A la ciudad y al mundo | Parte 7

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Capítulo trece

De haberse tratado de cualquier otra persona, el doctor Sayavedra no hubiera sufrido un segundo de vacilación. Pero no pudo hacerlo. Le resultaba imposible pensar en que fuera la causa de todas sus desgracias. No tenía motivos para portarse desleal y si tuviera alguno, se estaba comportando con la sangre fría de un tiburón.

El creador de los casinos móviles estaba seguro que la muchacha había caído bajo las garras del chantaje, mas no lograba imaginar basado en qué, no tenía familia ni nada con lo que se la pudiera presionar.

La irrupción de Bety en la estancia, puso fin a sus especulaciones.

Como todos los domingos Bety acomodó la bandeja del desayuno sobre la cama y después lo besó por segunda vez. La primera fue cuando acababa de despertarse.

— ¿Qué haría sin vos, amor? —dijo el doctor Sayavedra.

—Buscarte otra, seguro —bromeó Bety.

—Ni loco y perderme el desayuno de los domingos —le siguió el juego Sayavedra.

—No jodás. Cualquier puede preparar té y pan con manteca.

—Lo voy a tener en cuenta, amor mío.

—A pesar de las bromas, no se te borra el gesto de preocupación.

—Pasa, que no puedo entenderlo.

—Yo lo hubiera esperado de cualquiera, pero no de ella— Se lamentó Bety.

—Pensaba en eso un segundito antes de que entraras.

—No me puedo sacar de la cabeza las imágenes de las fotos —Bety probó el té— ella es una chica tan fina ¿Cómo va a enredarse con ese Turco inmundo?

— ¿¡Fina!? Me parece que no la llamaste así la última vez.

—Ya me conocés —intentó disculparse Bety— soy leche hervida. No mido las palabras cuando me enojo. Vos sabés que la quiero como a una hija.

—Sí mi amor, claro que lo sé —Le respondió e hizo chocar su taza con la de ella a manera de brindis.

— ¿Qué medidas vas a tomar? —Quiso saber Bety.

—Lo primero que se me ocurre es hacerla seguir.

—Por qué no le hablamos. Le decimos que no vamos a tomar ninguna acción si dice toda la verdad.

—Mi amor, aquí está pasando algo más.

—Está bien…, está bien, pero ¿qué?

—Es lo que tenemos que averiguar y pronto o se nos va a venir el mundo encima — sentenció el doctor Sayavedra.

Cosme y Giussepe habían observado muchas veces la escena que daba comienzo con la llegada de la señorita Gailac en un flamante Renault model 40 Kernel Town car negro y que concluía al cabo de poco más de dos horas alejándose en el mismo vehículo. Pisando siempre las huellas de la muchacha iban Antonella, María o Margarita, la modista; quienes habían sido sumadas a la nomina del 343. Las tres mujeres se alternaban en la tarea de seguir a la esbelta rubia, durante el día. Al caer la noche estaba en todo momento en el local del 343. Cuando llegaba a su departamento era custodiada por un falso policía que pretendía estar haciendo la ronda nocturna. El cuidado de los niños, Enzo y Juliana, la hija del matrimonio Torelli, quedaba en manos de las mujeres que no estaban en ese momento oficiando como la sombra de la Gailac.

Una de las actividades que desempeñaba la chica que había nacido en Media Agua, era la de ocuparse de los proveedores y de los representantes de los artistas, si éstos contaban con uno. Caso contrario la gestión la realizaban los propios ejecutantes de los variados oficios. Denegó el ofrecimiento de contar con un sitio fijo dentro del 343 para llevar adelante sus labores. Prefería para tales propósitos, cualquiera de los tantos cafés y confiterías que atestaban las calles de la ciudad. Le encantaban los de la calle Corrientes y los de la Avenida Rivadavia. Pero como suele pasar con alguna ropa, una comida o una canción, su debilidad particular era el café de la Avenida de Mayo al ochocientos. Aquel era un espacio en el que se respiraba el arte y la excentricidad. Hasta su nombre tenía para ella un toque de musicalizad, se trataba del Café Tortoni.

