A la ciudad y al mundo | Parte 4

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Capítulo Siete

Flaco como una rama de tamarindo, con ojos sin brillo que ocultaba detrás de anteojos oscuros: Alí Ben Kadar no tenía la apariencia magnífica del doctor Sayavedra y a primera vista no inspiraba miedo. Día por medio se afeitaba el cráneo, el cual cubría, a manera de turbante, con multicolores pañuelos de seda. Su más grande orgullo era ser poseedor de más de mil ejemplares diferentes. Se decía que hasta cuando verificaba la calidad de la mercancía que luego ofrecía a sus clientes usaba los anteojos y alguno de los turbantes.

Tanto el doctor Sayavedra como Alí Ben Kadar fueron pioneros e innovadores. Uno inició los casinos sobre ruedas, el otro organizó un sistema para entregar favores sexuales a domicilio.

El harén del hombre que bien podría haberse escabullido de las páginas de Las Mil y Una Noches, lo integraban mujeres de todas las razas que convivían en un edificio lindante a sus oficinas. Estas gozaban de una existencia en apariencia feliz, aunque en la realidad vivían la vida de las esclavas. Alí Ben Kadar tenía contacto con cada una de ellas una vez, cuando realizaba la sesión amatoria que le servía de evaluación. De ahí en adelante sus obreras serían custodiadas por un grupo de hombres fieles y temerosos de su señor elegidos con celoso cuidado en: Estambul, la ciudad natal del hombre de los mil turbantes, como lo se lo conocía.

El niño que fue, creció a orillas del Mar Negro. A escasos días de cumplir una docena de años, el cansancio lo venció no permitiéndole despertar a tiempo para salir junto a su padre a pescar como era habitual. Al llegar al puerto divisó al Samira no muy lejos de la costa. Saltó a una canoa y remó. Remó con la energía que reman los que están a punto de tener una docena de años para celebrar. Al poco tiempo alcanzó la nave que avanzaba con lentitud. Trepó por una de las escaleras colgantes de estribor. Llamó a su padre con toda la voz. No obtuvo respuesta ni encontró a los dos hombres que trabajaban con él. La embarcación iba a la deriva, sin nadie a bordo.

De nuevo en el puerto se dedicó a preguntar por su padre y también por sus dos amigos a los que siempre llamaba, tíos. Pasó el día completo caminando, pero nadie supo decirle nada en concreto sobre el paradero de los tres hombres.

Al anochecer sumido en un estado de angustia y miedo, llegó a la casa. Su padre no estaba. Encendió el farol, comió algo de pan con carne seca y sin poder evitarlo más, se durmió.

Despertó sobresaltado. Entonces recordó lo sucedido. Lo que le quedaba claro era que el barco había sido obligado a zarpar, las amarras no estaban rotas. Los que lo hicieron, no contaron con la posibilidad de que llegara tan rápido al muelle y diera alcance a la nave. Alí Ben Kadar no entendía por qué causa su padre y sus tíos habían sido víctimas de un sabotaje. Ellos eran gente buena que trabajaba y jamás buscaba problemas con nadie.

En el mismo momento que el pequeño pescador daba vueltas y vueltas sobre los últimos acontecimientos. Mustafá Kadar, el padre, permanecía atado a un aparato digno de haber sido utilizado en los tiempos de la inquisición. Se hallaba por completo desnudo, sujeto a una mesa de madera cuyo centro se separaba por la acción de una rueda, ejerciendo un dolor punzante en las extremidades del extenuado hombre.

—Sabemos que ha recibido una bolsa con muchos diamantes. ¿En dónde está?

Los captores vestían chilabas negras y cubrían sus facciones con pañuelos, que sólo dejaban al descubierto los ojos, de igual color. El más bajo de los cuatro, el que ponía a funcionar la horrenda máquina, hizo girar la rueda dos vueltas hacia atrás. El cuerpo de Mustafá se relajó. En ese efímero instante de calma el pescador lo comprendió todo. Vino a su memoria una frase que le había escuchado pronunciar muchas veces a su padre y que hasta hoy no había tenido sentido: “el agua duerme y el enemigo vigila”.

