A la ciudad y al mundo | Parte 8

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Capítulo quince

El martes por la noche, tuvo lugar un encuentro en casa de los Sayavedra. La Gailac, Cosme, Antonella, Giussepe, María y Margarita ocupaban su lugar en la mesa. Con ellos estaban además dos de los más cualificados hombres del otrora político. Ambos de aspecto sumiso, quienes antes de engrosar la nómina de los Sayavedra, habían llevado pan a la mesa con sus salarios de policías. El conciliábulo terminó cuando se hubo tomado la determinación de atacar en todos los frentes. El objetivo: conseguir que el clandestino mundo en que vivían, tuviera un único, legítimo y soberano emperador.

Alí Ben Kadar se paseaba como enjaulado, por su departamento. Tenía la seguridad de que sus informantes eran fidedignos, no podía ser de otro modo con todo lo que le costaban. Era sábado, habían pasado las diez de la noche,

Tal vez la rubia y confiada mujer no ostentaba la posición de privilegio dentro de la organización que había declarado bajo el poder del narcótico. Tal vez el antiguo miembro del partido Radical había conseguido apoyo económico de sus muchos amigos. Los tenía en todas las esferas sociales. Sea como fuere se decía en las calles que los casinos ambulantes no lograban albergar un jugador más. Todos los apostadores de la ciudad pretendían participar de sus dos nuevas propuestas lúdicas. La primera era un juego en el que se ganaba o perdía con relación a los resultados de los partidos de fútbol dominicales. A éste entretenimiento que ofrecía premios cuantiosos, se accedía con la compra de una especie de volante rectangular que cambiaba de color semana a semana, en donde podían leerse todos los encuentros de la fecha. El apostador debía elegir uno de los equipos y después consignar si el mismo ganaría, sería derrotado o empataría. La segunda se trataba de lo más novedoso y moderno en el universo de los juegos de azar: unas máquinas en donde se introducía una moneda, para luego tirar de una palanca que poseían en el costado izquierdo. Si se acertaban tres figuras iguales: bananas, pelotas, paraguas, la persona afortunada se llevaba cien veces el valor de su riesgo.

El Turco estaba fuera de sí. No lograba dar tregua a sus pensamientos cuando Abdul entró.

— ¿Alguna novedad? —inquirió el inquieto patrón.

—Una. Los camiones son cuatro y ya no están pintados como los del frigorífico.

—Traé como sea a la rubia. —le ordenó con furia—. Ella tiene que decirnos algo.

—Se me ha informado que acaba de llegar al 343 —anunció Abdul—. No podemos sacarla de ahí y eso usted lo sabe, señor.

—Tenés razón, pero es que no puedo con mis nervios —confesó Alí Ben Kadar, mostrando un costado desconocido— ¿Cómo marcha lo de mañana?

—Las seleccionadas están descansando. También los hombres que las escoltarán.

—Por lo menos ese asunto está en orden.

—Todo saldrá según lo previsto, señor. Confié en mí.

—Si no lo hiciera, hace mucho que le harías compañía a Yamil ¿No lo creés así?

—Así lo creo y se lo agradezco, señor—respondió agarrándose el brazo incompleto con su mano ilesa.

—No le pierdan pisada a la rubia y cuando sea posible me la traen. Ahora andá quiero dormir un poco.

—Lo que ordene, señor.

Al salir Abdul sonreía como no lo había hecho desde que su primogénito nació. Estaba feliz por la suerte que corría quien se lo había quitado todo hasta convertirlo en un esclavo temeroso

El camión que transportaba la mercancía del Turco y a los seis guardias circulaba con todo en regla, a una velocidad normal. De los cien kilómetros que tenían que cubrir, habían conquistado la cuarta parte. El camino era bueno, el tráfico escaso.

