A la ciudad y al mundo | Parte 6

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Capítulo once

Alí Ben Kadar se hallaba solo en el departamento emplazado en la parte alta de sus oficinas. El ámbito privado del poderoso hombre no contaba ni con un gramo de reminiscencias asiáticas. Los muebles eran franceses y las cortinas, pesadas y azules, habían llegado desde Italia. Todos los ambientes se iluminaban con veladores y lámparas de pie traídas desde Inglaterra y España.

Una vez que Abdul se hubo retirado, se quedó dándole vueltas a las historias que había escuchado acerca del 343. No estaría nada mal estar de vuelta, pensó.

No le hacía falta nada en la vida y ese era su mayor problema. La rutina lo hastiaba como a un niño que ha pasado una semana dentro de una fábrica de chocolates. No le era difícil recordar los tiempos perdidos por allá lejos, muy lejos, cuando cimentaba sus dotes de mercader. Por aquel entonces le resultaba embriagador adoctrinar con sus artes aprendidas en las calles, los bares y en otro sin fin de reductos, a las bellezas que harían las delicias de miles de agradecidos clientes. No escatimó emoción y mucho menos adrenalina cuando al regresar a su Estambul natal reclutó a ese selecto grupo con los que recorrió hasta el más lejano de los continentes: buscando, eligiendo y secuestrando a las mujeres que constituirían el motor de su riqueza y poder. Aquellos días habían pasado como siempre sucede con los días y estos días eran el tedio hecho horas.

Se durmió en la gigantesca cama con sábanas de seda del color de la noche. Cuando despertó: tres horas más tarde, todavía con las ropas, el turbante y los anteojos puestos, elaboró su estrategia y volvió a estar vivo. Vivo como la noche en que vengó a su padre.

Cuarenta y cinco días antes de ser vista besándose con Alí Ben Kadar, la Gailac se disponía a cruzar una de las calles del centro. Pudo ver al bello auto negro —un Hispano Suiza—, pero creyó tener tiempo suficiente antes de que llegara hasta ella. No sucedió así, había dado dos pasos y la enorme carroza metálica alcanzó a tocarle las piernas con el paragolpes delantero. El chofer frenó muy a tiempo, pero no consiguió evitar que ella gritara llamando la atención de otros transeúntes.

Como si hubiera sido un caballero de reluciente armadura Alí Ben Kadar saltó del vehículo y fue a prestar auxilio.

— ¿Está usted bien, señorita? —preguntó.

—Sí…,sí —respondió con la voz cascada por la impresión—. Soy una tonta y no pude evitar asustarme.

—El tonto o más bien el ciego es mi chofer que no la vio antes.

La Gailac quedó deslumbrada por la apariencia de su salvador. El traje color verde oliva, la camisa de seda blanca y los zapatos nuevos de un negro intenso. Lo que la dejó fuera de combate fue el exótico pañuelo que le cubría la cabeza y los anteojos negros con forma de pentágono.

— ¿La acerco a alguna parte? —preguntó el Turco—. Es lo menos que puedo hacer.

—No se haga problema, —respondió la Gailac— iba a la zapatería aquella —señaló hacia una vidriera a espaldas del hombre— a mirar algunos zapatos y carteras.

—Me sentiré honrado si me permite escoltarla.

—No logro imaginar mejor compañía —contestó sacando a relucir su cautivante sonrisa y se encaminó hacia el comercio seguida por el Turco.

Él insistió en pagar los tres pares de zapatos y las dos carteras. Ella se rehusó las dos primeras veces, para luego exclamar:

—La tercera es la vencida, según dicen.

—Eso dicen.

Alí Ben Kadar extendió unos billetes a la vendedora invitándola a conservar el vuelto.

—Antes de llevarla hasta donde vaya, quisiera que me acompañara a tomar algo fresco —le propuso Alí Ben Kadar e hizo una seña para que el auto se acercara.

—No quiero abusar de su sentimiento de culpa —respondió muy seria la muchacha.

—No conozco tal sentimiento. Me gusta seguir mis instintos y lo hago.

—Siempre me ha interesado la gente que se deja llevar por el instinto.

La Gailac se corrió para permitir que el Turco le abriera la puerta del auto. El chofer se dedicó a guardar los paquetes en el baúl.

Fueron a un bar en San Telmo. Él optó por tomar cerveza, ella un jugo de naranjas. La charla giró en torno a temas sin importancia.

—Tendrá que disculparme —anunció la chica—, debo retocar mi maquillaje.

—Tome su tiempo. No pienso ir a ningún lado.

Cuando la Gailac se alejó; el chofer, que disfrutaba de una ginebra en la barra, caminó hacia el baño de damas y se paró frente a la puerta para permitir que su señor accionara sin ser interrumpido.

El primer paso fue sencillo. Metió la mano en el bolsillo interno derecho del saco y al instante ubicó lo que buscaba: una cajita de metal rectangular que contenía veinte pastillas de escopolamina. Se las conocía con el nombre de burundanga. Tomó una píldora y la dejó caer dentro del vaso con jugo de naranjas.

Según sabía cada comprimido contenía cien miligramos de la droga. Su efecto se prolongaba durante dos horas. El tóxico penetra la barrera hematoencefálica y altera el sistema nervioso central. Las persona afectadas pierden la memoria, se vuelven autómatas capaces de obedecer cualquier orden que les sea impartida o de pensar que lo que se les dice, por extraño que pueda sonar, es la verdad más pura, simple y absoluta.