Fue allí en donde la fortuna decidió mostrarle a Antonella la luz al final del túnel.

Ni bien la vio aparecer, el propietario de origen francés Curuchet, abandonó lo que hacía, para rendirle la pleitesía con la que esperaba, más temprano que tarde, tenerla entre sus sábanas.

— ¡Qué alegría, verla de nuevo por acá!

La Gailac extendió la mano derecha para que el siempre deslumbrado inmigrante la besara.

—Con ésta clase de recibimientos, tenga por seguro que vendré mucho más a menudo.

—Me sentiría muy honrado, si decidiera elegir al Tortoni como punto de encuentro permanente.

—No sería muy justo para los demás —declaró con fingida soberbia— ¿No lo cree así, mi querido Curuchet?

—Con profundo pesar, debo darle la razón.

Intercambiaron algunas otras frases con idéntico e insulso contenido y como de costumbre el propietario deslizó el ofrecimiento para que fuera su invitada en una cena en su casa cuando le apeteciera. También como era habitual sobrevino una elegante declinación.

La Gailac atravesó el salón repleto. Podía sentir sobre sus ropas, un conjunto de falda y blazer rojo, los ojos de la concurrencia masculina. Complementaba el delicioso traje con una blusa de un rosa suave. Llevaba finas medias de seda transparente y unos zapatos tan rojos como el traje, que la hacían parecer diez centímetros más alta. El cabello, estirado hacia atrás, lo lucía sujeto en un rodete.

En una de las mesas charlaban muy animados Carlos Gardel y José Razzano. El zorzal la saludó regalándole una de sus sonrisas amplias. La Gailac se besó la palma de la mano y luego sopló en su dirección. El compositor de la música de “El día que me quieras”, que según se rumoreaba la había utilizado como su musa, levantó una mano para dejar claro que atrapaba el presente.

Ella contempló divertida la escena y siguió viaje hasta su mesa, la cual siempre se le reservaba en el último y más alejado rincón. En su recorrido se detuvo a saludar a Roberto Arlt, quien tomaba café y leía a Dostoievski. El recién publicado novelista advirtió que era observado e interrumpió la lectura.

—Acabo de terminar la novela — declaró excitada—, me pareció fantástica.

—Te lo agradezco.

—No te quito más tiempo. Hasta cualquier momento— Se despidió la Gailac.

—Avisá…, mirá si no voy a tener tiempo para un elogio —respondió el autor de: El juguete rabioso.

Antonella esperó unos cuantos minutos antes de entrar. Fue a partir de ese momento que la suerte marcó el comienzo del fin. El mozo que tomara la orden de la Gailac, un jugo de naranjas, se aproximó al mostrador para retirar la bandeja que contenía la bebida. Todo se desarrolló rápido, tanto que no pareció real, pero lo fue. Cuando el empleado estaba a punto de asir la bandeja, alguien le tocó el hombro obligándolo a darse vuelta.

—Disculpe ¿Tendría cambio? —le consultó una muchacha cuyo cabello negro le llegaba hasta la cintura en forma de una imponente trenza.

— De veinte…a ver…, esperáte que me fijo. Dijo y sacó la billetera alargada, que ostentaba una publicidad de cerveza típica de los de su oficio, del bolsillo posterior del pantalón. Apartó cinco billetes de veinte y los entregó a la joven.

— Muchas gracias. Muy amable.

—Por favor, faltaba más.

Antonella se dedicó a seguir la trayectoria del mozo desde que dejó la mesa de la Gailac. Por eso pudo ver con claridad cuando un hombre acodado en la barra echó algo en la bebida, apenas el personaje de chaqueta blanca giró. Después el vaso fue a parar a la mesa y desde allí a los labios de la encargada de compras del 343. La esposa de Cosme Ferrara retuvo en su memoria hasta lo más ínfimo. Observó al tipo de la barra, con su temible porte, trasladarse hasta donde estaba la mujer rubia. Lo observó decirle algo, después de lo cual, la Gailac se incorporó y buscó la salida. Al pasar otra vez junto al escritor, éste que ya no leía, sino que garabateaba ideas para futuros proyectos, le dijo:

— ¡Eh! ¡Che! ¿Qué pasó? Parece visita de médico.

