El diablo, la señora Selva y Doña Milagros

  •  
  •  
  •  
  • 39
  •  
  •  
    39
    Shares

Dios creó el alimento, el diablo los cocineros.
“Ulises”, James Joyce

-Ese es el Diablo, ahí está, es el Diablo- gritaba Doña Milagros; después de ese grito injurioso y revelador se largaba a llorar, con un sollozo desgarrado y convulso. La señora Selva, la enfermera que la cuidaba, intentaba calmarla con palabras hipnóticas que invitaban a la sumisión, pero que ante el ímpetu de Doña Milagros resultaban infructuosas.

Era el lamento de una garganta en carne viva… -Es el Diablo, ése que pasa caminando ahí es el Diablo, hagan algo-…

Me lo decía a mi, no sé con qué fundamentos me embadurnaba con esa acusación malsana y complicada, sin argumentos ni sostén.

Siempre que pasaba frente a la casa de Doña Milagros, no sé por qué, ella me gritaba que yo era el Diablo. Sufría de una locura que la volvía mala y que obligó a sus parientes más cercanos a olvidarse de ella. Era una mujer con un rostro surcado por unas arrugas milenarias y cavernosas, siempre me pareció que había que tener cuidado para no pisarla, por lo chiquitita. La señora Selva era su compañera terapéutica, una mujer con la cara estragada por tanto cuidar enfermedades ajenas, con la mirada  silenciosa y unas manos extrañamente largas y huesudas.

Doña Milagros se dedicaba a pasar los días en el jardín de su casa, detrás de las rejas, sentada en su mecedora. Siempre con la fiel señora Selva a su lado, leyendo una revista de chismes de la farándula. Los otoños,  las primaveras y los veranos los pasaba ahí, sentada entre las latas con malvones, las madreselvas y las macetas con menta; con la mirada alucinada, con el cuerpo catatónico y con la voluntad llena de Clonazepán. Durante los inviernos desaparecían.

Por mi parte evitaba pasar por esa casa; pero a veces por desidia, por olvido o por malicia retomaba ese camino y me recibía el alarido, que me llenaba de hielo la panza -Diablo, ahí está el Diablo- Las palabras me golpeaban la nuca como piedras, me lapidaban, me llenaban de moretones.

Un día, en una juguetería, descubrí una careta de Lucifer, era tosca, mal confeccionada, con la cara roja como un tomate podrido, las facciones de amante latino y unos cuernos de cotillón. Era la misma representación naif del Oscuro. En el momento en que la vi no pude evitar la tentación y la compré; era ideal para la venganza, para un pequeño chiste por tanto escarnio.

****

La tarde bostezaba, el sol se hacía el otro.

Doña Milagros estaba encarnada en su lugar de siempre, a su lado estaba la fiel señora Selva, la centinela de su locura, leyendo su eterna revista de chismes de la farándula-siempre leía la misma- Ambas en silencio esperando al tiempo, que parecía haberlas olvidado.

Me coloqué la máscara, me ajusté el elástico detrás de mi cabeza. Para lograr un mayor efecto me puse como capa una mantilla negra que era de mi abuela, ella la usaba para ir al cementerio o a los velorios o a ambos. Pasé frente a las dos mujeres, sin poder aguantar la risa, ansioso de ver cual sería el efecto de usar la máscara de Mefistófeles.

Doña Milagros me miró callada, con la vista pareció que me atravesaba. Entonces, sin más, levitó de su mecedora. Todo su cuerpo se levantó por los aires al tiempo que un fulgor enceguecedor brotó de su piel como una catarata nuclear, como un tsunami de átomos. Mientras esto ocurría unas alas portentosas y poderosas surgieron de golpe en su espalda. Se batieron briosas y sagradas, llenas de olor a cielo.

Eran unas alas vengadoras, psicópatas, pendencieras y claustrofóbicas; eran unas alas complicadas, burbujeantes y submarinas; eran alas de soñar un sueño que nunca fue soñado.

Por mi parte, me asusté, me desesperé, me mareé y me tuve que sentar en el piso por la turbación.

Doña Milagros durante milenios había buscado al Diablo, o al menos un demonio menor,  para luchar en una batalla entre el bien y el mal. Buscó en todos lados a Luzbel para invitarlo a pelear, para ver quien era más bravo; nunca lo encontró.  En su larga existencia, Doña Milagros llegó a pensar que el Infierno no existía, que la maldad humana sólo era inherente a su estupidez innata.

Sus alas batientes, el relampagueo de sus vísceras y sus ojos ignívomos me indicaban, sin temer un error, que era un ángel convaleciente; un ángel aburrido, empastillado y lunático; un ángel sin ton ni son, sin una razón y sin una canción.

Los años de solitaria búsqueda la convirtieron en un ángel loco. Cayó en el letargo de la espera.

****

Doña Milagros sacó, de la misma nada, una espada llameante, con todos los colores del Universo. Flotando, como si la gravedad no valiese nada, se vino hacía mi. Blandía su arma lanzando estocadas, como practicando lo que haría conmigo; me saqué la careta, pero esto no amilanó el hecho de que pronto sería atravesado por un hierro celestial.

Entonces, la cabeza de Doña Milagros se desprendió de su cuerpo; ángel decapitado. Del cuello cercenado saltó un chorro de sangre verde; la cabeza rodó hasta mis pies y el cuerpo exánime de la anciana cayó entre los malvones.

Doña Milagros se hizo millones de pedacitos y se fue para arriba, muy arriba: sólo quedó su sombra, como las de Hiroshima, que no se desvanecía con la luz mortecina del atardecer.

Efecto sorpresa.

La señora Selva no era la señora Selva, en sus manos sostenía un hacha pringosa de líquido verde. Conservaba sus rasgos originales pero su esencia no lo era; su piel roja y sus cuernos florecientes me indicaron que era un demonio. La revista de chismes sobre la farándula se había prendido fuego.

La máscara que desató la muerte del ángel estaba tirada en el piso, un viento misterioso se la llevó a otra dimensión.

La señora Selva limpió la sangre verde del filo de su arma y miró las cenizas de las revistas -Tengo que conseguir otra cosa para leer-  dijo como al pasar y luego observó lo que quedaba de Doña Milagros -Me quedé sin trabajo, tengo que conseguir otro ángel loco para cuidar- murmuró con angustia y zozobra.

Unas alas de murciélago tísico aparecieron en su espalda. Se fue volando como un barrilete deshilachado; como un ave náufraga; trabajosamente; de pura suerte; como pudo.

Por un momento su visión me pareció hermosa. .

Luego me fui corriendo y nunca más pasé por la casa de Doña Milagros.