Mustafá Kadar había quedado viudo un año después de nacer Alí Ben. Samira sufrió una rara y desconocida enfermedad que le afectó los pulmones y se llevó rápido su vida.

Como lo fueran su abuelo y su padre él era pescador y Alí Ben lo sería cuando creciera.

Trabajó sin descanso y para cuando su hijo tenía once años era propietario de uno de los barcos más grandes y veloces de todos los que partían y arribaban cada día del puerto.

Esa espléndida herramienta de trabajo era una de las causas que hoy lo mantenían atrapado en una cámara de torturas. La otra, la traición de aquellos a los que creyó sus hermanos.

Mustafá fue contratado para transportar hasta la isla de Creta maquinarias agrícolas. El pago se efectuó con una bolsa que rebosaba diamantes. El motivo por el que lo eligieron no fue uno sino varios. Tenía la embarcación de mayor calado, conocía el Mar Egeo como si el mismo Poseidón le indicara la ruta a seguir y era célebre por navegar desafiando las tormentas.

El marino no demoró nada en buscar a sus amigos para participarlos de las buenas nuevas. Tenía la cara encendida lo mismo que una luciérnaga, mientras les decía que gracias a ese encargo podría prestar a Abdul, su cofrade de tantos y tantos años, la suma que le restaba para adquirir su propio barco. Era tan enorme su regocijo y tan inmensa la confianza que había depositado en aquellos seres que no advirtió las miradas que intercambiaron. Tampoco notó la chispa que les brotó de los ojos cuando como si de telepatía se tratase, la mente de los que iban a traicionarlo se pobló de una sola idea ¿Por qué tiene que ser un préstamo, si puede ser un obsequio?

La mañana en que Alí Ben no salió hacia el muelle junto a Mustafá, dos hombres esperaban cerca del barco de los Kadar. Uno era bajo y de mirada esquiva. El otro parecía estar siempre feliz. Una daga le había dibujado una imborrable sonrisa durante una pelea por conseguir el amor de una belleza que lo desvelaba. No se movieron cuando Mustafá apareció en la esquina, por fortuna el niño no lo acompañaba, no les agradaba la idea de dañar a alguien tan joven. Esto se trataba nada más que de un negocio. Matar no era el objetivo.

Cuando el marinero pasó a su lado los hombres lo saludaron inclinando la cabeza. El más pequeño lo siguió. El de la permanente mueca colocó un dardo en su cerbatana, para luego de apuntar soplar con fuerza. El proyectil viajó un par de metros y fue a incrustarse en el cuello del desprevenido caminante. El menudo perseguidor recibió el cuerpo que cayó laxo hacia atrás. En poco tiempo el aire se colmo de un irrespirable olor, la mandrágora con su atropina y escopolamina trabajó con eficacia.

Mustafá recuperó el conocimiento cuando Alí Ben subía por la escalera de estribor para hallar la nave sin capitán y sin tripulación. El sonido de un tambor le taladraba dentro de la cabeza. Preso de pies y manos le llevó un tiempo comprender dónde se encontraba. El dolor fue un buen ayudante.

Al cabo de algunas horas, los captores supieron que la madera con la que Mustafá estaba hecho no se astillaría con facilidad. Abdul, quien sin dudas estaba al mando, apeló al último recurso que le quedaba para hacerse del brillante botín.

—Vayan por el muchacho —ordenó disfrazando la voz— si en unas horas no saben de mi, corten una de sus manos.
Mustafá se rindió.

Sin esperar que la orden fuera pronunciada el hombre bajo, seguido por su sonriente socio, partieron para ejecutarla.

El pescador fue liberado de las ataduras. Abdul tenía la seguridad de que no había mentido y sabía también que ni por un instante lograron ocultar su identidad. No podían dejarlo vivir, porque serían ellos los que tarde o temprano morirían. Abdul no dudó y clavó diez veces el curvado puñal con mango de marfil en el pecho de su fiel amigo. El cuerpo fue arrastrado y abandonado para que los perros se complacieran con la magullada y  todavía caliente carne.

