Toxicidad

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Que fácil que era vivir en Córdoba y recolectar plantas tóxicas. Cicuta, clavel amarillo, duraznillo negro. Que fácil y que accesible era encontrar esos venenos al costado de la ruta y en campos baldíos. Que fácil.

Cuando se cambió a vivir a Mendoza, Esmeralda se llevó todo su herbolario hecho con paciencia y dedicación. Era una colección vegetal de años, las plantas siempre le habían llamado mucho la atención, y, cuando le ofrecieron un puesto en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, para asesorar sobre las mismas en los productores agropecuarios que traían ganado desde otras provincias, no lo pensó mucho.

Nacida en Mendoza, pero habiendo vivido desde muy chica en Córdoba, la pampa húmeda, sabía distinguir plantas tóxicas como nadie, y fue a los quince años que empezó a hacer su herbolario. Actualmente con treinta contaba con varios tomos de biblioratos con plantas secas en donde detallaba su nombre científico, nombre común y su toxicidad. La mayoría de las plantas las había encontrado en baldíos, campos de amigos y al costado de la ruta. Y crecían ahí tranquilas, como cualquier otro brote hasta que un incauto animal no las conociese, ingiriese unos pocos gramos y, a las doce horas o menos cayese muerto.

Hacían unos tres años que se había recibido de ingeniera agrónoma en la universidad de Rio Cuarto, y era apasionada de lo que hacía. Su mamá falleció al poco tiempo de recibida, y ya nada la ataba allá. Y volvió a Mendoza, con un trabajo que prometía mucho para empezar de cero.

El clima era muy diferente, más seco y con vegetación totalmente diferente a la que ella estaba acostumbrada. Alquiló un departamento con balcón en la quinta sección, a unos metros de la calle Arístides, en un sexto piso. De noche se veía la ciudad a pleno, las luces, los autos, la vida. Todo se veía diferente a cierta altura.

Instaló varias estanterías que llenó de sus libros de la facultad, los varios tomos de su herbolario y la versión completa de “Las mil noches y una noches” que su ex pareja le había regalado hacían ya, varios años.

Debido a su nuevo trabajo tenía que viajar a Junín una vez por semana, un viaje que en auto le demoraba cuarenta minutos de ida y cuarenta de vuelta.

En el primer mes de trabajo fue todo muy rutinario. Visitas a campos locales, y productores de cerdos que querían empezar a exportar carne a otros países.

El segundo mes la llamaron de un campo local, porque en un campo con trescientas vacas habían aparecido cincuenta muertas. Cuando llegó al lugar se encontró con un veterinario (también del INTA) que estaba analizando los cadáveres de los animales en busca de datos sobre su muerte. Al abrir el rumen de la mayoría encontró restos de clavel amarillo, una planta tóxica.

Esmeralda la vio y la reconoció de inmediato, y buscó su origen. Las vacas habían roto un alambrado y se habían metido en un campo vacío que estaba lleno de la peligrosa planta. Se notaba que habían sido mascadas, y con sus manos arrancó unas pocas plantas y se las llevó al dueño del campo.

—Esto mató a sus animales —le dijo ella.

Cuando se estaba yendo del lugar, después de haber pasado todo el día allí, el veterinario la miró y le dijo —¿Serías capaz de aceptarme unos tragos en Mendoza? —Y ella que hacían dos años que no estaba con nadie, no lo dudó. Fueron hasta su departamento a dejar los vehículos, y se fueron caminando a la Arístides.

Entre tragos, Esmeralda empezó a sentir una atracción por Pablo, el veterinario que no le llevaría más de diez años de diferencia.

—No es la primera vez que se mueren animales por romper alambrados y comer alguna planta tóxica —le dijo él.

—Aunque no lo creas, yo amo las plantas tóxicas. Increíble que con pocas hojas te puedan matar a un bicho de seiscientos kilos en pocas horas. ¡Y lo que le harían a una persona! —Le dijo ella.