La mujer no se inmutó.

— ¡Qué loca está esta mina por Dios! —pronunció para sí y volvió a enfrascarse en lo que hacía, un bosquejo que contaba la historia de una sociedad secreta cuyos macabros fines eran liderados por un personaje nombrado como: el astrólogo. Ya en la calle la Gailac abordó un auto negro acechada siempre por los ojos de Antonella. Primero el vehículo se alejó, luego aparecieron en la puerta el mastodonte y la chica de la trenza, a la que se la veía bastante nerviosa. El recorrido que se había iniciado en el café Tortoni, alcanzó la meta en los dominios de Alí Ben Kadar.

Capítulo catorce

Antonella pasó cerca, muy cerca de los mendigos y acompañó el billete de un peso moneda nacional que dejó caer dentro del sombrero de las limosnas con un papelito escrito a toda velocidad que decía: «creo que tengo algo. Voy a lo del doctor».

—Te dije que pasaba algo raro —gritó el doctor Sayavedra.

—Ahora sí tenemos que hablar con ella —comentó Bety con temblor en la voz—, avisarle que está siendo usada en nuestra contra.

Antonella ya había hecho su parte. Se limitó a observar y esperar.

—Hay que poner en marcha el operativo para voltear a ese Turco de la misma mierda, hoy mismo —exclamó más calmado el doctor Sayavedra— .Cada día que pasa es un riesgo.

Bety sirvió té para todos. Cuando estuvieron sentados preguntó:

— ¿Usted qué opina Antonella?

La siciliana probó el té. No quería dar una mala impresión, así que se tomó su tiempo antes de responder.

—Con todo respeto, —comenzó diciendo— creo que no es tiempo de atacar.

El matrimonio al unísono se acomodó en los sillones, dispuestos a prestar atención a lo que la mujer tuviera para decirles.

—Continúe, por favor —La alentó Bety.

—En mi opinión, habría que hacer circular una información muy tentadora que obligara al Turco a querer saber más y para lograrlo necesitará a la señorita.

Tanto Bety como su marido no dejaban de felicitarse por haber contratado a este grupo de gente, sin dudas muy hábiles y poco aprovechadas.

—Lo que dice tiene una lógica interesante, señora —opinó Sayavedra.

Antonella no dio muestras de sentirse alagada. El hombre prosiguió.

—El proceso de desinformación podríamos repetirlo un par de veces. Después aparecemos con todo lo que tenemos y lo hacemos pagar.

Las fotografías constituían una prueba irrefutable. Ella aparecía en todas con el misterioso hombre que había conocido en la calle meses atrás. A pesar de los esfuerzos que hizo no logró recordar nada. Se hallaba desorientada, sin poder ni siquiera imaginarse que el gigante que la sacaba de los lugares, volvía a dejarla en el exacto sitio que ocupaba con el tiempo justo para que la droga perdiera sus poderes. Era una suerte que siempre gustara de visitar establecimientos grandes y repletos de personas que iban y venían. Cuando la muchacha volvía en sí, su reloj marcaba la hora con el atraso preciso y su jugo estaba a medio consumir, proporcionado por la gente que Alí Ben Kadar había reclutado entre el personal de cada confitería.

Un dato más que la Gailac desconocía la hizo enojar como no lo había estado desde las épocas en que María, su madre, perdía horas y horas buscando en el horizonte la silueta de su padre; el Turco y su apuesto salvador eran uno solo.

Los días del mayor enemigo que hubiera tenido nunca la familia Sayavedra estaban contados. El patriarca se sentía como ese jugador de truco que esconde en la mano, el ancho de espadas, el siete de oros y un cuatro de copas para despistar al contrario. No podía por ninguna causa perder la mano.

