Círculo de sombras

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Del silencio y la penumbra de los rincones salieron caras inmóviles, impasibles como máscaras, de las cuales colgaba oscuridad como telas negras y mórbidas que unían unas a otras.

La rodearon y la observaban, la esculcaban buscando un atisbo de vida.

Cada día aumentaban en número, algunas mostraban dientes agudos y afilados de manera intimidante, otras se sentaban con las piernas cruzadas apesadumbradas.

Más al fondo algunas se tapaban los huecos de los ojos de donde emanaban gotas peltre como lágrimas, espesas como el alquitrán.

Las más intimidantes eran las que caminaban furiosas de un lado a otro de la pequeña habitación, simplemente flotaban de un lado a otro sin parar, como si las desesperación se apoderara completamente de ellas.

Día a día las máscaras colmaron el cuarto, que parecía cada vez más pequeño sumido en una oscuridad absorbente e imperante.

Un pequeño haz de luz resistía en el medio, tenue y débil, provenía de una mujer.

Tendida en el suelo, en posición fetal, sollozaba. Apretaba sus labios tratando de contener los pequeños espasmos que acompañaban el llanto.

Luego de semanas, levantó la cabeza, miró a su sombra y dijo en voz baja pero firme:

– Basta…

Una fuerte punzada atravesó su estómago y un calambre recorrió su abdomen, terminando en una arcada profunda y dolorosa…vomitó una sombra negra.

Se incorporó sobre sus rodillas, doblada de dolor, las lágrimas cayendo de la fuerza por resistir el dolor no impidieron que abriera sus ojos hasta los límites de sus propias cavidades. Observando con horror que todo lo que estaba alrededor era su propia obra.

Mientras la sombra crecía, ella la seguía con la mirada subir y ensancharse. Se incorporó débilmente para poder contemplar el ser antropomorfo que tenía delante de sí.

Sus límites irregulares y difusos, los dos círculos blancos que hacían de ojos y aparentemente ninguna boca. Distinto a los demás, era simplemente…triste.

Se miraban fijamente, esperando algún movimiento del lado opuesto.

Recordó vagamente una figura similar, dándose cuenta cuando tiempo atrás apareció la primera.

Revolvió en su memoria y como si hubiera despertado de un letargo indefinido, encontró que tenía el mismo origen, ella misma.

Su propio cuerpo recordó como salió de sí, los dolores y espasmos. Cuando luego se miraron de la misma manera y ella lloró, cubrió su cara con sus manos, cayó de rodillas lentamente y ahí se enroscó sobre si, por siempre, hasta hoy.

Esa sombra trajo al resto y se llevaron la luz. Ahora rodeada de oscuridad, la mujer no cedió, se mantuvo de pie y dejó de lamentarse.

El tiempo comenzó a correr nuevamente y la sombra supo que su era había terminado.

Las sombras se unieron, disolviéndose gradualmente en un vapor gris y denso. Que dejaban entrever poco a poco rayos de luz. Así como cuando pasa la tormenta y las nubes comienzan a disiparse dejando pasar poco a poco al sol, marcando líneas movedizas de color y calor saliendo del cielo y tocando suavemente la tierra.

Finalmente sólo quedó una sombra, resistiendo a duras penas, viendo sus límites disiparse pero firme, casi indemne comparada con el resto.

Su creadora no tenía tiempo que perder y solo se dio la vuelta, para volver a su camino. Quedándose sola ahí parada, se dio cuenta que estaba derrotada, no tuvo otra opción que retirarse, a buscar otro pequeño ser débil y acorralarlo tal vez por siempre, pero a este ya no.

Sin el aparente círculo de oscuridad, pudo ver que no estaba en una habitación como quiso creer, sintió que el aire fluía libre dentro de sí, que fluía libremente, sin límites.

Entonces, en ese final de un nuevo principio, pensó ¿qué límites?

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