A la ciudad y al mundo | Parte 5

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Capítulo nueve

—Han realizado una labor muy prolija, señores —Los felicitó el doctor Sayavedra esa misma noche en su oficina en los fondos del 343.

—Nos alegra poder serle útil, doctor —contestó Cosme.

—Lo siguiente será conocer todos los movimientos del Turco —dictaminó el doctor Sayavedra.

Giussepe relató al detalle la fuerte seguridad que rodeaba al hijo del pescador traicionado. El doctor Sayavedra caminó unos pasos hasta llegar a descolgar de la pared una reproducción de: Habitación azul de Pablo Picasso, que servía para disimular una caja fuerte. Retiró un juego de llaves, dos Smith & Wesson Modelo 3, un atado de dólares y otro de pesos, el segundo algo más abultado que el primero.

—A partir de este mismo momento dejan todo lo que venían haciendo —ordenó el doctor Sayavedra—. Quiero que se peguen como estampillas al Turco y su gente. Todo lo pongo en sus manos —Les entregó las armas y el dinero. No fue necesario preguntar si sabían usarlas—. Averiguan todo sobre la operación que tiene montada y cuando sea oportuno les caemos encima y los hacemos mierda.

El propietario del 343 puso a disposición de los espías un Ford impecable de color azul con el tanque lleno.

Los guerreros del frente alpino dejaron que los días pasaran y volvieron a operar tras las líneas enemigas. Fue el Turco en persona quien los recibió.

—Mis buenos amigos, es un placer verlos de nuevo —declaró con una gran sonrisa.

El motivo de esta segunda visita era sencillo, explicó Giussepe, los visitantes se habían incrementado y buscaban aumentar la compañía.

—Me alegra saber que sus negocios marchan a las mil maravillas —dijo el Turco.

—Si a nosotros nos va bien a usted le irá mejor, estimado Kadar —sentenció Cosme.

—Así lo espero…, así lo espero, amigos míos.

Tomaron café, muy negro, que les sirvió una mujer de tez oscura y ojos de gato, dueña de una figura que invitaba a la caricia. Pagaron el saldo del monto y hablaron un rato de cualquier cosa. Cosme había esperado poder ver a la chica de la larga trenza, pero no fue así.

El doctor Sayavedra confiaba en esa rara intuición que tantas veces en el pasado le había hecho salir victorioso. Fue aquel sexto sentido el que hizo que encomendara una complicada tarea a hombres que no pertenecían a su entorno.

En sus tiempos en el ejército, Cosme y Giussepe, habían tenido muchas oportunidades de dejar claro que los trabajos de inteligencia estaban hechos a su exacta medida. No recibieron más entrenamiento que el básico, pero poseían el talento necesario para lograr entrar, permanecer y salir con lo que se les había solicitado. Conocían el arte del espionaje lo mismo que sus nombres. Todo se resumía en un procedimiento sencillo y a la vez con infinito riesgo: obtener los secretos de un Estado para transmitirlos a otro.

Dos semanas después de que se les asignara la misión, se apostaron frente a los territorios del Turco. Una amistad entre las tantas del doctor Sayavedra les fue crucial para trazar un plan que debía seguirse lo mismo que el rastro dejado por las migas de pan para poder volver a casa. Alfred Stieglitz, el fotógrafo estadounidense que había disfrutado de las bondades de los casinos rodantes, le obsequió a Sayavedra una cámara Speed Graphic: las preferidas de muchos fotógrafos de prensa estadounidenses. Por su parte el jefe de Cosme y Giuseppe, entregó a quien estaba haciendo de la captura de imágenes una nueva forma de arte, una colección de cincuenta chalecos, su prenda preferida, de muy fina factura y un marco de oro de unos anteojos redondos con los que apareció hasta su muerte en todos lados. Como buen político que había sido no se olvidó del resto de la familia. Para la esposa, encargó al mejor orfebre de Buenos Aires que le fabricara un precioso mate de plata con su exquisita bombilla y prometió enviar a Nueva York más yerba para cuando la que acompañaba el presente se hubiera terminado. Muchos años después cuando Alí Ben Kadar y su séquito no eran más que un recuerdo perdido entre tantos otros, el matrimonio Sayavedra todavía disfrutaba contemplando la delicada pintura que de su regalo había hecho Georgia O’ Keeffe.

