de ser absoluto conquistador, de saber que la ciudad había depuesto sus armas por completo, escuchó la propuesta dejando que su rostro fuera pasando del asombro al agradecimiento. Como era de esperar al principio no aceptó que su futura esposa afrontara sus compromisos. Se negó con estudiada firmeza.

—La decisión está tomada —anunció la mujer—, además para qué las quiero. No puedo exhibirme con ellas y tengo muchas más, tantas que no sé si en toda la vida las voy a poder usar.

—La corte española es un sitio apropiado para eso, mi amor.

—Otra razón más a mi favor para querer resolver el asunto.

—No sé qué decir, mi vida…

—Gracias estaría bien —dijo feliz la muchacha y lo besó en su machucada mejilla con suavidad.

Se suele decir que el amor es ciego. De no haberse encontrado cegada por la promesa de un futuro próspero junto al hombre que amaba con la misma intensidad que lo hiciera su madre con su errante y desconocido padre. Ella tendría que haber sospechado que algo poco normal estaba sucediendo. Escasas cuarenta y ocho horas después de que decidiera vender “Los ojos de Kabul”, se pudo leer en todos los diarios la noticia —que carecía de imagen alguna—, sobre la llegada a estas tierras de Sócrates Yanopolaus: el poderoso empresario griego. El compatriota de Homero era propietario de una flota de barcos con los que pescaba en todos los mares del mundo. La compañía de Yanopolaus abastecía de pescados y mariscos a toda Europa. Se trataba de un ser excéntrico dueño de un racimo de reglas con las cuales vivía y hacia vivir. Una de ellas se refería a su aversión por ser retratado. Se tejían miles de hipótesis, ninguna verdadera, pero le ayudaban a crear esa atmósfera de mito que los griegos han sabido explotar desde los tiempos de Hércules y sus doce trabajos.

El hombre que aborrecía el mar, sin tenerle un mínimo de respeto, aunque tan sólo fuera por convertirlo en una de las fortunas más fabulosas que existían, se ufanaba de ser un gran conocedor en materia de obras de arte. Se le atribuía una soberbia colección privada. El último dato que aportaba la reseña periodística, con el cual la alarma tendría que haberse encendido lo mismo que la luz del faro que guía en la noche a los barcos; y no lo hizo. Era un rasgo de la personalidad del descendiente de Zeus que pocos conocían. El magnate naviero era un acérrimo misógino, con la intención de rodear de verosimilitud este aspecto se citaba una frase publicada en un popular diario de su país: “No haría nunca negocios con una mujer. No confío en ellas.”

Al día siguiente, miércoles cerca del mediodía, Sergio se alejó llevando en una valija de cuero marrón el premio por su meticuloso trabajo. La Gailac no volvió a saber de él hasta la tarde de aquel domingo en el que Sayavedra entró en la tanguería a días de su inauguración. Ella charlaba sobre pequeños trucos útiles con sus discípulas.

Levantó la cabeza, lo vio y fue a su encuentro

—Lo encontramos.

Su rostro permaneció pasivo, las manos le temblaban. El doctor Sayavedra las sostuvo entre las suyas.

—Vivía en Niza, en una gran villa. Criaba caballos de carrera —comenzó relatando el antiguo Senador Nacional—. No opuso resistencia. Para la policía se trata de un incendio que no pudo ser sofocado a tiempo.

La mujer abrazó a su fiel amigo y sin hacer comentarios retornó a su tarea docente.

Fueron muchas las personas que respondieron a la convocatoria de los diarios. La mayoría eran inmigrantes que dominaban los oficios de cocineros, mozos, cantineros, actores de variedades y músicos. Todos confiaban en sus habilidades, tan sólo esperaban una oportunidad para poder demostrarlas.

A Cosme y Giuseppe no les valió de nada haber madrugado, Dios no los ayudó; eran los últimos de la fila. Durante las horas de espera charlaron con varias personas y pronto supieron que carecían de las destrezas que decían poseer los demás aspirantes. Sin perder la esperanza permanecieron en sus lugares. Con el paso de las horas el cordón humano se hacía más y más corto hasta que se encontraron frente a un hombre que era acompañado por una mujer de belleza aristocrática. Él con una barba bien recortada, lucía un traje azul de tres piezas, confeccionado sin duda a pedido. La camisa blanca no mostraba la más insignificante arruga y la corbata a rayas debía valer más de lo que ambos ganaban en una quincena. Los zapatos, con un brillo que hacía pensar que eran nuevos, eran negros.

La mujer con la misma altura que su compañero mostraba un gesto amable que invitaba a sentirse cómodo. Su atuendo era un bonito. Llevaba un vestido de color marrón claro y los zapatos compartían el tono terroso de la vestimenta. Usaba el cabello corto y tanto los labios como las uñas estaban cubiertas de un rojo intenso.

A pocos minutos de haber iniciado la entrevista; Bety, la mujer, y el doctor Sayavedra supieron que los italianos no poseían ninguna de las capacidades que necesitaban. Sin embargo, el propietario hizo una marca en forma de cruz al lado de sus apellidos. Se trataba de hombres que habían sobrevivido a la guerra. Nunca estaba de más tener soldados a la mano. Bety compartía la opinión de su esposo en cuanto a la falta de actitudes específicas, pero se dejó guiar por la buena impresión que los amigos le causaron. Eran respetuosos, muy corteses y bastante, porque no pensarlo, atractivos. También ella dibujó una cruz en su lista.

