De noches blancas y espesas

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Comenzó cerca de las rodillas, y en la última gota de sabor que le quedaba al cartón, impregnado de ácido lisérgico, lo sentí acercarse a la más piadosa de mis mentiras. Y la besó y fue mentira suya también, cuando lo escuché balbucear, lleno de mis humores que era la concha más rica que había probado. Benditas sean las escuelas de este pendejo, bendito él y sus, nunca mejor aprovechados, veinticuatro años.

Es difícil hacerlo letras simples y estructuradas, seguir una línea a la hora de escribir, de escribirlo. Como si fuera dueño y portador de las palabras que aún no se inventan, pero que conozco y no tengo la autoridad de hacerlas voz.

No tiene nombre, los tiene todos. No es un hombre, es todos. Esos besos de lengua como cola de Leviatán, los tiene. Caricias que arden y dedos con punta de alfiler. La pantera y el insomnio, la bruja y el cazador, el tango, las putas, la tos. Lo tiene todo. Norte de mis deseos, besos y porros, puto sol de la mañana. Mezcla de Elvis y de repetidor de secundaria. Sus apuestas con miradas, mis redobles obscenos.

Dejé dormir mi sonrisa en su diastema, al ritmo del calor subiendo, sintiendo su presencia en las mejillas y bajando la mirada. Me mordí secretamente los labios y lo deseé. Cerré mis ojos y lo sentí, y al venir a mí nos hundimos en los secretos que solo se cuentan durante la noche.

Me volvía primitiva. Envuelta en las sábanas blancas, limpia de culpas, culpable de pasión. Ahí estaba yo, usando palabras diferentes, fumando flores en la dos catorce del hotel del que casi éramos socios. Accediendo a cosas que —conociéndome— diría que no, trasnochando y postergando compromisos con el único fin de pasar más tiempo juntos. Todo se volvía magia. El diablo y la luna en la misma tirada de cartas. La tentación y lo oculto en el mismo plano, cerca de una cama.

Dejé entrever mis pasadizos; en ellos hizo fiesta y abrió las puertas al sexo y la desesperación.

Hicimos nuestros los lugares que se nos descubrieron. Las siluetas que formaban las sombras desaparecieron en la inmensa oscuridad de la calle. Y la seductora noche porteña nos acompañó hasta el umbral de mi casa.

Al llegar, no halló tiempo que perder.

Bajó lentamente por el camino innato de su instinto y se dejó llevar por los senderos oscuros de la perdición. Se dejó llevar en mí. En la cima póstuma de la profundidad me mostró su carne versátil y húmeda que, a veces, usaba para hablar. Se mostró hábil sobre mi piel inmutada y desplegó sus mejores trucos en mí.

Sacó su lengua, y me dio de probar la esencia en besos. Su piel se frotaba en la mía, las piernas formaban nudos y nuestros sexos húmedos se cortejaban. Mis tetas cabían perfectas en la totalidad de su palma y la yema de sus dedos apretaban en picos la dureza del pezón. Su mortalidad se hinchaba cada vez más, hasta que —olvidando por qué fue que no hicimos esto antes— le pedí por favor que me cogiera.

Y lo hizo.

Lo sentí en cada fibra de mis paredes internas. Se mordía los labios al sentir mis espasmos incontrolables. Dos monstruos insaciables en una, dos, tres y cuatro y basta… no puedo contar más. Envueltos en gemidos y suspiros de bocas abiertas. Sedientos, bebiendo de nuestros sudores. Salvajes.

Me enseñó cómo abraza quién no sabe hacerlo, cómo pide el que nunca lo hace. Me enseñó, con las yemas de sus dedos en mi espalda, y deslizándose con fuerza hacia abajo, cómo reclaman los que no tienen voz.

Y en un ir y venir de cuerpos, bañados en fluidos propios y ajenos, las campanas que dan inicio al ritual, sucedieron.

Y sin miedos ni prejuicios en un ir y quedarse de abrazos continuos, sucedimos. Mis espasmos, sus latidos sin corazón, su hinchazón que sólo yo sentía, mi humedad que solo él provocaba.

Me cogía, cada vez más fuerte.

Sus impulsos eternos se llevaban en su camino a la más sinceras de mis certezas. Con su mirada en los huecos de mi cintura, en la línea de la espalda, los ojos fijos en el culo, en la piel más fina y rugosa que recubre la vulgaridad con sutil viscosidad. Ahí lo esperaba, desparramado en blancas sístoles y diástoles sobre mí. Quería ver su masculinidad cubriéndome. Lo quería con la pierna temblando de tanta noche y pidiéndome por favor que me quede quieta.

Nos encontraron el cansancio y el sueño, desprevenidos. Su barba en mi espalda, sus brazos en los míos y las piernas en el mismo cauce. Descansé con su hombría apoyada, dulce y dormida en mi sexo tumefacto, esperando con ansias el día después para volver a empezar.