El conductor, un hombre bajo bastante pasado en postres, se las ingeniaba para fumar en simultáneo con el manejo del volante y la palanca de cambios. El hecho de que la ruta nadara en desolación lo favorecía. En la parte de atrás algunas de las mujeres se entretenían oyendo en una radio que funcionaba tomando energía de la batería del reacondicionado vehículo a Eduardo Arolas y su versión de El entrerriano. Otras se pintaban de rojo las uñas de las manos y las menos intentaban conciliar el sueño. Este reducido grupo no pudo concretar sus expectativas, ya que la abrupta frenada que tuvo que efectuar el obeso fumador las impulsó con fuerza hacia el lado de la cabina.

— ¿A éstos qué carajo les pasa? —gritó el gordo.

Frente al transporte se habían atravesado dos Ford A  azules con capota de cuero negro y los clásicos escudos en las puertas que los identificaban como autos de la policía.

Giussepe encendió el tercer Canillitas con la vista clavada en el edificio que tanto y tan bien conocía. Empezaba a oscurecer. Se preguntó cómo les iría a los demás, mientras se abrochaba el negro y largo abrigo, que había comprado junto con un sombrero a la última moda. Consultó el reloj, por desgracia aún no era tiempo. Lo tranquilizaba el peso de su revólver Webley Mk IV, colocado debajo de la axila izquierda. Como una precaución había fijado en el tobillo derecho, con la ayuda de una banda elástica, otra arma, una pistola semiautomática de nueve milímetros de  cañón corto: la Astra 300. Además portaba en la cintura el puñal que le regalara su abuelo cuando cumplió once años, que tan buenos servicios le había prestado en el frente de batalla. No se atrevía a reconocerlo, pero estaba ansioso por utilizarlo. El cigarrillo se consumió. Lo tiró para luego pisarlo.

El portón del edificio que habitaban los empleados de Alí Ben Kadar al fin se abría, lento, pero seguro. Giussepe identificó al inmóvil guardaespaldas, que junto a Cosme conocieran más de cien días antes. También pudo distinguir tres sombras en la parte posterior del espléndido Mercedes negro. Del lado del acompañante un hombre comía un chocolate con gesto de felicidad. Gracias a las placas fotográficas era un viejo conocido del florentino. El auto partió, alguien desde adentro deslizó el portón en sentido contrario. Un coche lo siguió a prudente distancia. Al pasar a su lado el conductor inclinó la cabeza en ese característico movimiento que implica saludo. Giussepe se tocó el ala del sombrero como respuesta.

En el lugar había ahora dieciséis mujeres, el Turco y cuatro de sus vasallos. Consultó por segunda vez el reloj. Cruzó la calle, giró a la izquierda y caminó hasta la esquina, luego dobló a la derecha. El Chevrolet 490 verde con los seis hombres bajo su mando, esperaba. Al verlo aparecer quien se sentaba tras el volante se bajó.

—Estén preparados, no falta mucho —anunció Giussepe.

—Muy bien.

El conductor hizo una seña y el resto de los ocupantes del auto verde se le unieron. Todos usaban sombreros y largos abrigos, muy prácticos a la hora de disimular escopetas.

—Esperen cinco minutos y arranquen— Les ordenó antes de dar media vuelta y volver sobre sus pasos.

Los días domingo y lunes no había actividad ni en el 343, ni en los casinos itinerantes. Era el momento en que sus muchos empleados disfrutaban de una bien ganada ociosidad. Por eso no resultaba extraño que la Gailac dedicara estás jornadas a reunirse con sus amistades.

La confitería Las Violetas, de la calle Esmeralda se poblaba de exigua clientela a causa del clima imperante. La gente había preferido quedarse en sus casas a escuchar radio, jugar a las cartas o no hacer nada. Cuando la atractiva joven cruzó el umbral en compañía de tres mujeres de su misma clase e idéntica presencia. Un individuo que pretendía estar leyendo el diario la siguió con la vista, alerta lo mismo que el tigre que está a metros de atrapar a la liebre que se convertirá en su almuerzo. El encargado se apresuró a recibirlas y con apabullante cortesía las escoltó hasta según declaró: su mejor mesa.