El regreso a casa se tornó lento y sin expectativas. Hablaron poco. Al día siguiente, con visibles marcas de cansancio, volvieron al trabajo. Primero vaciaron los papeleros. Luego fue el turno de los baños y los pisos. Al promediar la mañana unos mates y unas media lunas para poder seguir.

—No nos vendría mal conseguir algo en la tanguería —comentó entre mates Giuseppe.

—Aunque nos pagaran lo mismo, siempre va a ser mejor que fregar baños y juntar papeles —dijo el siciliano todavía con la boca llena.

—Te imaginás que nos llamen como personal de limpieza —se rió Giuseppe—, eso sí que sería el colmo de los colmos.

—Por lo menos es otro ambiente y quien te dice por ahí sale algo.

—Dios te oiga.

—Tengamos fe, hermano. La verdad yo este laburo no lo banco más —sentenció Cosme usando el lunfardo que empezaba a descubrir.

En menos de dos semanas la invocación de Giuseppe fue atendida. Había un puesto para cada uno. Cosme estaría como portero y el florentino tendría que hacerse cargo de estacionar los autos.

El cabaré fue nombrado: 343, aludiendo a la numeración de la casa. La fiesta de inauguración fue a todo lujo. El doctor Sayavedra se inspiró en los selectos clubes londinenses en donde los hombres son el único público. A esta exclusividad le sumó la música y el baile al mejor estilo parisino.

El salón era inmenso con la forma de una T acostada. A cada cliente o grupo de clientes los recibía Cosme con su soberbio smoking. Una vez adentro quedaban en manos de una señorita, la cual los acompañaba hasta la mesa asignada mediante reserva telefónica. Para atender las cincuenta mesas distribuidas a prudente distancia unas de otras, había diez mujeres más que hermosas que iban vestidas con un traje idéntico al de Cosme, pero en lugar de pantalones, usaban unas breves faldas acompañadas de medias negras y zapatos que le ponían el punto final al sugerente uniforme.

Los parroquianos disponían de una extensa carta de vinos, champagne, cerveza traída desde la misma Alemania, y contaban además con la posibilidad de solicitar bebidas especiales que un cantinero preparaba protegido por una deslumbrante barra de caoba, realizando los malabares que aprendiera viajando con el circo de Los Hermanos Verbeke, por dos décadas.

En cuanto a lo gastronómico la oferta era pantagruélica. Tres cocineros y dos maestros reposteros ofrecían recetas que iban desde comida italiana hasta francesa. Sin olvidar las delicias americanas como tacos mejicanos y locro, empanadas y asado criollo. La fama de la tarta de crema con frutillas del 343 llegó a ser conocida hasta en el número diez de la calle Downing.

En forma perpendicular al sector de comedor, es decir en la parte de arriba de la T que se denomina: barra, se instaló un escenario en donde algunas de las alumnas de la señorita Gailac lucían lo aprendido acompañadas por la orquesta. Cada baile con las chicas que no estaban sobre la tarima costaba cinco pesos. Estos iban a parar completos a las carteras de las danzarinas. Una puerta al costado del escenario comunicaba con las catorce habitaciones. Las cuales podían ser ocupadas por horas o hasta por una noche, si se estaba dispuesto a gastar cien pesos.

El imperio Sayavedra se edificaba sobre dos pilares. El 343 con sus múltiples atracciones y los casinos rodantes Santa Laura. Ambos emprendimientos fabricaban ingresos sin pausa. Tanto un sitio como el otro gozaban de inmenso prestigio. La lista de espera de los jugadores que ansiaban conocer el lujoso centro nocturno desde adentro igualaba a la de quienes amaban en las alfombradas habitaciones y deseaban que la blanca pelota de la ruleta se detuviera en su número preferido.

Las decisiones concernientes a los negocios eran tomadas por un triunvirato que completaban junto al doctor Sayavedra, su esposa Bety y la señorita Gailac, su amiga incondicional.

No era concebible tener más éxito. Los negocios se movían con la velocidad de un tren sin frenos y a ninguna de las cabezas del reino se le ocurría que algo podía llegar a detener la marcha del poderoso caballo de acero. Lo cierto es que donde menos se lo espera aparece el problema que detiene la más incesante carrera. Lo que se conocería como: la pequeña guerra, inició con la desaparición de cinco de las chicas del 343, a lo que siguieron una serie de actos de sabotaje que le costaron al grupo Sayavedra pérdidas por varios miles de pesos. Era imperativo descubrir lo que estaba sucediendo y acabar con el inconveniente. De lo contrario en poco tiempo todo lo conseguido se volvería un montón de nada.

—A mí nadie me saca de la cabeza que atrás de todo está la mano del turco —comentó Bety.

El doctor Sayavedra y la Gailac ocupaban dos de los sofás que había en la habitación que se utilizaba como oficina en los fondos del 343.

—Es posible, pero ¿Cómo podemos estar seguros? —preguntó la Gailac.

—No tenemos que perderle pisada —intervino el doctor Sayavedra.

—Sería una buena idea darle ese trabajo a los tanos —dijo Bety ocupando el tercer sillón.

—¿A un portero y a un tipo que estaciona autos? —exclamó con cara de asombro la Gailac.

—Bety tiene razón. Ellos podrían servir —contestó el doctor Sayavedra—. El turco no los conoce y esta gente ha sido de armas tomar y si la cosa se pone negra, seguro saben qué hacer.

—Lo que ustedes decidan, para mí está bien —dijo la Gailac.

—Ningún problema entonces. Mandálos llamar Bety.

Continuará…