La primera orden que impartió fue para Cosme y Giussepe. Suspendan la vigilancia, les dijo, ya no tiene sentido.

El miércoles cerca de las seis de la tarde, un día después de haber puesto fin a sus tareas como espías y dos desde que la Gailac estuviera al tanto de todo. Los veteranos de los Alpes se encontraron, no por última vez, con Abdul en la habitación que ya les era conocida. El segundo del Turco los recibió como el que se reencuentra, pasada una larga ausencia, con esos amigos con los que fue tan feliz en la infancia. En esta oportunidad los agasajó con licor de menta, el cual según dijo muy alegre, había preparado él mismo con su propia mano.

Toda la transacción se llevó a cabo con el Turco brillando por su ausencia.

—Ha pasado mucho tiempo desde su última visita —dijo—. Pensé que se habían arrepentido y que no regresarían.

Abdul llenó por segunda vez las bonitas y diminutas copas de cristal, dejando la suya para el final.

—De ninguna manera. Somos gente de palabra —aclaró Giussepe— .Lo que nos pasó es algo muy simple.

Abdul inclinó el cuerpo hacia delante, apoyando el codo sobre el escritorio, como si en realidad le interesaba lo que iba a escuchar.

—Nuestros negocios —Siguió explicando Giussepe— nos obligan a viajar mucho por el interior. En este último viaje, nos surgieron algunos inconvenientes que hicieron imposible celebrar el previsto encuentro entre nuestros impacientes socios extranjeros y el personal de su empresa. Ahora todo está en su lugar y cuando usted diga ponemos todo en marcha.

— ¿Cuándo estarían llegando al país sus socios? —Se interesó el manco.

—Ellos ya están aquí y le repito que muy impacientes.

—Es una buena novedad. Trataremos de calmarlos a la mayor brevedad posible.

El hombre de una mano sola abrió uno de los cajones del mueble. Retiró una carpeta con tapas duras de color azul. Corrió las copas y la botella. La apoyó sobre el escritorio. Por un momento los pretendidos clientes tuvieron la sensación de que se había olvidado de ellos, su concentración era absoluta. Recorrió varias páginas siguiendo la lectura con el dedo índice. Después de cerrar el libro, anunció:

—Caballeros, por favor discúlpenme un momento. Ahora estoy con ustedes.

Cinco minutos más tarde regresó sujetando una carpeta negra y delgada. Contenía fotografías.

—Muy bien amigos, vamos a ver —dijo reubicándose en su lugar—. Tengo aquí, —levantó la carpeta— a las veinte señoritas que habían seleccionado— hizo una pausa.

— ¿Ocurre algo? —lo interrogó Cosme.

Abdul les extendió la carpeta.

—Lo que me temo es que alguna de las muchachas no se encuentran disponibles.

— ¿Eso por cuánto tiempo? —Esta vez el que consultaba era el florentino.

—Por algunos meses. Pero no se aflijan, nuestra mercancía es toda de la más alta calidad. Sus invitados quedarán muy conformes. Eso se los garantizo.

Cosme revisó una a una las imágenes. Algunas estaban atravesadas por una franja que decía: reservada. En la novena página comprobó lo que temía, la chica de la trenza había sido vedada.

—Esto no representa problema alguno — dijo con su más fuerte acento peninsular. —Confiamos en su criterio para efectuar los reemplazos.

—Asunto arreglado, entonces — Abdul les ofreció otra dosis del verde brebaje.

—Nuestros invitados, permanecerán en el país unas dos semanas más o menos— precisó Giussepe.

— ¿Les parece adecuado el domingo entonces?

—Será perfecto. El punto de reunión será, mi estancia en Lobos. He confeccionado un plano, bastante rudimentario por cierto— se disculpó el siciliano— para que puedan dar con el lugar. Se llama: La última morada.

—Nombre sugestivo, si los hay —Bromeó el segundo de Alí Ben Kadar.

—Opino lo mismo, estimado Abdul.

Se estrecharon las siniestras dando por finalizada la reunión.

Continuará…