A la ciudad y al mundo | Parte 9

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Capítulo diecisiete

—Yo en su lugar, lo pensaba —aconsejó la Gailac.

Al darse la vuelta encontró a toda la gente del lugar de pie. El falso lector estaba siendo atenazado por dos personas que apenas unos segundos antes reían frente a sus tazas.

La sorpresa se hizo total al ver salir del baño al obeso mozo, pero ya sin la barba y acompañado por la joven de la trenza.

— ¿Usted? —Alcanzó a pronunciar Abdul, todavía envuelto en el asombro.

— ¿Qué decís Abdul? —respondió Cosme con su mejor acento rioplatense— ¿Te acordás de mí?

Antonella se acercó al segundo de Alí Ben Kadar y le quitó el arma que llevaba oculta debajo del brazo derecho. Para su desgracia no era una profesional. Su revisión no fue exhaustiva.

— ¿Y ahora? —Se interesó el manco.

—Mirá que sos impaciente, turquito. —El siciliano disfrutaba del momento y no se preocupaba por ocultarlo—. Esperáte que ahora te cuento.

La señorita Gailac se puso el abrigo, caminó hasta la puerta, la atravesó y una vez en la calle se encaramó en el auto que aparecía en las fotos y que con paciencia la esperaba.

Giussepe encendió el séptimo cigarrillo y acompañó con la mirada a la Gailac que se adentraba en los territorios del Turco. En ese exacto momento, el sexteto bajo su mando se dejó ver en la esquina. Aplastó el cigarrillo de la misma forma que lo hiciera con los otros seis y sin pronunciar palabra se colocó al frente del grupo.

Atravesaron el umbral. Llegaron sin tropiezos hasta el pasillo que recorrieran Cosme y el florentino para conocer a las muchachas. El salón de la poderosa luz blanca estaba en una soledad total. Giussepe alcanzó primero la puerta por donde se accedía a la vivienda de las mujeres, estaba cerrada. El más corpulento de sus soldados se aproximó, siempre sin hablar.

—Rompé —ordenó Giussepe.

El macizo ejemplar golpeó la cerradura con la culata de la escopeta. Ésta se dio por vencida al tercer intento, cediendo el paso a los visitantes inesperados.

La escalera era pura penumbra.

El mejor amigo de Cosme Ferrara desenfundó su revólver, para avanzar a la vanguardia.

— ¿Qué recorrido hacen los nuevos camiones? —Alí Ben Kadar se expresaba de manera tranquila.

—Uno tiene asignada la zona de Parque Patricios —dijo la Gailac, ajustándose al plan que trazará el doctor Sayavedra—, el segundo da vueltas por La Boca, otro por Barracas y el último por Pompeya.

Sonó el teléfono. La mujer guardó silencio.

— ¡Hable! —contestó molesto el Turco.

— Soy Abdul, señor.

— ¿Qué ha pasado? —inquirió cada vez más irritado— ¿Por qué no han vuelto todavía?

—Se nos pinchó una goma —La voz del manco era la de siempre con su ya típico aire de sumisión—. Lo soluciono y salimos para allá. ¿Está todo en orden, señor?

—Mejor, no se puede. En este momento me estoy enterando de la ruta de los camiones.

—Esa es una excelente noticia, señor.

—Solucioná lo tuyo y venite rápido para acá, que la cosa se va a poner linda —Del enojo había pasado a la euforia sin motivo alguno como a veces le ocurría.

—Lo antes posible estoy allí, señor.

La línea enmudeció.

Alí Ben Kadar llenó dos copas con sangrante cabernet. Ordenó a la mujer que tomara una. Se acomodó en su sillón predilecto dio un largo sorbo a la bebida y se preparó para seguir espiando a su mejor enemigo.

— ¿Me decías que los camiones iban por…?

La Gailac simuló pensar.

—Uno en Parque Patricios, otro en La Boca, otro en Barracas, y al último le toca Pompeya.

Una feroz detonación la sobresaltó. El Turco se paró y fue en busca de su revólver. Salió sin prestar la más mínima atención a la chica.

—Lo has hecho muy, pero muy bien mi viejo —Le decía Cosme a Abdul una vez que término la comunicación con su jefe.

— ¿Y ahora qué —Abdul estaba más que furioso.

—Ahora nos vamos todos juntos a visitar al Turco.

—Están locos —comentó con vehemencia levantando el truncado miembro—. No saben a quién se enfrentan. No tiene piedad, se los digo por experiencia.

A todos les corrió un frío por la espalda. Si el Turco ganaba no la pasarían nada bien; eso les quedaba claro.

—Bueno es la hora —sentenció Cosme.

María y Margarita no tendrían que participar de la etapa final, habían cumplido con su parte. En cambio, Antonella no dejaría solo a su esposo. Con la decisión que todos le conocían se trepó al automóvil.

Abdul iba a manejar. Cosme se sentó a su lado, en los asientos posteriores se ubicaron Antonella y la joven de la trenza larga sin poder dejar de temblar. La siciliana le tomó la mano, asegurándole que todo iría bien. La muchacha sonrió.

Capítulo dieciocho

Domingo Spasa besó con pasión el pico del porrón de ginebra Bols. Padecía un frío de esos que se van alojando bajo la piel a lo largo de años y años de vagabundear.

—Esta no va ser una buena noche —dijo en voz baja conversando con el esmirriado caballo overo que tiraba resignado de la extenuada carretela.

Spasa quien había dejado atrás hacía bastante tiempo el medio siglo, sobrevivía recolectando botellas, diarios y cualquier otra cosa que la gente de la capital desechara. A veces conseguía colchones, alguna silla maltratada y hasta se había tropezado con una radio que reparó con paciencia de santo. El aparato, en señal de agradecimiento, no volvió a fallar nunca más. De eso hacía diez años ya.

—Vamos Bucéfalo —arengó—. Ya sé que hace frío, ya lo sé… Aguantá un rato nomás y nos pegamos la vuelta.

Como si hubiera comprendido, el flaco animal reanudó la marcha.

El botín obtenido estaba compuesto por unos cuantos bultos, en su mayoría diarios viejos, que cada domingo retiraba del frente de la casa del arquitecto Estrada, una salamandra con aspecto comatoso que alguien había librado a su suerte en una esquina y cuatro botellas. Si el holandés le daba para un poco de pan y algunos gramos de salchichón, sería todo un milagro. Agradeció a todos los santos tener reservas de vino y ginebra. Manipuló las riendas para indicar a Bucéfalo que debía girar a la izquierda.

— ¡Epa! Nos sacamos la grande, querido amigo —dijo en tono alegre a su escuálido compañero de aventuras. Habían llegado a la puerta de la cantina de Don Evaristo. Se bajó cual una flecha y corrió hacia la torre de cajones de madera apilados. Otra que salchichón pensó.

El Ford T azul se desplazaba a buen ritmo. Cosme consultaba cada tanto el reloj, tenían que llegar a más tardar en diez minutos. El tiempo jugaba un papel de suma importancia. Ninguno de los ocupantes habló desde que dejaron Las Violetas. Abdul se ocupaba del volante, cuando era necesario el siciliano realizaba el cambio de marcha con la mano derecha. Con la otra sostenía un bonito Smith & Wesson Special, calibre treinta y ocho.

El asesino del padre del Turco no podía llegar hasta la guarida de Alí Ben Kadar. Conocía hasta el más ínfimo de los recursos con que su patrón contaba. En la primera oportunidad intentaría escapar.

El Ford llegó a una esquina, ocho cuadras antes de su destino final. Abdul torció el volante y el auto obedeció dirigiéndose hacia la derecha. Cien metros adelante se presentó la puerta a la libertad. Con la agilidad que adquieren las personas que son privadas de algún sentido o miembro vital, el desesperado lacayo aceleró el motor hasta llevarlo al máximo de su capacidad y al mismo tiempo se sirvió del muñón para accionar la bocina.

El caballo que tiraba de la carreta se encabritó, dando saltos para todos lados hasta que se paró en sus patas traseras, desafiando al monstruo mecánico.

Con su mano buena, Abdul, abrió la puerta; saltó hacia la calle, rodó sobre el empedrado, se incorporó y se perdió en la noche.

Continuará…