El Negro vs Walmart

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Corrían mediados de diciembre, el clima de alegría de las fiestas ya se percibía en el ambiente, pero mi amigo el Negro estaba atravesando una etapa difícil de decisiones extremas, de romper un maleficio que arrastraba desde su niñez y que hasta le había ocasionado cosechar infinitas  burlas.

El Negro ya no es el mismo, ya está entradito en el medio siglo de vida y eso trae consecuencias, una de ellas es la gripe. No hay un año en que mi amigo no caiga en cama al menos una semana, y ha jurado sacarse de encima el estigma que padece: el temor a las vacunas.

Él siempre fue saludable, no fuma, no chupa, siempre fue deportista, hasta era bañero del Aquapark, en fin, un ejemplo de fortaleza. Pero el terror a las agujas le sobrepasaba, era vergonzoso verlo  en una situación de jeringas de por medio, porque hasta con sólo mirarlas, se desmayaba. ¡Con decir que su última vacuna fue en el CONI cuando iba a 7°grado!

Pero ahora sí, mañana era el día, tenía cita  para la dosis anual de la vacuna antigripal. El Negro había llamado hace unos días a la farmacia de Walmart  para sacar turno y lo había atendido un señor de voz suave, dato más que alentador, “mano firme con trato delicado”, es lo que mi amigo necesitaba para un inyectable.

Llegó el día y no había nada librado al azar,  hasta el Walkman con 2 cassettes llevaba. El Negro es rockero, pero ése estilo de música le levantaba mucho la adrenalina, en su lugar eligió temas relajantes de Banana Pueyrredon y de Lerner en su mayoría, un embole, pero útiles para la ocasión. También llevaba en la riñonera pilas extras y una lapicera, por si había que retroceder algún tema.

El plan era simple pero parecía  eficaz,  ponerse los auriculares en el momento del pinchazo, con “Todo a pulmón” al mango.

Un dato lo había perturbado previamente, un amigo en común, el Sergio, de Costa de Araujo. Con el afán de asustarlo y reírse, le había dicho que tenía el dato creíble del amigo del primo de un ex vecino, que por ser tan morocho le tenían que dibujar un puntito blanco en el cachete con corrector de tinta, para marcar el pinchazo. Eso lo enfureció,  porque aparte que lo creyó, lo tomó discriminatorio.

Llegamos al hipermercado, nos sentamos en la farmacia  y no vimos a ningún tipo, sólo una señora de aspecto rudo que nos preguntó sin decir buen día —¿ustedes que quieren?

Los nervios del Negro estaban en ascenso, yo respondí por él —tiene turno para la vacuna antigripal.

— Ahh— dijo la señora —ya viene Elizabeth, ella es la encargada.

El Negro observaba todo a su alrededor, cuando vio un corrector de tinta en la mesita al lado del pinito de Navidad sacó el Walkman y preparó la música. Estaba nervioso y para romper el hielo le dijo a la ruda — ¿usted sabe que hace un pino en una farmacia?

—No — respondió la mujer con pocas ganas de saber.

— Buscapina — No alcancé a reír cuando entró la encargada, un ángel con jeringa en mano, lista para pinchar. Una mujer tan bella y atractiva que al Negro se le fue el miedo. Delantal blanco impoluto, anteojos de armazón grande, que a la vez que la mostraba una mujer seria y formal, la hacían muy sexy por sobre todo. Labios carnosos y un lunar encima de ellos.

Nosotros permanecíamos sentados cuando nos miró y dijo con la voz más sensual del mundo —¿Quién de ustedes está para la vacuna? — Yo me había vacunado en agosto, pero de verdad, tuve ganas de vacunarme otra vez. Le dije en cambio que me tomara la presión arterial si deseaba, pero me miró de manera no gentil.

—¡¡Yo!! — casi gritó en Negro, que ya se había olvidado de la música.

Ella lo miró fijo — Pasame los guantes y el barbijo — le pidió a la ruda

— ¿Esterilizados? — preguntó la otra.

— No— dijo la sexy —de goma, de lavar platos.

Eso fue lo peor  que le pudo pasar al Negro, la sexy no lo quería tocar, la tristeza lo invadió por encima de la furia de ése acto discriminatorio hacia su persona. El Negro se sintió sucio, feo y encima se había olvidado de ponerse calzoncillo, ella se daría cuenta que era una persona descuidada. — ¿Me puede poner la vacuna por encima del jean’s? — preguntó.

— No, dulce, la vacuna es en el brazo — respondió canchereando la sexy Elizabeth y guiñándole un ojo; el Negro por poco se derrite.

Todo transcurrió muy rápido, ¡en pocos segundos! Yo estaba observando a la señora ruda como vendía genioles a mi derecha, miré a mi izquierda y vi a la sexy ya sacándose los guantes y el barbijo, un poco más atrás, en el piso, estaban desparramados el corrector de tinta, el pinito de Navidad, las bolitas, el pesebre y el Negro.

Ella se arrodilló a su lado. Yo rogaba para que le hiciera boca a boca, no por su recuperación, que Dios me perdone, sino para tirarme yo también al piso y recibir igual trato del bomboncito.  El problema era que corría el riesgo que, ya recuperado el Negro, fuera él quién intentara reanimarme a mí. Había sido guardavidas, sabía la técnica. Pero toda especulación fue en vano, el Negro reaccionó rápido con dos cachetazos de la ruda que casi le sacó los dientes.

Caía la tarde, mi amigo y yo estábamos tomando mate cocido con churros y viendo la novela en mi casa cuando de la nada, con los ojos más vacíos que yo le haya visto jamás apagó el tele, prendió la cassetera, puso “Love of my life ” y me dijo — Yo salí con la sexy de la vacuna, le gusta bailar, reírse… encima es del Rojo de Avellaneda como yo — Pobre Negro, debe haber sido duro el golpe en la cabeza, esos 2 o 3 minutos que estuvo inconsciente, volando por quién sabe dónde y en qué dimensión,  viajando al futuro, al pasado o simplemente imaginando. Desafiando a la lógica de la Bella y la Bestia, haciendo ensordecedor el silencio y enmudecer a Freddy Mercury.

La realidad es que mi amigo, si fuera budista, se podría decir que alcanzó  su nirvana. Ya está esperando al próximo diciembre, no le teme más a las vacunas, pero lo que nadie sabe es si esa ansiedad de volver a la farmacia es por el sólo hecho de reafirmar su cura al pánico por las agujas o por ver a esa mujer tan enigmática y  especial una vez más.

Dicen que todos tenemos en nuestras vidas un secreto inconfesable, un arrepentimiento irreversible, un sueño inalcanzable y un amor inolvidable. Quién sabe si mi amigo, el Negro, tiene todo eso y en qué orden los tendría, sólo sé que gracias a esa hada de la farmacia mi amigo es otra persona y estoy feliz por eso.

Escrito por G.G. para la sección: