Cáscaras de maní

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Fue súper raro. Con Martín nos pusimos a quebrar cáscaras de maní vacías, que habían quedado en la bandeja una vez llena.

La reunión estaba medio pesada. La estadística nunca ha sido lo mío, me paré de la silla, él me miró medio distraídamente, y me fui al baño a lavarme la cara.

Recordaba todo lo que había hecho para llegar al momento en el que me encontraba. Recordé todo lo libre que era.

Me miré la cara al espejo y la vi toda llena de sangre. Del horror me la toqué, había sido una ilusión. Justo en ese momento una notificación suena en mi celular.

— Dale, vení. Se han dado cuenta que te fuiste— Es Martín. Dejé tanto para estar acá. Tanta gente que se fue. Pero soy parte de los directivos y Enrique se ha dado cuenta que no estoy. Debo volver.

Hay momentos en donde las cosas se vuelven sofocantes. Me lavo la cara. Me empieza a sangrar la nariz como siempre me pasa cuando estoy muy estresada. Abren la puerta del baño en el momento que me chorrea la sangre, es Martín.

— ¿Lola, estás bien?— Me dice, visiblemente preocupado por mi hemorragia nasal.

—Si— le digo, está todo bien, es la presión, siempre me sangra la nariz por la presión —¿Porqué viniste?— Le pregunto

—Pidieron que vayas. No podes estar siempre escondiéndote de las cosas que no te gustan.

— Martín, ¿Es real eso o vos te cansaste de romper cáscaras de maní solo?

— Bueno. También te extrañaba ahí.

— Vos porque me tenés ganas— Le digo.

— Bueno. Qué bien que te diste cuenta. Pero te diste cuenta mal. No te tengo ganas solamente. Ojalá fuese eso. Ya está. Vamos.

Me suelto la mano de la nariz y ya no sangra. Agarro un pedazo de papel higiénico y me limpio los bordes de los labios con la sangre ya seca que cayó antes de que me sostuviese la nariz.

“Está todo bien” me intento convencer a mí misma. Todo bien. Que complicado que es decir eso y sentirlo verdaderamente. Martín me mira fijamente, me toma la mano y me dice— pensé que era el único que quebraba las cáscaras de maní vacías cuando estaba aburrido.

— También sé quebrar palitos y hojas cuando voy al parque. Son extrañas las cosas que uno hace cuando necesita huir— Le respondo.

—Sí. Quizá porque no podemos estar atados siempre a las mismas cosas. Nuestra mente necesita escapar— Me dice él en un tono reflexivo que no lo había visto nunca.

“Que raro”, pienso. Tiene razón.

— No querés seguir estando acá, así como yo tampoco quiero estar— me dice.

—¿Cómo fue que llegamos a este lugar?— Sacrificando muchas cosas. Pero la reunión está densa, un técnico está dando una clase de estadística, yo soy la única mujer presente en la mesa y quiero huir.

Recuerdo cuando conté cada uno de los lunares en su cuerpo, hace un buen tiempo, cuando yo todavía estaba en pareja con Román. Qué curioso. Yo pensé que al separarme de él iba a estar con Martín. Pero no se puede obligar a un corazón roto que sane más rápido.

—¿En qué estás pensando Lola? —me pregunta.

—En vos —Es verdad. —Estoy pensando en que ya ha pasado un tiempo desde que me quedé sola y no he podido decirte lo que me pasa con vos.

— ¿Realmente no te importa la reunión de estadística, verdad?

— Si me importa —le respondo. — Pero no tanto como este momento con vos —y acto seguido sin pensar me le voy a la boca, que está rodeada por los pelos prolijamente recortados de su barba pelirroja. Al principio su boca no sabe qué hacer, él no sabe qué hacer. Pero la ignorancia es pasajera y nuestras bocas retoman una danza hipnótica, más íntima que la mayoría de mis relaciones sexuales con otras personas.

Por instantes no queda más nada que me importe que él. Que mi corazón roto no había sido en vano. Román había intentado cortarme las alas y me había roto el corazón. Cuantas cosas habían pasado. Martín también había sufrido. Porque el amor sin libertad y sin respeto no sirve.

Nos terminamos de besar. Ambos abrimos los ojos y nos vimos apoyados en la mesada de mármol de aquel baño. “Que bien le quedan las camisas blancas”, pensé para mi interior.

— ¿Che, y si volvemos un rato más a la reunión, quebramos un poco más de cáscaras de maní, y cuando se termine nos vamos a tomar unos tragos por ahí? —Me dijo.

No me pareció mala idea. La sangre de mi nariz estaba controlada. Mi stress estaba controlado. Martin era, para mí, un cable a tierra.

—¿Estamos bien? —Le pregunté, sin decir lo que verdaderamente quería decir.

—Sabes que si, morocha. Yo tampoco quiero pasar la noche solo —me dijo y esbozó una sonrisa.

Abrimos la puerta del baño, el técnico seguía con las estadísticas. Nos sentamos, uno al lado del otro y comenzamos a quebrar cáscaras de maní con las manos. Por debajo de la mesa, mi otra mano se entrelazó a la suya.