El admirador | Capítulo 2

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“Necesito irme de acá” pensó Morena. ¿Pero a donde iría? Si esa era su casa. De lo que estaba segura es de que Joaquín era un tipo peligroso.

Se vistió, agarró el celular e intentó salir por la puerta pero ésta estaba cerrada con llave.

Le mandó un mensaje y en el momento él respondió.

—No quiero que te vayas a ningún lado, yo vuelvo en un rato.

—¡No me podés encerrar en mi casa loco! ¡Voy a llamar a la policia! —Le respondió ella.

—Es que no entendés nada vos. Te leí tantas veces. Vi tantas veces tus fotos en tus redes. Y habiendo compartido el tiempo que he compartido con vos siento que te conozco. No quiero que te hagas daño.

—¡Vos me hiciste daño! ¡Me violaste!

—No. Vos sos mía. Yo con vos puedo hacer lo que yo quiera y ahora quiero que te pongas a escribir la continuación de Mirena. Dale. Escribí. Yo llego a la noche. No llames a la policía, no hagas ninguna locura.

Y, extrañamente ella accedió. Cerró los ojos y se dirigió a su escritorio, donde había escrito su novela anterior. Pero no le dieron ganas de escribir nada de “Mirena”. Quería escribir otra cosa, y así lo hizo. Su mente se enfocó en una historia muy diferente, y cuando se dio cuenta, había pasado toda la mañana escribiendo.

Cuando sintió que la puerta de la entrada se abrió, se despertó de un sobresalto, se había quedado dormida arriba de la computadora. Joaquín entró al escritorio, le dio un beso en la boca, abrió la computadora y leyó solo el primer párrafo de lo que había escrito.

—Esto no es la continuación de Mirena —le dijo, con voz visiblemente molesta.

—No. Es otra cosa. Mirena debe quedarse como yo la escribí, no debe tener continuación —le respondió Morena.

—¡Acá es como yo te digo! ¡Esto no sirve! ¡Mirena tiene que continuar! —Le gritó Joaquín, y le pegó una piña en la cara, a lo que la sangre de la nariz empezó a brotar.

—¡Yo soy la que debe decidir qué escribir, no vos ni nadie más! —Le gritó ella con lágrimas en los ojos y sangre en la cara. —Esta es la última vez que voy a dejar que me uses a tu antojo —y, sacando fuerza de donde no tenía, le pegó en la cara con la computadora portátil, la misma en la cual ella había estado escribiendo en la mañana. Él en la desesperación tiró al piso el vaso en el que Mirena había estado tomando agua, y al romperse, agarró del suelo trozos de vidrio, cortándose las manos al manipularlos.

— ¡¡¡Ahora no vas a ser tan bella como antes!!! —Le gritó desesperado y se abalanzó sobre Morena y le hizo un corte a lo largo de la cara que empezó a sangrar de inmediato. Ella como pudo le volvió a pegar con la computadora y salió corriendo de la habitación.

La puerta de calle estaba sin llave. La abrió y corrió lo más que pudo, computadora en mano, hacia algún lugar. Ya su departamento no le pertenecía, el monstruo se encontraba ahí.

A unas pocas cuadras se encontró con un taxi que estaba dejando unos pasajeros, no lo pensó y se subió.

—A la comisaría más cercana, por favor —le dijo al conductor.

A los meses juzgaron a Joaquín por abuso sexual y lesiones. Y fue a parar directo a la cárcel.

Morena pudo terminar de escribir su libro nuevo, una historia muy diferente a la que había escrito en “Mirena”. Pensó en Joaquín una o dos veces.

Una noche se fue a tomar unos tragos sola. Y justo en el momento de irse una voz le susurró al oído “nunca pensé que la escritora de Mirena fuese tan bella”. Ella se dio vuelta y vio a un hombre alto y morocho que le sonreía.

Al oír esto ella volvió a sentir las heridas que Joaquín le había hecho con el vidrio en la cara aquel día fatídico. —Te agradezco, me tengo que ir —dijo ella apresurada. Esta vez, no lo dudó.

FIN