Una vez que el afable grupo se hubo acomodado; Miguel Núñez, el administrador del lugar, anunció:

—Ahora las atiende uno de los mozos, señoras.

—Muy amable, Miguel —respondió con naturalidad la Gailac.

La puerta de entrada se abrió ahora para permitir la entrada a Abdul que estaba acompañado por la chica de la larga trenza. Núñez repitió su ritual de buen anfitrión para guiarlos hasta la que dijo era su mejor mesa.

La seña que el segundo de Alí Ben Kadar le hizo al supuesto lector, fue recogida además de por su destinatario; por un personaje que lucía un gran abdomen. La vestimenta era clásica, camisa y saco blanco hasta el extremo, pantalón negro algo brillante a causa del uso y un moño bordo para decorar el cuello de la camisa. El hombre que se ataviaba como el noventa por ciento de los mozos de Buenos Aires y otras partes del país, no era otro más que Cosme Ferrara.

El siciliano, hijo de un lechero, se movió con el paso lento de algunos obesos. Al caminar se inclinaba para atrás como si fuera una difícil tarea mover aquel pesado compendió de carne, grasa, huesos y sangre.

Desde la mesa que compartía con Antonella, María y Margarita, la Gailac lo miraba acercarse sin poder dejar de pensar que en otro tiempo y en otras circunstancias Cosme podría haber sido un magnifico actor.

La orden consistió en cuatro submarinos, tres churros rellenos con dulce de leche y uno con crema pastelera.

Después de que el grueso mozo traspasó la puerta de vaivén, que comunicaba el salón principal con la cocina, la chica de la larga trenza se levantó para ir hasta el baño. Fue entonces cuando Abdul dejó la mesa para acercarse al barman. El falso lector vigilaba todo desde su lugar. Al aparecer el siciliano portando la bandeja, el manco le dedicó una mirada de esas que no ven, sin imaginarse que ese inflado espécimen, era la misma persona que conocía como un comerciante italiano.

El empleado de Las Violetas, depositó la carga sobre el mostrador. Declaró con marcado tono estepario:

—Marchan cuatro submarinos y cuatro churros, para la siete.

El sujeto protegido por la barra tomó la debida nota.

Cosme acababa de dejar el pedido en la mesa siete, cuando un alarido inundó el establecimiento. El mozo giró en redondo y corrió al baño, de donde había surgido el feroz grito. Ese era el momento señalado para que Abdul entrara en acción, pero se detuvo aturdido por la sorpresa que le causó lo que escuchó.

Capítulo dieciséis

—Buenos días —saludó tocándose la visera de la gorra, el hombre de Sayavedra que había vuelto a usar su uniforme de policía.

—Buenas, agente… ¿Algún problema? —preguntó sorprendido el conductor.

—Ningún problema, mi amigo —respondió con estudiada amabilidad el policía—. No se me asuste. Es pura rutina, nada más.

—Mire que se fueron a buscar un lugar lindo para hacer controles.

—Las órdenes no se discuten —comentó—. Me permite su registro y los papeles del rodado.

El chofer puso inmediatas manos a la obra. Otros dos agentes abordaron la cabina del vehículo, éstos portaban fusiles Mauser , calibre 7,65 colgados del hombro.

El gordo fumador los observó con poca confianza y alcanzó lo solicitado a quien parecía estar al frente del grupo.

— ¿Para dónde va, mi amigo? —lo interpeló el oficial a cargo del operativo.

—A Lobos, por trabajo.

— ¿Qué hay en Lobos?

—Llevo fardos de pasto para una estancia.

— ¿No tienen pasto en Lobos?

—Yo soy un empleado. Me mandan y voy. Ni hago preguntas,

—Los papeles están en regla. Vamos a pegar una mirada a la parte de atrás.

—Haga lo que tenga que hacer.

El vehículo se dividía en dos por una puerta que separaba la cabina, del recinto en donde viajaban las mujeres.

Al ver a la policía, el conductor, accionó un botón en el tablero que encendió una luz roja en la parte posterior. Los hombres de Sayavedra no conocían ese detalle y por eso no tomaron precauciones disfrutando de la farsa con la tranquilidad de saberse vencedores.

El marco de la puerta albergó la silueta. El disparo retumbó como un trueno. El falso policía se movió con velocidad, aun así el proyectil le perforó el hombro derecho, empujándolo contra el asiento del conductor.

El chofer saltó, con asombrosa agilidad, por la puerta que tenía a su izquierda. Rodó hasta quedar protegido debajo del camión. Uno de los dos hombres que habían subido en segundo lugar saltó al camino. El otro disparó su pistola Star acertando en la cabeza de quien hiriera a su compañero.

De los cuatro custodios restantes, tres se valieron de las mujeres y las usaban como escudos. El cuarto rugió:

—Déjennos salir, porque las amasijamos.

—No tienen por dónde escapar. No lo hagan más complicado —le respondió el herido.

—Eso lo vamos a ver…, botón.

El último miembro del grupo aguardaba en uno de los autos. Escuchó el tiro, vio a su compañero saltar hacia el camino y siguió con la mirada al gordo que se ocultaba debajo del camión. Dejó el auto para internarse en el campo. Tenía la intención de llegar hasta el ancho ceibo y ahí ocultarse, para poder apoyar a sus camaradas. Era una suerte que el transporte del Turco no contara con ventanas, pensó.

El opulento conductor pudo observar los movimientos del rezagado del grupo agresor, pero en un instante se lo tragó la tierra. Estaba claro que se había ocultado detrás del árbol. Se arrastró debajo del camión hasta que consiguió asomar la cabeza. Sacó el Colt Special Army 38 Special de la funda que llevaba sujeta al cinturón.

—Quedáte piola gordo y andá parándote muy despacito —La voz era la del hombre que había saltado después del primer disparo. Se encontraba parado en el techo.

El herido bajó con la ayuda de uno de sus seguidores, había perdido mucha sangre, pero sabía resistir.

El chofer se puso de pie y entregó el arma.

—Muy bien gordo, así me gusta —le dijo burlón quien lo sorprendiera.

— ¿Qué van a hacer con nosotros? —se interesó el gordo.

—Si largan todos los fierros y las minas, ya mismo. Te prometo que se comen un par de años y listo —mintió el que fuera policía.

—Escuchen botones, va a ser mejor que nos dejen rajar. Si no les juro por lo que más quieran que las bajamos a todas —gritó desde adentro del vehículo el que debía estar al mando.

—No seas gil, no te conviene ya cayó el gordo. Ríndanse no les queda otra salida.

El herido no había terminado de hablar cuando un tiro lo hizo ponerse en guardia. El gordo se tiró al piso y allí se quedó, sin moverse. Un cuerpo se desplomó desde el techo para caer cual espantapájaros sobre la grava. El certero disparo lo había efectuado quien se protegía con el ceibo. Mientras el jefe los distraía hablando, una compuerta se había abierto en el techo del camión. De ella salió, igual que una serpiente, un individuo que sujetaba un puñal entre los dientes. Su objetivo era dar cuenta del que había sorprendido al gordo. Antes que el reptil hombre alcanzara a incorporarse, el cuarto hombre, atento a todo, apuntó el Mauser y disparó.

El impacto no fue mortal, la serpiente se retorcía en el suelo a los gritos.

—Ya tenemos a dos y se me están hinchando las pelotas. Si no salen en dos minutos, trabo la puerta y le prendo fuego a todo. Ustedes eligen.

—No creo que tengás esos huevos, botón de mierda. Además sos un policía, ¿Acaso pensás matar mujeres inocentes?

—Te voy a querer ver dentro de un rato. Seguro que se te va a pasar lo machito.

Continuará…