Peceras

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Caminó sin sentido. La perspectiva de la calle se recortaba interminable sobre los plátanos de la avenida. Los canteros florecían, los transeúntes no miraban a los ojos y los perros se olían el culo. Comprendió que algo estúpido iba a pasar. Llegó a la esquina, pensó en algo, y cruzó. Entró al bar y se apostó en un rincón esperando que llegara. El mozo tomó su pedido, y nervioso se encaminó a la cocina. Llegó, se saludaron más cordialmente de lo habitual, se miraron a los ojos y hablaron, hablaron y hablaron. El café se terminó. La reunión también. Se despidieron con melancolía a pesar de no tener ninguna relación más que laboral. Todo muy normal, se levantó de la silla y pagó en la barra. Antes de salir volvió, desesperada, había olvidado el celular sobre la mesa. Ahí estaba titilando, o vibrando, o sonando. Debajo del aparato había una nota, una especie de servilleta doblada, parecía un mensaje o una carta manuscrita en tinta negra, la abrió y leyó:

Peceras

Una mujer de pelo azul camina por la calle tranquila sin que nada le afecte pensando en su pecera. Es madre, o dice serlo, sus hijs, seres subacuáticos, peces de colores, parecen cantar cuando la ven. Evidentemente no podemos escucharlos, pero seguramente son armonías deliciosas. Esta mujer camina por la calle buscando un amic con quien compartir tanto cariño mojado. Nunca imaginó cruzarse con Tobías. Tobías tiene un problema, de pequeño su cabeza tuvo que ser sumergida en el agua, ya que en vez de pulmones Tobías tiene branquias. Podríamos decir que usa casco, pero sería más preciso señalar que tiene una pecera en la cabeza, o que su cabeza está dentro de una pecera todo el tiempo. Al cruzarse y conversar durante un rato Tobías le explica a la chica de pelo azul que el mayor inconveniente es cambiar el agua de la pecera: primero tiene que llenar de agua la bañadera y sumergirse, después sumergir la pecera y limpiarla mirando cuidadosamente debajo del agua, finalmente ahí mismo colocársela en la cabeza y salir lleno y pesado, y un poco pescado también.

Mantuvieron una relación estrecha durante meses, Tobías estaba profundamente enamorado de ella. Fue, digamos, un amor subacuático en el cual sucedieron cosas inverosímiles, tales como conversaciones bajo el agua, o curiosidades como preparar jugo tang en la pecera/cabeza de Tobías.

Un día, después de darse un gran festín de algas y frutos del mar, Tobías pensó en interactuar con los hijs pez de Azul. Metió su cabeza en la pecera y se quedó quieto mucho tiempo, demasiado, pensó Azul. Al salir permaneció callado. Antes de retirarse la besó en la cintura y dijo:

– Acabo de escuchar la sinfonía más hermosa que alguna vez he escuchado – entre burbujas.

Así la chica de pelo azul, Azul, comprendió que los peces cantan bajo el agua y que nosotros nos perdemos de muchas cosas por vivir en la superficie .

Comenzó a sentirse observada y la invadió un sentimiento ambiguo. Le agradaba lo que había leído, sumida en un estupor de principiante, salió del café y caminó perdida. Volvería a casa, si. Alimentaría a sus peces, también. Guardaría la carta en algún lugar.

Tobías había muerto ahogado.

Ilustración de portada: Mogwai – Take me somewherenice