Las raíces del Diablo

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Hace tres meses empecé a trabajar cerca de un hospital de la República de Las Heras. Entre el mendotran y los horarios no me llevo bien y el cansancio se hace notar después de laburar doce horas a puro “monster”. Así que atino a salir de laburar e irme cagando a la parada para poder agarrar el primer bondi que me lleve al centro. El horario es hasta aproximadamente las veintiuna. Mi vieja me pide llevar un gas pimienta “por las dudas”, porque hay un par de barrios turbios que le dan miedo pero yo, la verdad, no soy de sugestionarme. Sin embargo, debo pasar cada noche a la salida del laburo por un descampado y, aunque no me persigo, a lo lejos he notado un árbol que me da una sensación rara, tipo escalofríos, y a veces hasta camino más ligero sólo por esa sensación. Del tiempo que llevo trabajando allí, nunca me ha pasado nada peligroso, pero sí hay un dicho que mi abuelo decía, el cual ronda bastante mi cabeza “yo no sé qué cosas existen y cuáles no, pero que las hay… las hay”. Así que hago caso omiso a lo que me pueda hacer sentir ese lugar y mis playlist me ayudan con eso.

Celia, la mujer cuarentona que me reemplaza, vive cerca y  siempre me hace la gamba de esperarme en la parada que está cruzando el descampado. Es un alivio ya que mi vieja insistió mucho en que alguien me acompañara.

Un sábado, día de Saturno… me quedé sin saldo en la tarjeta, así que tenía que ir a comprar antes de ir a la parada. Le dije a Celia que no me esperara porque tenía que irme a cargar la red bus y de paso compraba puchos, me dijo que le avise cuando esté en la parada y cuando me tome el bondi así no se preocupaba. En época de femicidios y violaciones por doquier, nos cuidamos así. Mi vieja ya sabía que me iba a tardar un poco más porque, además, había quedado con una amiga que al salir del laburo me iba a su casa. Era cortar un poco con la rutina, despejar… Entonces le dije a mi amiga Flor que nos juntáramos a fumar unos fasos. Como siempre me dijo que sí, así que tenía la noche asegurada y feliz porque hacía casi cuatro meses que no salía a romper las pelotas un rato.

Me puse los auriculares, como siempre, mientras mi boca simulaba estrofas pero sin sonidos como “People are strange, when you’re a stranger… faces look ugly when you’re alone” totalmente sumida en mis pensamientos whatsappeando con Flor. Hice dos cuadras y sólo faltaba cruzar el descampado para llegar a la parada. Cruzo la calle y empiezo a caminar mientras bajaba el volumen, por si me topaba con algún empastillado que quisiera pedirme “la hora”, y el rey lagarto no me pudiera salvar de esta, después de todo el 80% del uso que le doy a mi teléfono es para escuchar música.

A casi mitad del descampado me doy cuenta de que venía siguiéndome un gatito. Maullaba como llorando  y, como buena babosa por los animales, me paré a acariciarlo y seguí un poco más lento.

Hacía un poco de frío, el “mishi” estaba re solo y no me iba a dejar la conciencia tranquila dejarlo en esa zona llena de perros… Así que miré hacia atrás, me decidí a dar la vuelta y traérmelo. El mishi se había ido más adentro del descampado y lo seguí, no podía dejarlo ahí. Entonces prendí la linterna y era como que, entre más ligero intentaba seguirlo, más huía el cabrón. Ya me vi desviándome mucho, y cuando me paré en seco y miré atrás, sabía que debía irme… No podía correr el riesgo que me chorearan o que me pasara algo más. Me di por vencida y comencé a volver, pero al darme cuenta estaba muy cerca del árbol que quedaba al casi fondo del descampado. Podía notar el paredón que estaba detrás de dicho árbol y entendí que me había desviado a la mierda.

Empecé a caminar con dirección a la parada y mientras me fijaba si veía al gato, guardaba auriculares y teléfono. Una brisa fría me despeinó el azulado pelo, y cerré el cierre de mi campera. Al seguir caminando sentí un maullido y miré atrás, prendí la linterna otra vez y el mishi me miraba sentado… Fui a buscarlo. Trataba de no asustarlo para que no saliera corriendo. Me agaché para que me oliera, empezó a ronronear y frotarse en mis manos. Me había entretenido observándolo, al caer… alcé la vista, allí estaba… gigante, tétrico y oscuro… Notaba como el viento movía sus ramas y el ruido que hacían sus hojas… Era un sauce. Agarré al gatito, y cuando volví a levantarme, note una figura al lado del tronco del sauce, se notaba que me observaba… Me quedé quieta, sin poder moverme, paralizada y observando aquello. Estaba en stand by, creyendo que era producto de mi imaginación hasta que se movió, como queriendo caminar hacia mí. Fue ahí cuando noté que eso era algo muy alto. Quise salir corriendo y al darme vuelta choqué con algo… mejor dicho, con alguien, un viejo, al parecer linyera.

— ¡Ahhh! Perdone… Disculpe no lo vi.

— ¿Qué haces por acá, nena?

— Vine a buscar al gato, para no dejarlo tirado.

— No sos de por acá.

— Ya me iba igual… nos vemos.

— ¿Tenes algo para comer, por favor? ¿Me ayudas?

— Emmm…creo que sí. — me había acordado de los Twistos que me había comprado junto con los cigarros así qué los buscaba para dárselos.

— Gracias nena…a cambio de esto, te puedo dar algo…

— No, por nada, no se haga problema. — Acto seguido, me agarra la mano y me pone una bolsita de tela que saca del bolsillo.

— Gracias pero… ¿qué es esto?

— Algo para la buena suerte.

— Ahhh… Emmm… No, gracias igual, ni creo en estas cosas.

— ¿No creés? Qué raro… Bueno, ¿no te importaría darme uno de tus anillos y un mechón de pelo?

Mi silencio fue enigmático, me quedé mirándolo y cayendo en que ni en pedo le daba a un desconocido un mechón de mi pelo, osea… ¿Para qué?

—¡Ahhh viste! Nadie cree, hasta que pasan cosas como esta.

— Tiene razón. Igual ya me voy…

— Cuida bien el regalo, y si tenés algo para comer mañana que no hayas querido comer, yo lo acepto.

Me fui sin más. Guardé la bolsita de tela en el bolsillo y el mishi adentro de mi campera para que al subir al bondi no lo viera el chofer.

Llegué a la parada y me quedé extrañada, con la figura oscura en mi cabeza… Me sentía cansada también, cansadísima, eso que me había tomado dos monsters antes de salir de laburar. Le dije a Flor que iba otro día, porque no me sentía bien. Llegué a mi casa, mi vieja no estaba. Dejé al mishi en el comedor, le di un poco de alimento y agua, le saqué uno par de fotos para publicarlas y me fui a mi pieza. No quise comer, tenía sueño. Me desvestí y puse la alarma porque al otro día me tocaba laburar por la tarde noche pero menos horas. En eso me acordé de la bolsita de tela, y agarré la campera para buscarla. Era una bolsa de tela tipo terciopelo negro, aunque bastante sucio y con olor raro, estaba atado con una cinta negra también y tenía una medallita, creo entender que era un amuleto. No me quedaba otra que abrirla. Contenía hojas y lo que parecía una ramita o parte del sauce, estaban manchadas con algo rojo muy oscuro además de un olor raro. La volví a cerrar un poco asustada. ¿Qué sería lo rojo? ¿Sangre? ¿Sangre de qué… o de quien?,  pensaba.

Esa noche soñé con sombras, hombres y mujeres riendo de manera maléfica, figuras espectrales y sangre.

El domingo fue tranqui, hice fiaca hasta que me bañe para irme a laburar, llegué al trabajo…y complete esas cuatro horas que me tocaban. Por desgracia, Celia no trabaja los domingos, así que extrañé su presencia tanto como los sándwiches de verdura que suele llevarme. Esta vez salí un poco más tarde porque me tocaba el turno corto. Eran las 23:56 cuando estaba por llegar a la parada, escribiéndole a mi vieja que me dejara comida, tropecé con un bulto en suelo. Tenía el mismo olor a la bolsita que me había dado el linyera la noche anterior. Metí la mano a la campera y la saqué. En mi hombro sentí una presión, di un respingo dándome vuelta y era el hombre…

— Perdoná por asustarte, vi que te encontraste lo que perdí.

— Discúlpeme, es que venía distraída. ¿Qué había perdido?

— ¿Me haces el favor de llevármelo donde duermo? Tengo mis manos lastimadas por cachurear en un contenedor y lastimarme con vidrio.

No podía decirle que no, me dedico hace cuatro años al cuidado de ancianos, los veo como si fuesen mis propios abuelos, así que amablemente alcé el bulto y lo seguí.

Ya casi llegando al paredón, me empecé a sentir mareada y sentir olor a azufre, no entendía. Le iba hablando de la bolsita que me había dado, para distraerme de los mareos, le pregunté qué tenía; “raíz de sauce y una mezcla de hierbas” contestó con una voz más grave de la que le había oído. Nunca llegamos a ningún lugar donde hubiese algún colchón o rastros donde él durmiera, así que me frené y tiré el bulto, miré a la derecha y allí estaba el sauce.

— Tengo que volver, no me siento bien y se me hace tarde.

— Ya llegamos, estás justo donde debes estar.

— ¿Perdón?

— ¿Conoces algo de magia negra y sacrificios?

— No, y tampoco quiero. ¡Adiós!

Me di la vuelta y eran tres mujeres y dos hombres, todos vestidos de rojo. El olor a azufre ya no lo aguanté, y el mareo se intensificaba. Sabía que tenía cerca la Manuel A. Sáez, sólo tenía que correr, pero era como tener cemento en los pies, estaba aterrada. Quise gritar, pero estaba muy lejos de todo. Sabía que nadie me iba a escuchar, me llené de desesperación.

Sentía el calor de mi sangre corriendo como nunca, mis latidos incontrolables, el nudo en la garganta. Volteé hacia el linyera y ya no estaba solo. Una figura espectral que media casi dos metros y tenía ojos amarillos como los de una serpiente, estaba a su lado. Quedé en shock, totalmente inmóvil. Una de las mujeres sacó la bolsita de mi bolsillo, la desarmó y se la dio a la bestia. Este la hizo polvo rojo en su mano y lo sopló en mi cara.

— Necesitamos una ofrenda para esta noche de luna negra. — me dijo con una voz inhumana.

Lloraba y gritaba con todas mis fuerzas, sentía el calor de un fuego instantáneo que se levantó. El olor era insoportable y el miedo inundaba mi cuerpo. Sabía que iba a morir, sabía que nada iba a terminar bien. Me agaché abrazando a mis rodillas con los ojos fuertemente cerrados, cual niña, y esperaba lo peor.

Cuando me di cuenta de que no sentí nada, cuando me di cuenta de que no había calor, abrí los ojos. Estaba en mi cama, boca abajo y aturdida, no entendía nada. Mire el celular que estaba debajo de la almohada: domingo, 9:23. No podía creerlo, me sentí enloquecer. Me senté en la cama, tratando de calmar mi respiración y entendí que sólo había sido una pesadilla.

Mi vieja me golpeó la puerta para desayunar y traté de atinar. Me puse las zapatillas y fui al baño. Busqué el cepillo de dientes y, al mirarme en el espejo, toda mi cara colorada, como si me hubiesen tirado arena roja. Recordé el sueño y me lavé la cara con agua helada. Salí del baño rápido en busca de mi vieja y antes de llegar a la cocina sentí.

— Ya te hice el té… ¿como la pasaste anoche?

Otra vez… la voz bestial.