—Yo de plantas tóxicas sé muy poco. Lo mío es la medicina. Y si bien no sé muy bien lo que hacen las plantas tóxicas, si sé muy bien lo que yo voy a hacer ahora —y acto seguido, él se paró y le dio un beso en la boca a Esmeralda, que no se resistió.

No pasó mucho tiempo y fueron a su departamento e hicieron el amor con las luces de la ciudad a seis pisos de distancia de fondo. Todo estaba bien por primera vez en mucho tiempo.

La rutina de trabajo y los viajes a Junín seguían con normalidad, solo que ahora hablaba casi a diario con Pablo, que vivía en San Martín. Todos los fines de semana terminaban el departamento del sexto piso. Pero una noche las cosas fueron diferentes.

Cuando fueron a entrar al departamento vieron que alguien había forzado la cerradura de la entrada. Pablo entró primero. Y se encontró a un hombre de unos cincuenta años sentado en la silla de la cocina. —¿Así que ya tenés carne fresca Clarita? —Dijo el hombre, a lo cual Esmeralda, al verlo, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Qué haces vos acá psicopáta? —Le dijo ella.

Se trataba de Rubén, el ex de Esmeralda que la había dejado por una chica treinta años más joven.

—¿Sabes que te extrañaba? Escuché que estabas viviendo en Mendoza y aproveché que me salieron unas entrevistas con unos clientes para venirte a visitar. Te vi el otro día en la Arístides con este— señaló con la mirada al muchacho —Che, ¿te podes ir vos? Déjame solo con Clarita —Le dijo a Pablo que estaba atónito ante lo que estaba sucediendo.

En ese momento Pablo miró a Esmeralda y le dijo —yo de acá no me voy si vos no me lo decís —ella supo en ese momento lo que haría.

Se acercó a su oreja y le dijo —necesito que te vayas, pero todo va a estar bien. En serio —Él la miró extrañado. Pero le hizo caso y se fue.

—¿No me vas a hacer un cafecito?

—Si. Te hago un café pero después te vas a tener que ir.

—Bueno —le dijo Rubén. Cuando puso a hervir el agua se acordó de todas las penas que había sufrido a su lado. Infidelidades y corazones rotos, abusos y mentiras era lo que una relación de tres años a su lado le había dejado. Y cuando puso el filtro en la cafetera se acordó muy bien lo que guardaba en el segundo cajón de la cocina. Una bolsita con cicuta.

—Si el café tiene gusto raro no te preocupes porque es una variedad que me trajeron de Brasil —Le dijo ella, mirando como Rubén no le ponía azúcar y se lo tomaba tranquilamente.

—¿Porqué venís a torturarse ahora? ¿Porque no me dejás ser feliz? —Le dijo al hombre que, despreocupado, tomaba el café.

—Ah mierda que era verdad lo del gusto raro en el café. No importa. Lo voy a tomar igual porque tengo ganas. Y justamente por eso es por lo que vine. Porque tenía ganas, quería ver como estabas, que te había pasado, y demás. Igualmente me vuelvo a Córdoba. Marina está embarazada —y en ese momento ella se sintió mal por la mujer que se encontraba a quinientos kilómetros de distancia. Terminó de tomar el café, se paró de la silla y se arrimó al lado de Esmeralda —Buena vida pequeña. Ahora me voy —Le susurró al oído y caminó hacia la puerta y se fue.

Ella rio. Dejó pasar media hora y llamó a Pablo. —Decime que no te has vuelto a San Martín —le dijo por el celular.

—No. Estoy tomando un gin tonic a tres cuadras de tu casa —le respondió él.

—Necesito que vengas.

—¿Tu ex no va a joder más? —Le dijo él.

—No. Es más. Ya no va a joder nunca más a nadie —le respondió ella.

Y si bien la frase sonó extraña él no le dio importancia pero ella sabía exactamente a lo que se refería. Y esa noche hicieron el amor como nunca.

“Cuán peligroso es que alguien amante de las plantas tóxicas te odie” pensó Esmeralda. Y al otro día tiró la bolsita vacía de la cicuta a la basura común. Todo estaría bien.