Para los amigos no fue difícil apropiarse de los conocimientos básicos del buen fotógrafo. Con tan valiosa arma en sus manos, retrataron a toda persona que entró o dejó las oficinas. El mecanismo del negocio que había montado Alí Ben Kadar era preciso como una máquina que bien lubricada hace encajar cada pieza en la otra de manera inequívoca.
Cuando se debía acudir a un compromiso con una sola de las chicas, se la trasladaba en un Ford T negro que por lo regular conducía el guardaespaldas que habían visto en la primera visita. El hombre manejaba con precaución quirúrgica. Al llegar al lugar de la cita, en casi todos los casos hoteles de lujo, el mastodonte secundaba a la exquisita dama hasta la recepción como primera escala para terminar el recorrido en la puerta misma de la habitación en la que desplegaría sus bellas artes. Una vez que el servicio se había brindado la muchacha caminaba sobre sus pasos, para volver a encontrarse con su carcelero que la depositaba otra vez en el vehículo y de regreso al punto de partida.

El procedimiento en caso de tratarse de más de una empleada era el mismo con la diferencia que si debían entregarse dos unidades, el protector, ya un viejo conocido del lente de la cámara, se hacía acompañar por otro guardaespaldas. Cuando la entrega iba desde tres hasta veinte mujeres, se las movilizaba en un camión Republic que se había adaptado para convertirse en algo similar a lo que unos años más tarde se conocería como colectivo. La vigilancia se había prolongado por más de un mes. El doctor Sayavedra no tenía todavía los medios para poner fuera del juego a su mayor competidor. Sus fieles vasallos se habían pertrechado con pelucas, anteojos negros, barba y hasta narices falsas, en un comercio que descubrieron, en cuyo frente había un cartel que anunciaba que si ellos no lo tenían era porque ese disfraz no existía. Para completar la caracterización habían echado mano a sus peores y más viejas prendas. El objetivo era adquirir el aspecto de los mendigos que deambulaban tanto de día como de noche por la zona. El aspecto más escabroso de la tarea había sido ocultar la cámara fotográfica, pero nada era imposible para quienes se proponen salir airosos y unos trozos de tela fueron más que suficiente para disimular aquel aparato que les daría la victoria absoluta de la batalla inicial de la Pequeña Guerra.

Los enemigos de Alí Ben Kadar sabían que contaba con un harén de cuarenta mujeres y que lo protegía con doce guardias armados. Pronto algo tendría que ocurrir. La vigilancia no podría extenderse por mucho más tiempo. No tenía sentido. Había que entrar en acción.

Era domingo. Cinco minutos habían pasado de las tres de la tarde. Cosme montaba guardia, mientras su camarada había partido a buscar un poco de fiambre, pan y una botella de vino. El siciliano creyó estar frente a una visión. Se repuso y accionó repetidas veces el obturador. La señorita Gailac Había bajado de un auto y con su aire resuelto entraba en los dominios del hombre de los mil turbantes.

— ¿Qué puede estar haciendo ella ahí? —Giussepe no salía de su asombro.

—La verdad, che, que no me lo explico —Cosme se sentía igual de confundido.

— ¿Estará cumpliendo algún encargo del doctor?

—Puede ser, pero no creo. Tendrían que habernos avisado.

Sesenta minutos se les escurrieron tejiendo hipótesis, hasta que la Gailac volvió a entrar en escena. Era acompañada por el mismo Turco.

Los que los observaban, abrieron los ojos más allá de los límites posibles cuando Alí Ben Kadar rodeó por la cintura a la mujer, con el mismo brazo que había dado muerte a tantos seres y luego la besó en los labios. Los antiguos soldados agradecieron haberlo capturado todo con la cámara, de lo contrario ¿quién les creería?

Capítulo diez

La noche de la inauguración del 343 no fue uno de los primeros en llegar, el brazo le dolía como nunca. Desde la entrada, una señorita menuda con el cabello color caramelo cortado al estilo Garcone, por debajo de las orejas, con flequillo y patillas, como se estaba usando en Paris, lo acompañó hasta una mesa.

—Que disfrute mucho señor Demir —dijo la muchacha dedicándole una sonrisa que hubiese podido volver a la vida hasta al más muerto de los hombres

Mohamed Demir fue el nombre que usó para conseguir la reserva, no podía ocultar su ascendencia. Sus rasgos lo delataban como un heredero directo de Solimán, el magnífico.