Cuando Alí Ben encontró, siete horas más tarde, el cadáver de quien fuera su padre; éste era una masa irreconocible. Sólo la pulsera de oro en la que podía leerse Samira, comprobó su identidad.

Los días que siguieron al hallazgo del cuerpo de Mustafá, los dedicó primero a vender el barco. A pesar de ser un niño que no superaba al metro veinte de estatura, se manejó como el más experimentado negociante. Consiguió que Abu Sabin, dueño de una poderosa flota, pagara un buen precio por la nave. El empresario creyó estar ayudando al muchacho a llegar con una tía que lo esperaba para cuidarlo de ahora en adelante. Lo cierto era que con Mustafá, Alí Ben había perdido el último de sus parientes.

El segundo paso fue dar con los amigos y compañeros de su padre. No quedó nadie a quien no preguntara. No quedó sitio que no visitara. Daban la impresión de haber desaparecido cual agua que se evapora por el sol. Su peregrinaje lo llevó a saber de aquellas personas que habían contratado a Mustafá para viajar a la isla de Creta. Por sus palabras conoció la existencia de una bolsa con miles de diamantes.

Fue por aquel tiempo que los rasgos que formarían su carácter empezaron a aflorar. No era posible pensar en una casualidad. Si Abdul y Yamil no daban señales de estar con vida, la respuesta era una y tan sólo una, ellos habían causado que su padre se encontrara con la hoja de la hoz de la muerte.

Siempre aparentando que realizaba encargos para terceras personas, para evitar ser interrogado, se compró ropa nueva y siguió durmiendo en su antigua vivienda. Durante el día no se dejaba ver por el puerto ni por ninguno de los lugares que frecuentaba con Mustafá. Por las noches reanudaba la búsqueda amparado en ese aspecto de huérfano triste. Todos se mostraban bien dispuestos a escuchar la descripción que el flacucho niño hacia de sus tíos perdidos.

Alí Ben pasó dos años macerando venganza en la sangre. Cada noche esperaba encontrar el rastro que le permitiera dar con los culpables de la desdicha en la que se había transformado su vida. Buscando que la fortuna fuera más benévola de lo que había sido en Estambul, y luego de viajar como le fue posible durante ocho días, llegó a Bursa, la ciudad turca famosa por sus aguas termales y su sedería. Contaba con el dinero suficiente para sobrevivir unos días, pero la escasez de efectivo no le preocupaba, ya que cada vez se volvía más y más diestro en arte de robar. La gente lo ignoraba como uno más entre los muchos niños que deambulaban por las atestadas calles de la ciudad sin otro rumbo, más que el de la deriva. Sus sentidos se encontraban atentos, lo mismo que la araña que se prepara para engullir a la mosca que no supo volar a tiempo. En otras circunstancias no habría sido célebre por ser el más cruel y hábil de los proxenetas; sino por sus logros en el campo de la ciencia o la literatura.

La ciudad con sus calles repletas de vendedores ambulantes lo dejó fascinado. En ella descubrió su afición por los bellos pañuelos y en ella consiguió un par de anteojos oscuros que le resultaron útiles en extremo para vivir la existencia de un ciego que si bien nada ve, todo lo oye.

Alí Ben no premeditaba sus acciones. Dejaba que las palabras del azar lo guiaran. Cierto día, una de esas mañanas de un calor que hace parecer que la piel va a derretirse, vagaba por el mercado central buscando algo que robar, cuando unos anteojos negros atrajeron su atención. Fue allí donde como le sucedería otras muchas veces en la vida oyó una aterciopelada y bien timbrada voz, que no era otra que su propia voz que le decía: te servirán para parecer un ciego. Nadie le prohíbe el paso a un ciego y menos a uno que intenta encontrar a sus amados tíos perdidos. Esperó el momento adecuado y se apoderó del botín deseado. Le gustó mucho como se ajustaban a su cara. Con el correr de los años adquirió muchos y de mejor calidad, pero aquellos fueron uno de los elementos de su venganza y por eso les tuvo siempre un especial apego.

