La cazuela del amor

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Hay un encanto sobre lo prohibido que hace que sea indescriptiblemente deseable.
Mark Twain

Estás ahí, tirada, con el cuello roto y en una posición antinatural. Tu pescuezo hace una ese, se adivinan tus huesos quebrados bajo la superficie.

Estás muerta, muerta por mis manos que sólo quisieron amarte,  que sólo quisieron hacerte descubrir las vibraciones del amor.

Ahora no sé qué hacer; no puedo llamar a la policía para un justo castigo, se me reirían en la cara, estoy seguro de eso.

Desde la primera vez que te llevé para mi habitación sufrí el escarnio de amigos y parientes; ellos no podían soportar mi felicidad, no podían entender una verdadera relación forjada por la adoración, por la necesidad básica y primaria de tenerte entre mis brazos.

Desde que te vi en ese amanecer en el gallinero, cuando fui a darle de comer a tu familia, no pude alejarme más de tu presencia

Eras tan chiquita, con pasos tan torpes y tanto susto en tu mirada. Te acaricié la cabeza y te salvé de las manos de mi madre, que estaba dispuesta a hacer una sopa con vos.

Me acuerdo de nuestra primera vez juntos, aleteabas de los nervios, pero te pude calmar, generar confianza; unimos nuestros sexos como una firma indeleble de que siempre estaríamos juntos.

Tus plumas quedaron en toda la habitación y nosotros satisfechos en nuestra nube; siempre traté de no hacerte daño, de tratarte como un cristal. Pero hoy, hoy la lujuria me sobrepasó.

Te hice daño.

No me dí cuenta de que te estaba lastimando, de que tu cresta se movía demasiado, de que tus alas se batían desmesuradas y caóticas, de que mi miembro te estaba desgarrando por dentro. Como en un juego te apreté el cuello, y te murmuré junto a tus ojos agónicos: decime Corococó, dale, decime Corococó… pero hacías un sonido raro, que ahora adivino era un estertor.

Ahora estás muerta, nunca más vas a comer maíz de mi mano, nunca más vas a dormir la siesta parada en el respaldar de mi cama.

No me animo a cerrarte los ojos, pensando que todo es una broma y vas a salir corriendo cacareando de felicidad.

Tu plumaje brilla, nunca dejará de brillar en mis recuerdos.

Tu alma inocente se ha ido por la ventana entreabierta

Ahora estás muerta y te llevaré a la cocina, te pelaré con la suavidad del amante y luego te mezclaré con  cebolla picada, dientes de ajo, papas en rodajas, un vaso de vino blanco, aceitunas negras, sal, pimienta y tomillo y me haré una cazuela en tu honor.

En cada bocado derramaré una lágrima, mientras rogaré que me digas Corococó.