Todas las mujeres que iban y venían por el salón ostentaban un intenso maquillaje que les resaltaba los ojos y la boca.  El espía de Alí Ben Kadar se fijó en los collares de perlas y en las gargantillas de diamantes que reposaban sobre los escotes de los vestidos oscuros de finos tirantes que apenas rozaban las bellas rodillas de las mujeres y no pudo menos que preguntarse si se trataría de imitaciones como las que las integrantes del harén de Alí solían usar en sus excursiones. El lugar que le asignaron enfrentaba el escenario justo en el centro, eso le agradó. Pidió una copa de coñac «Napoleón» y se dedicó a observar, para eso su señor se había preocupado en invertir tiempo y dinero fabricándole una identidad digna de estar en la noche de estreno de un lugar como el 343.

De un momento a otro las luces se extinguieron, obligando a los presentes a guardar silencio. Estaba claro que algo sucedería. Abdul agudizó al máximo sus sentidos y esperó. El sosiego se quebró como un vidrio apedreado, merced al sonido de un piano que dejó escapar unos acordes que se fueron asomando despacio como un exhausto caminante. El gordo saludo de las cuerdas del contrabajo dio la bienvenida al recién llegado. Por último el golpe susurrante de algo que raspaba con suavidad sobre el terso lomo del tambor proporcionó un ritmo parejo. El peregrino, ahora algo más recuperado desgranó un puñado de grados conjuntos, que sus amigos sostuvieron con un acompañamiento que se incrementó como si un volcán se preparara para entrar en erupción. Era la primera vez que escuchaba algo así; le resultó agradable. Al igual que el resto de la concurrencia se sobresaltó cuando los sonidos cesaron súbitos y una luz que dibujaba un círculo envolvió a una mujer elegante y rubia.

—Caballeros, sean todos ustedes muy bienvenidos —anunció la Gailac, al tiempo que el trío volvía a su trabajo—. El 343 les desea que pasen la primera de muchas veladas inolvidables.

—Todas las chicas son maravillas, pero hay una que no puede compararse con ninguna otra —relataba Abdul en la habitación de Alí Ben Kadar.

El Turco se mostró interesado, exigió más detalles.

—Has hecho un buen trabajo —dijo cuando su lacayo terminó el informe—. Andá a descansar, lo tenés bien ganado.

—Como digas, señor —contestó el empleado con esa mirada cargada de temor que no cambiaría jamás en presencia de aquel personaje.

— ¿Cómo puede ser posible que nos haya hecho esto? —se preguntó Bety Sayavedra sin esperar una respuesta.

El dueño del 343 estudió las fotos por quinta vez, y por quinta vez a su rostro asomó un gesto de pasmosa incredulidad. La persona de las imágenes era y no había duda, su amiga de tantos años.

—Peguémosle cuatro tiros y tiremos su desagradecido cuerpo de traidora frente a lo del Turco, para que se entere que nadie puede ni siquiera intentar joder con nosotros —gritó Bety.

—No. Tenemos que dejar que siga creyendo que nos está ganando de mano. Ella debe andar con ese cabrón por alguna razón —reflexionó el doctor Sayavedra.

—La razón, la razón es más que simple —Los ojos de la mujer estaban a punto de prenderse fuego—. Es una asquerosa, una hija de la gran puta. Eso es lo que es.

—Bety, mi amor —Sayavedra habló con mucha calma—. Algo no anda bien, pensá ¿Por qué nos jugaría sucio? Acaso no somos como una familia.

—Qué familia ni un carajo —Bety se puso de pie de un salto y caminó por la habitación—. Hay que pararla, antes que el Turco nos caiga encima.

—Vamos a aguantar para ver qué pasa —dijo el doctor Sayavedra—. Por ahora lo tenemos bien marcado y el tipo está tranquilo.

Bety permaneció en silencio, pero no intentó disimular su desacuerdo.

—Te ruego, mi amor que mantengás las apariencias. Todo debe seguir como hasta ahora —pidió Sayavedra.

—Te estás equivocando. Sabés que siempre he respetado tus juicios, pero esta vez yo tengo razón. Hay que freírla en aceite y hay que hacerlo ya.

El esposo también abandonó el sillón para mirarla de frente y que no quedaran dudas.

—Mirá cuando yo ya no esté, hacé lo que te parezca. Por ahora las órdenes las doy yo, y se acabó el tema —así dijo y salió de la habitación con pasos largos.

Continuará…