Tres meses habían pasado desde que arribara a la capital turca de la seda. Tres meses de sembrar búsqueda y cosechar desaliento. Cuando ya no tenía ningún camino que recorrer, cuando ya no sabía si detenerse o llorar. Un viejo proverbio se cumplió, como suele pasar siempre con los proverbios, más aun si son viejos. Un comerciante sabía de quiénes estaba hablando el ciego y supo también decirle que sus parientes ya no estaban por estas tierras. Habían emigrado a un país lejano de América del Sur, llamado Argentina. Agradeció la información y mientras se alejaba repetía como si se tratara de un mantra

—La siembra es voluntaria. La cosecha es obligatoria.

Cuando cumplió los quince años consiguió un puesto como grumete en una goleta que zarpaba desde el Mar de Mármara, cuyo destino final se suponía sería la costa de Montevideo, en Uruguay. Tendría que transcurrir una década para que Alí Ben consiguiera que el alma de Mustafá descansara en paz y otros dos años para poder pisar de nuevo Asia, esta vez en busca de las bellezas que darían forma a su próspero emprendimiento, como así también a quiénes serían sus fieles empleados.

Capítulo ocho

Cosme y Giussepe llegaron al cuartel general del Turco dispuestos a obedecer como buenos soldados las órdenes precisas de la señorita Gailac. Los recibió un hombre que dijo llamarse Abdul de unos cincuenta y tantos años, que vestía de manera impecable, cerraba su atuendo con unos zapatos negros muy pulidos. Lo que más sorprendió a los recién llegados fue que su anfitrión les tendió la mano izquierda. Era manco.

Abdul y Yamil se habían adaptado de maravillas a la vida de la ciudad de Rosario. Habían conseguido hasta olvidar el pasado criminal de Estambul. Ambos se casaron y eran felices con mujeres argentinas que les regalaron tres hijos a cada uno. Llegaron a convencerse de que eran dos más de los tantos seres buenos y trabajadores que habitaban este extenso país. Comerciaban con telas deseando nada más alcanzar una buena vejez rodeados de sus seres queridos.
Habían comprado un terreno y en él levantaron dos casas idénticas como hermanos gemelos. El martes ya muy entrada la noche, Alí Ben Kadar ingresó por la ventana que daba a la calle, a la cocina de Yamil. Todos los ocupantes de la vivienda dormían. Todos sin contar al dueño de casa.

Yamil, como de costumbre sufría, acidez estomacal y se entretenía mirando el techo. Se incorporó despacio para que Helena, su mujer, no se despertara. Se calzó unas pantuflas y buscó, en la oscuridad, una bata para protegerse del frío. Al acercarse a la cocina creyó ver una sombra que se movía.

— ¿Quién anda ahí? —interrogó severo, convencido de poder ahuyentar al intruso.

Al oír la voz, Alí Ben no se sobresaltó. Giró en redondo y lanzó el cuchillo que empuñaba. El arma actuó certera y mató a Yamil en el acto.

El hijo del pescador limpió el puñal en la ropa del traidor y fue en busca de las habitaciones. En la primera que encontró, la claridad de la noche se filtraba por la ventana dejando ver tres camas e infinidad de juguetes por todos lados. Se acercó a cada lecho y con perfección de cirujano, cortó el cuello de los niños. La mujer que dormía apacible, al igual que sus hijos, murió sin darse cuenta de nada.

Dispuesto a continuar con el sagrado castigo saltó la pared que separaba una casa de otra. Lo sorprendió un perro de aspecto amenazante que no llegó a proferir un segundo ladrido, ya que la hoja de la cimitarra así lo dispuso. La cerradura de la puerta del frente no fue un problema y la masacre parcial se completó en pocos minutos. Abdul no despertó hasta que el dolor en el brazo derecho lo hizo aullar como animal herido. La mano abandonó el brazo con facilidad. Alí Ben no quería matarlo, tampoco quiso hacerlo con Yamil. Su intención era dejarlos solos en el mundo para que así probaran algo del dolor que había tenido que masticar todos estos años.

El ideólogo de la perfidia se vendó como pudo el truncado miembro y cada vez con un grito más desesperado fue descubriendo uno por uno a los miembros de su extinta casta. También como pudo, ya sin una gota de aliento en todo el cuerpo, llegó hasta la casa de un vecino que alguna vez fue un médico. Éste se acostumbró a no hacer preguntas a sus pacientes; todos ellos miembros activos de los bajos fondos que lo recompensaron mucho y muy bien. La historia que contó fue poco verosímil, pero lo mismo daba mientras pudiera pagar.

Pasó una larga temporada en el hospital. Al sentirse recuperado volvió a su hogar, sólo lo esperaba un espacio vacío en el que descansaban las ruinas de las que fueran dos bellas casas. Alí Ben lo había incendiado todo.

—Por favor tomen asiento, caballeros —ofreció Abdul, al tiempo que se ubicaba detrás de un escritorio en donde se apilaban algunas carpetas de cuero negro, al lado de una bonita y pequeña lámpara—. Ustedes dirán ¿En qué puedo serles útil?

Cosme habló. Muy tranquilo y exagerando un acento que había olvidado.

—Quisiéramos entrevistarnos con el señor Alí Ben Kadar.

— ¿Por qué asunto sería? —interpeló Abdul.

—Mi amigo y yo, —declaró señalando a Giuseppe, quien apenas sonrió— estamos organizando una reunión para unos comerciantes que llegarán en pocos días desde Sicilia. Son personas de mucho dinero, esposos y padres ejemplares; cuyas mujeres han dejado de lado hace tiempo los placeres de la carne. Optando por los placeres gastronómicos —hizo un gesto que quería expresar: usted entiende de lo que hablo.

Abdul asintió y continuó escuchando.

—Se nos ha informado —prosiguió Cosme— que el señor Kadar está en condiciones de prestarnos el servicio que buscamos. A cambio de un justo pago, claro.

El lisiado colaborador del Turco estudió a quienes tenía enfrente. Dos hombres que vestían con suma elegancia, con un aspecto que no contradecía sus dichos.

Mientras Abdul realizaba su inspección. Giussepe recorría con la vista la habitación. Se trataba de un lugar amplio de paredes color pastel, sin luz en el techo. Unas lámparas de pie en las esquinas proporcionaban una luminosidad correcta y sedante. Además del escritorio y de las sillas que ocupaban, había en el centro una mesa no demasiado alta, rodeada de cuatro sillones tapizados en un tono algo más oscuro que el de las paredes. También pudo ver un mueble con bebidas, algunos vasos y un par de pinturas que mostraban paisajes de tierras lejanas.

Apenas el siciliano hubo terminado de hablar llevó la mano derecha al bolsillo interior del saco, del cual extrajo un grueso fajo de billetes que dejó sobre la mesa.

—Son diez mil dólares.

Abdul envolvió el dinero con su mano como si con sólo sentir el peso fuera capaz de contarlo.

Giussepe intervino por primera vez. Su voz sonó como una orden:

—Por favor sírvase llamar al señor Kadar.

El secretario se incorporó. Salió sin decir palabra. Cuando la puerta se abrió, los espías del doctor Sayavedra vieron un hombre que se mantenía quieto, lo mismo que una estatua y vigilaba.

Pasaron varios minutos. La puerta se abrió otra vez, pero ahora para dar paso a una mujer que lucía unos pantalones tan ajustados que daban la impresión de estar pegados a su piel. Llevaba además una blusa corta que dejaba admirar un abdomen liso y firme. El cabello, negro y abundante, estaba recogido en una trenza que superaba el metro de largo. Les dedicó una sonrisa suave a cada uno. Depositó sobre la mesa una fuente que contenía una cafetera a juzgar por el aroma que llenó el recinto y un plato con unos bollos que pronto supieron eran de manzana.

