Obesidad infantil: ¿salud o negocio?

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Me acuerdo cuando con mis últimos ahorros kirchneristas en 2016 me tomé unas buenas vacaciones: me fui a Méjico 3 semanas, al DF, a probar todas las porquerías habidas y por haber, a escuchar mariachis, a tomar tequila con y sin gusano, a pelarme la lengua con sus enchiladas, a tratar de entender lo que me decían los chilangos por la calle; todo para lo cual contaba con un guía de lujo (mi primo) que me traducía y no me dejaba meterme en los sitios peligrosos de verdad.

En aquellos días dejaba el hotel tempranito y me iba a desayunar a lo de mi primo donde su señora me preparaba un desayuno (que ni fuera el último de mi vida) bien mejicanototote, “a lo mero mero”, como decía mi primo todavía con acento sanjuanino y la chaparrita Lorena se reía y blanqueaba los ojos ante semejante adefesio transcultural. Y como el desayuno ameritaba unos 40 minutos a la mesa, también veía el noticiero o revisaba el periódico.

Me llamaba la atención el flagelo que vivían los hermanos mejicanos con el tema de la obesidad infantil, por lo menos en 3 programas de tele, 2-3 notas periodísticas y la gente en la calle así lo reflejaban. Que hubiera obesidad en una población tan empobrecida, que yo vi todos los días con mis propios ojos, niños, ancianos y perros flacos, pero en las noticias insistían en que México tenía la población infantil más obesa del mundo, era extraño.

El año pasado comenzaron con la cantinela acá en Argentina. O sea, el tema viene desde hace rato, pero el año pasado me llamó la atención nuevamente la intensidad de la preocupación. Que estamos en los primeros puestos y que 3 de cada 10 niños tiene sobrepeso. Realmente no sé de dónde sacan las estadísticas pero me asombran, y me inquietan. De algún modo no se condicen con la realidad que yo, mendocino padre de 2 hijos que llevo a la escuela (primero pública y después privada), al club, a jugar a la plaza, a cumpleaños y mil lados, veo “en vivo”. Cuando llegamos de Méjico con esa información en la cabeza (la mitad de los escuincles con sobrepeso) comencé a prestar atención al peso de los niños mendocinos, me sentía aliviado de que nosotros no tuviéramos semejante problema, si acaso en uno de los salones de mis hijos había uno o dos niños que pudieran denominarse “gordos”, uno cada 35 no es ni por asomo un 30% (3 de cada 10) como reflejaban las estadísticas que salieron después en la tele.

Entonces comencé a sospechar, o que los niños gordos son escondidos de la sociedad para que no los vean, o llenan cursos y cursos en escuelas especiales para gordos… o que las estadísticas están mal hechas, o exageradas por algún motivo.

Al mismo tiempo, con una pequeña investigación en internet de periódicos latinoamericanos, se ve en las noticias la insistencia en el mismo tema y cómo se pelean en los rankings de obesidad infantil, hay como 6 países en el top 3 según las diferentes notas periodísticas de los diversos países, cosa rara y antimatemáticas si las hay.

Por otro lado vemos el esfuerzo que hacen las multinacionales alimenticias por instalar en el mercado sus productos sin azúcar, un gran ejemplo es Coca Cola que ya no sabe cómo disimular en sus productos la leyenda “sin azúcar”, cada vez más pequeña, porque claro está que la mayoría de la población prefiere la azucarada; aunque la pongan de oferta no hay manera de que te la encajen que no sea por engaño. Muchos han comprado la “sin azúcar” equivocados, porque ya no estaba en la etiqueta el cartelote “Zero”, “Life”, “Light”, sino la etiqueta de siempre con una pequeñita leyenda arriba.

Y si a estas campañas tan masivas que alcanzan a todo el mundo, todos agolpados primeros en el ranking mundial, con estadísticas empíricas de dudosa veracidad, le sumamos el AHORRO ECONÓMICO que significa para una empresa alimenticia cambiar el azúcar por el aspartamo, el acesulfamo-K u otros por el estilo… a este servidor le surgen dudas indecorosas sobre la manipulación mediática de ciertos grupos económicos que pudieran (o pudiesen) estar “adornando” billeteras de influyentes científicos de la OMS para instalar verdades forzadas y hacernos creer a poblaciones con 50% de población bajo la línea de la pobreza que el acesulfamo-K es mejor que el azúcar de caña en las escasas comidas que tenemos.

Quizá yo esté paranoico. Quizá me falte entrar en ciertos barrios atiborrados de niños obesos que me cierren las estadísticas. Quizá ya haya perdido la fe en las instituciones internacionales. Quizá esté hinchando los huevos. Pero mientras pensar sea gratis, y hablar también; aquí seguiré yo, rumiando ideas poco felices.

Escrito por “El Tuerto” Pereyra para la sección: