El admirador | Capítulo 1

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Había estado escribiendo la novela durante mucho tiempo y, cuando finalmente logró publicarla, grande fue su sorpresa por el recibimiento que le dieron.

Era la primera novela que Morena escribía y le había costado muchas noches de desvelo.

Carlos, su editor, le organizó una fiesta para festejar que su novela, al mes de ser publicada se había transformado en un best seller.

“Mirena” se trataba de un hombre que, a los 35 años con una esposa y tres hijos, decide hacerse una terapia para cambiar de sexo y vivir su vida como mujer transexual.

Automáticamente acaparó las ventas y no había nadie que no hubiese oído hablar de ella.

Aquella noche se puso un vestido y se fue a la fiesta, en un conocido hotel del centro. Cuando llegó al lugar todos se acercaron a saludarla y, cuando el sobresalto de su presencia pasó, se quedó en la barra del lugar tomando un gin tonic.

— Jamás pensé que alguien capaz de escribir una historia como Mirena fuese tan bella— le dijo una voz muy masculina al oído. Al darse vuelta vio a un hombre de su misma edad, unos treinta años, vestido con una camisa negra, un pantalón blanco de vestir y su barba pelirroja prolijamente recortada y el pelo pelirrojo largo, casi al nivel de los hombros. Se veía impecable. Ella lo consideró irresistible, lo miró y sonrió.

—Me vas a invitar un trago— le preguntó curiosa.

—Por supuesto— le respondió él. Y después de dos rondas más de alcohol, ambos decidieron ir juntos a una habitación del hotel en donde estaba el festejo.

Cuando al otro día se despertó y vio a semejante hombre durmiendo a su lado se sintió como la reina del mundo. Jamás había tenido suerte con los hombres, lo cual le había ganado uno que otro corazón roto.

Cuando él abrió los ojos ella lo besó. E hicieron el amor nuevamente.

—¿Cómo te llamás?— Le preguntó ella.

—Joaquín— le respondió él. —Y quiero que desayunemos juntos antes de que te vayas.

—Me parece una buena idea— le respondió Morena, y eso hicieron. Les trajeron el desayuno a la habitación, ella pidió una lágrima con dos medialunas, él tomó un café cortado con dos tostadas con manteca.

Cuando volvió a su departamento, no muy lejos del hotel, aún no lo podía creer. Y en el momento que dejó su cartera en la mesa de la cocina le llegó un mensaje a su celular

“No me vas a poder olvidar nunca”

Ella esbozó una sonrisa recordando lo que habían pasado juntos y le respondió “no tengo ganas de hacerlo tampoco”.

Pasaron los días, y todas las mañanas empezaban de la misma forma, con un mensaje de buenos días de Joaquín. Morena sentía que la atracción era mutua, si bien el que insistía siempre para verse era él.

Por primera vez en mucho tiempo alguien se mostraba interesado en ella, los encuentros terminaban siempre en lo mismo, uno que otro trago en un bar y después haciendo el amor en un hotel, siempre un hotel, por más que ella le insistía ir a su casa él siempre decía que lo mejor era así. — Estamos más cómodos acá, es lo mejor.

Poco a poco las cosas se tornaron raras. Si ella no le contestaba un mensaje Joaquín se alteraba. Le llamaba como desesperado y, si ella seguía sin contestarle, iba a su casa.

—Me preocupa que te hayas desmayado o algo— le respondió él, en una noche en que Morena se había puesto a escribir una historia y se hicieron las tres de la mañana cuando él se apareció sin avisar en su casa.

—¡Pero si no somos nada!— Le gritó ella.

—¿No entendés que sos mi todo?— Le contestó él y, a la fuerza, le dio un beso en la boca.

—¿Me puedo quedar a dormir?— Le preguntó él.

—Solamente por esta noche— le dijo Morena.

En el medio de la noche ella se despertó. Y vio a Joaquín encima suyo, intentando tener sexo.

—¿Qué estás haciendo?— Le gritó ella desesperada.

—Quédate quieta, es un rato nomás.

—¡Salí de acá! ¡Me estás abusando!— intentó sacárselo de encima, pero Joaquín era inamovible, y de pronto le agarró fuerte los brazos y se los empujó contra la cama.

—Quieta dije. ¡Te quedás quieta hasta que yo acabe!— Le gritó.

Y ella con lágrimas en los ojos se dio cuenta que si no se quedaba quieta iba a ser peor.

Y lo dejó hacer con su cuerpo lo que él quisiera.

Cuando Morena se despertó al otro día él ya no estaba. “Acordate que siempre vas a ser mía” leyó en un papel que él había dejado sobre la mesa de luz.

Continuará…