La espera se prolongó, pero gracias al café y los deliciosos buñuelos no fue tediosa.

Era la tercera vez que la puerta permitía el paso a alguien. En esta ocasión ese alguien era sin duda la persona que esperaban. Sus vestiduras eran elegantes y del color de la sangre. Todo era rojo camisa, pantalón y calzado.

—Caballeros, si son tan amables —dijo como si los saludara haciendo un gesto para que lo siguieran. El anfitrión se tocaba la cabeza con un turbante que armonizaba con el resto de las prendas. Llevaba anteojos de sol.

El grupo con Alí Ben Kadar a la cabeza y el guardaespaldas cerrando la marcha caminó por un pasillo hasta encontrar una puerta de doble hoja. Cuando el hombre de los mil turbantes estaba a punto de llegar ésta se abrió como si hubiera pronunciado: “ábrete sésamo”. Los individuos que se acomodaron en los extremos de la abertura para que su señor tuviera el camino libre, ostentaban el mismo feroz aspecto que quien cuidaba la retaguardia.

Una vez adentro los supuestos comerciantes perdieron el aliento. El salón estaba por completo pintado de blanco. Dos de las paredes las ocupaba un sillón cuya forma emulaba a la letra L. La porción más larga del bello mueble se enfrentaba con la puerta de acceso. No existía ningún objeto decorativo y la claridad era tan intensa, debido a la potente iluminación; que el salón se asemejaba a un día de verano con mucho sol. La habitación tenía una segunda entrada, la cual miraba la parte corta de la L. Ésta daba a unas escaleras que servían para unir la blanca sala con el edificio en donde se alojaban las quince mujeres responsables de privar por un instante de oxigeno a los deslumbrados empleados del 343.

Las había rubias, morenas, pelirrojas. De piel mate o muy clara y algunas tenían las facciones típicas del continente negro.

Sus cuerpos, cubiertos con unas túnicas blancas, bien podrían haber sido cincelados por Miguel Ángel. Ni uno ni otro de los amigos percibieron en qué momento el Turco desapareció, pero lo cierto era que ya no los acompañaba. Los infiltrados iban registrando detalle a detalle para ofrecer un panorama completo a su empleador.

Cosme buscó con la mirada a la mujer que les llevara el café. Con desilusión comprobó que no formaba parte del grupo. Qué lástima, pensó, le hubiera gustado verla con una de esas sugerentes y largas camisas. La gran puerta se abrió. La muchacha de la larga trenza vestía igual que sus compañeras.

—Perdón por el retraso, caballeros —se excusó la joven antes de reunirse con sus compañeras.

Ninguno de los dos hombres se atrevió a emitir un sonido. Estaban extasiados, era un ser tan voluptuoso que asustaba.
Abdul quien había repetido un sin fin de veces este trámite y que además se había dado el lujo de conocer a todas y cada una en una deliciosa intimidad, no pudo menos que sonreír.

—Nuestras chicas, son únicas ¿No es verdad? —comentó atreviéndose a utilizar la primera persona del plural, porque Alí Ben Kadar estaba ausente.

—Concordamos en un cien por ciento, mi amigo —respondió Giussepe.

—Les ruego se sirvan elegir a diez y me hagan saber el día, la hora y el lugar a donde debemos enviarlas.

Tanto a Cosme como a Giussepe les desagradó que aquel sujeto se refiriera a tan hermosas mujeres como si fueran bolsas de harina.

La selección fue rápida. La primera elegida fue la muchacha de la trenza. Cosme no podía dejar de observarla a pesar de todos sus esfuerzos para evitarlo. Luego el florentino señaló otras nueve. Daba lo mismo. Todas tenían esa aura de ninfas y ellas lo sabían muy bien. La fecha de la mentada celebración se fijó para dentro de veinte días. El lugar, así como el horario quedaban por confirmar.

Continuará…