La muchacha volvió radiante, ajena a todo. El cuadro estaba como lo había dejado: el apuesto personaje en la mesa esperaba con paciencia teñida de remordimiento y apoyado en el mostrador el chofer, ginebra mediante, charlaba con el hombre que servía las bebidas.

Alí Ben Kadar levantó la copa con un gesto teatral y dijo:

—Brindo, porque está más bella que hace cinco minutos, si acaso eso es posible.

—Yo voy a brindar por los frustrados accidentes de tránsito —dijo la joven cuando se hubo sentado. Acto seguido tomó un largo trago de su bebida.

El narcótico se pone en funcionamiento en pocos minutos. La víctima no presenta signos visibles. El mercader le tomó las manos. Para cualquiera que lo observara se trataba de un gesto de afecto por parte de un hombre hacia una belleza semejante. Cerrándole la derecha en forma de puño, le dijo:

—En tu mano tenés un afilado puñal. En la barra, se encuentra una persona que me ha ofendido. Matalo.

Confirmando todos los pronósticos, la Gailac, se dirigió hasta el mostrador con paso seguro y manteniendo la mano derecha como si sostuviera un cuchillo, golpeó, golpeó y volvió a golpear la espalda del chofer, hasta que el Turco dio la orden de detenerse.

De camino hacía el auto Alí Ben Kadar le comentó a su empleado.

—Ya podemos decirle adiós al imperio Sayavedra.

La carcajada que acompañó a la frase congeló la sangre en las venas del chofer.

Capítulo doce

Los planes del enemigo del doctor Sayavedra se cumplieron con tal perfección que poco a poco consiguió hacerse con la información que le ofrecía una desmedida ventaja para pelear la guerra que había propiciado. La Gailac se convirtió, gracias a la droga que mina la voluntad, en su instrumento. Sin saberlo fue la pieza clave de la trampa tendida a las chicas que desaparecieron del 343. El Turco se embolsó una suma de miedo por entregarlas al capitán de un barco con pabellón ruso, quien a su vez fue premiado con una cuantiosa cantidad por depositar la sensual mercancía bajo la custodia de un ucraniano que se alimentaba merced al dinero que conseguía por vender entretenimiento de toda clase a los jerarcas del partido.

La eficacia de la pócima quedaba cada vez más demostrada. Los enojos que sufría la amiga del matrimonio por ver como estaba en peligro todo lo que habían conseguido eran reales lo mismo que la lluvia, la nieve, el frío o el calor.

El Turco y sus ayudantes se ubicaban siempre un paso adelante de sus adversarios. Interceptaban las entregas de comida. Frustraron la llegada al 343 de dos importantes cómicos que habían sido contratados. Uno fue atropellado y debió pasar seis meses en el hospital con los costos a cargo de los Sayavedra, el otro sufrió una severa intoxicación por ingesta de paella en mal estado, cortesía de los colaboradores que Alí Ben Kadar tenía en todos lados.

Muchos de los clientes de toda la vida de los casinos fueron asaltados y golpeados cuando abordaban camiones que pretendían ser: Santa Laura, pero estaban ocupados por hombres ávidos de maltratar y saquear que también respondían al hijo del pescador de Estambul. Estos seres no volverían a apostar ni siquiera en un juego familiar de la lotería por el resto de sus vidas.

El astuto estratega había ideado un sistema cuyos inconvenientes para ponerlo en práctica se relacionaban en proporción directa con su efectividad. El derrumbe que tuvo que afrontar su antagonista, así lo atestiguaba. El procedimiento era el siguiente: a toda hora alguien de su entorno le seguía los pasos a la Gailac y siendo esta una persona a la que le encantaba pasear, charlar y comprar, las oportunidades de mezclar la droga con alimentos azucarados, en donde mejor funcionaba, o bebidas eran muchas. Una vez que el trance iniciaba, era llevada ante el Turco, quien en el par de horas siguientes se dedicaba a exprimir su cerebro lo mismo que una naranja para conocer los pasos que daría su enemigo.

El hombre de los mil turbantes se regocijaba con esa seguridad que tienen los poseedores de un arma mortífera de estar tan cerca del final de la batalla que empezaba a tranquilizarse. Tal tranquilidad iba a costarle caro. Todo lo caro que cuesta la soberbia a quienes la enarbolan. Él que se veía a sí mismo como alguien omnisciente, no era más que otro de tantos que creían ser lo que no eran. Lo que el Turco desconocía era que el ejército del 343 no había permanecido en cuarteles de invierno. Lo vigilaban ojos atentos.

No era posible que relacionara a los dos prósperos comerciantes italianos con los dos vagabundos que se pasaban horas y más horas en la vereda mendigando.

Las tareas de vigilancia de Cosme y Giussepe se habían situado en un punto muerto, que volvió a la vida debido a que la presa sucumbió ante su adicción: una hembra de piel firme y cuerpo sinuoso.

El domingo en el que la narcotizada maestra de ceremonias del 343 fue dejada en la puerta de los dominios de Alí Ben Kadar con la orden expresa de ingresar al edificio. El hombre que la esperaba modificó la rutina. No la condujo al lugar de siempre, sino que la llevó a sus habitaciones y le habló con las palabras que emplean los enamorados, al tiempo que la iba despojando de sus prendas. Poco faltaba para que el hechizo se fuera como el humo, cuando las dos figuras se pusieron frente a la atenta lente que controlaba Cosme. Entonces el Turco cometió el error que inclinó la balanza en su contra. Rodeó por la cintura a la señorita Gailac con el mismo brazo con que había dado muerte a tantos seres y la besó en los labios.

Continuará…