Racing campeón

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Al socio Nº 114025-1
de Racing Club, el Primer Grande
según reza su carnet.

Mi padre nació en Avellaneda, al poco tiempo de que mis abuelos llegaran de Italia para instalarse en Argentina, junto con muchos otros tanos que se quedaron hacia el sur del Riachuelo. No sé muy bien cómo se le dio el amor por el club, pero fue fuerte porque llegaron a Mendoza diez años después y la pasión por la albiceleste la tiene intacta.

En la casa de mi viejo, cuando juega Racing no se puede hablar y al que no es del palo no se le abre la puerta. Si uno no está dispuesto a ver el partido como una misa, mejor no ir a la casa del Barrio Ingenieros. Y si por esas casualidades, Racing pierde, mejor tampoco aparecerse.

Si el partido lo encuentra en alguna reunión familiar a la que no puede faltar, uno lo ve con los auriculares conectados a la radio, con las manos en los bolsillos caminando impaciente, o sentado en un banquito con los brazos cruzados y en silencio.

Y es que él no está donde su cuerpo sino que vibra con toda una hinchada que, a lo largo y ancho del país, sabe lo que se siente ser de Racing. Mi hermano suele estar al lado, también en silencio.

No hace falta que nadie grite cuando Racing hace un gol, mi viejo se ilumina ya cuando la jugada arranca y la pelota está a metros del arco. Una estrella se le enciende en los ojos y la sonrisa se le pinta sola. No suelo seguir el partido como él, pero estoy atenta a su semblante.

Cuando veo esa luz que le yergue la postura, lo miro a los ojos y con la mirada, una mirada que sólo se entiende en lo que se comparte, le pregunto: ¿Gol? Ahí ya no se lo aguanta, se para y lo grita, se abraza con mi hermano y comienza el cantito al que se pliegan mis sobrinas. Un canto que suena en todas partes donde hay una albiceleste.

En el último partido que jugó en Mendoza, en el verano de 2018 contra Godoy Cruz, la hinchada ya era otra cosa. Ya estaban ahí, crecidos, los nietos de los sufrientes seriales. Esos que hoy ya vieron a Racing campeón tres veces, no supieron de los 35 años de angustia de los nonnos. El primer gol de Racing dejó muda a la hinchada botellera. Llovió mucho, pero ahí estaba firme la Guardia Imperial menduca, con todo y su pasión mojada a flor de piel. El partido lo ganó Racing 3 a 1.

Las novias del Diablo

Avellaneda es otra cosa, ahí no se valen las tibiezas. El día que juega Racing, o Independiente o los dos, las hinchadas no se mezclan y las camisetas son un blanco, de un lado y del otro. La rivalidad comenzó hace mucho, se afianzó cuando el Rojo se construyó la cancha enfrente del Cilindro y seguirá por siempre. Los descensos de ambos equipos se vivieron como un velorio de un lado y una fiesta del otro. Así es el fútbol.

Y también hay brujas en el medio. Como siempre, que no existen pero las hay. La historia del arco maldito también la supe en esas tertulias racingueras. A algo había que echarle la culpa por la mala racha y la historia dice que una noche allá por los ´70, los hinchas de Independiente entraron clandestinamente a la cancha de Racing y enterraron siete gatos muertos.

No era un detalle, puesto que en ese arco pasaron varias cosas extrañas que no hacían más que aumentar el mito. Se hicieron misas en el estadio, Lalín convocó a un exorcismo multitudinario, Basile mandó a cavar alrededor del arco varias veces sin éxito y hasta un canal alemán llegó a hacer una investigación. Al final, encontraron los huesos del gato muerto y enterrado. La racha mejoró, incluso después de la quiebra, los generenciadores y el Racing Sociedad Anónima. Dicen que en la plaza Arturo Illia se encuentran gallinas macumbeadas y obviamente esas son cosas del “Diablo”.

Mi Racing

A mí el tema de la hinchada se me dio por Capria, que era el más lindo de todos los jugadores de fútbol allá por el ´95. Mendoza no estaba acostumbrada a ver a los equipos grandes en el Malvinas y me prendía con los varones de la familia, a hacer guardia al hotel para las fotos, las firmas de las camisetas y algún que otro recuerdo.

No éramos lo que se dice una banda. Hacía más de 30 años que Racing no salía campeón y entre los viejos se abrazaban como quien transita un calvario. Yo escuchaba anécdotas de gente que ni conocía, resonaban en mi mente nombres que se me hacían familiares pero que no tenían rostros. Así supe del Racing único heptacampeón del fútbol argentino y primer heptacampeón mundial. Así supe del único equipo que en 1919 ganó un campeonato con 26 puntos (todos los posibles). Así supe del primer puesto durante todo el campeonato de 1961. Así supe del primero en ganar la Intercontinental y también la Supercopa. Y hasta de los hinchas famosos, entre los que estab John Lennon.

Lejos estaba aquello para mí. Mi Racing era el de Capria, y ese amor me llevó a la cancha con la camiseta firmada puesta.

En la popular estábamos los mismos que en la puerta del hotel, quizás algunos más. No la llenábamos ni a gancho, pero igual volvíamos con la garganta rota de tanto gritar. A la hinchada de Racing no la entiende nadie, y con razón. Hay ahí un manto de misterio, una comunión, un espíritu indomable.

Mi Racing, el de Capria, es el de los hinchas que llenamos un estadio para defender al club de la quiebra en 1999. El Racing que llenó dos estadios al mismo tiempo para ver el último partido del campeonato 2001. El Racing que aunque termine último en la tabla de posiciones es récord en ventas de entradas. El Racing de la bandera más grande del mundo.

Hoy Racing Club de Avellaneda, La Academia de Campeones, festeja una vez más, con nuevos héroes y un dios llamado Lichi.

Mi Racing es el de Capria, el campeón del 2001. Hoy canto de nuevo con la bandera en la espalda las canciones de la Guardia Imperial. Mi Racing es el que mueve el piso de Avellaneda cada vez que rueda una pelota en el Cilindro.

Pero hoy, mi Racing campeón es también y por sobre todas las cosas, el Racing de mi viejo, su primer amor, la albiceleste de su corazón.