El hijo de puta volador

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Lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra.
Jean-Paul Sartre

El viejo sufre en la comodidad de la asepsia hospitalaria.

Le duele la vejez, los años lo aporrearon, le dejaron moretones en todo el cuerpo, que laten como tatuajes vivos.

Le lastiman las arrugas, lo muerden despacito pero profundo y no lo dejan dormir.

Es anciano, muy anciano, tiene piel de cuero, enfermedades que no existen y la sangre sólida como un anochecer sin estrellas.

Está solo en una isla en el centro del Universo.

Las sondas que lo mantienen vivo le tienen lástima y asco al mismo tiempo.

Pasa una enfermera y comprueba, con contrariedad,  que sigue vivo.

El viejo se quiere morir y no le sale. Hace fuerzas para fenecer, desea con todo su ser que su organismo colapse. No puede, se desespera y lo intenta con todas sus fuerzas.

Entonces, en el sumun de su anhelo, algo se concreta en un acto de magia sin retorno.

Como si fuera una cosa natural y absolutamente lógica sale volando, primero de su cama y luego por la ventana entreabierta hasta el azul después del cielo.

El viejo no deja huellas de su paso por el hospital, inclusive deja la cama tendida, el orinal limpio y un hueco en las estadísticas del Ministerio de Salud.

El viejo vuela sobre la urbe, al fin es libre. Ya no siente los colmillos del dolor, no siente las burlas de las máquinas que lo mantenían con vida.

El viejo flota en el éter. Es más que un fantasma pero menos que un ángel.

Se sabe poderoso en su nueva faceta y por fin podrá hacer lo que siempre quiso hacer, en ese momento tiene la oportunidad única.

Sonríe.

Para empezar se dedica a escupir hacia abajo, a la gente chiquita como hormigas que recibe los escupitajos invisibles en cabellos recién peinados, en sombreros de moda y en calvas relucientes. Luego saca su miembro flácido, apunta y la lluvia dorada cae sobre un perro dormido.

Después toma a una nube por el cuello, la zamarrea bien zamarreada y la deja llorando en un rincón del cielo.

A una bandada de pájaros migratorios les dio la dirección equivocada de su destino y éstos van a parar al Polo Norte.

Un avión con un millón de pasajeros estaba llegando por fin a destino y el viejo se colocó frente a la cabina de los pilotos y los asustó, haciendo  que el aeroplano cayera en picada unos segundos, provocando un millón de gritos.

Se puso a espiar por las ventanas de los últimos pisos a mujeres vistiéndose, a hombres drogándose y a un par de humanos llorando solos frente a un espejo.

Se hizo pasar por una nave que venía de Ganímides  y anunció a los gritos que estaba por invadir la Tierra, con esa falsedad los crédulos se desmayaron, los precavidos se escondieron y los beligerantes se armaron dispuestos a morir bajo los rayos láser de los colonizadores.

Hizo tropelías todo el día, llegada la noche estaba cansado y satisfecho como jamás lo estuvo en su vida. Se reía a carcajadas, con risas llena de babas.

El viejo siempre fue un hijo de puta, bien hijo de puta y no iba a cambiar con la cercanía de la muerte, con la desaparición de su conciencia.

Siguió por años con su vandalismo de hijo de puta volador hasta el día de hoy. Aprovechando esa oportunidad de no morir y de volar

Recién pasó por mi ventana y me miró feliz y divertido, se sacó un moco de la nariz y lo pegó en el cristal. Lo dejó ahí como su firma.