El Principio

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Es necesario que haya uno o varios principios y aún,
en caso de existir uno sólo, que éste sea inmóvil e inmutable.
Aristóteles

Hacía poco que había salido del estado de hibernación y ya estaba cansado y agobiado por tanta soledad; miraba por la escotilla de su cosmonave y sólo veía el espacio vacío, inconmensurable y ferozmente desconocido.

Mucho tiempo hacía que vagaba sin rumbo, como un náufrago en la oscuridad carnívora. A veces lloraba por días, hasta que sus lágrimas llenaban el habitáculo de su transporte espacial y entonces tenía que bucear en su tristeza salada.

Recostó su pequeño cuerpo gris sobre la litera que usaba para descansar y se puso a mirar el color acerado del techo. La rutina, de vagar errante por el negro absoluto, lo aplastaba como si fuera el garrote vil en su pena de muerte.  Se imaginó muerto, encerrado en esa tumba de metal viajando por el infinito, hasta la matriz de éste. Ensoñó a su osamenta tiritando por la añoranza.

Fue enviado por sus pares para encontrar el sitio idóneo para establecer el nuevo hogar de su especie; debía encontrar una estrella enana amarilla, ideal para el desarrollo de la vida según los parámetros de los organismos de su raza.

Su mundo de origen no daba abasto para tanta población, no soportaba más tanta contaminación.

No era una tarea fácil, era casi imposible hallar un astro con esas características; él lo sabía, los que lo enviaron lo sabían, pero debía seguir las órdenes a toda costa.

En el panel de control empezó a titilar una luz roja. La ansiedad lo dominó, su sistema de búsqueda había encontrado el lugar adecuado.

Miró por el ojo de buey y gritó de felicidad al ver al Sol amarillo en todo su esplendor, podría volver a casa con la tarea cumplida; sólo tenía que efectuar algunas tareas ulteriores. Vería a su terruño de nuevo, disfrutaría de las tres lunas azules en la noche verdosa, nadaría en las aguas rojas del Gran Océano.

La Madre Computadora de su nave estableció el sitio exacto para fundar el nuevo hábitat para los suyos, el lugar estaba ubicado entre las órbitas de un planeta sin lunas y otro planeta rojo.

Entonces, sin perder tiempo, se puso manos a la obra.

El primer paso era crear el molde en el cual se desarrollaría el mundo nuevo. Por consiguiente colocó la piedra basal (traída por él desde su hogar) y la dotó de atmósfera. Esta roca creció hasta la dimensión precisa, mediante la manipulación atómica.

Luego hizo que el éter fuese transparente, para permitir el paso de la luz.

Le dio a la roca la habilidad de rotar sobre su eje, para que la luminosidad alcanzase ambas caras del futuro cuerpo celeste.

Después agregó los químicos imprescindibles para la creación del agua, tan necesaria. Hecho esto manipuló al líquido elemento para que pudieran surgir sendos continentes.

Todo avanzaba de manera positiva, él no daba más de felicidad;

Añadió semillas que llevaba y surgió una vegetación exuberante. Puso los componentes esenciales y los neo-mares hirvieron con una vida burbujeante, algunos entes comenzaron a poblar la tierra virgen, progresando por el instinto de supervivencia.

Mandó un mensaje diciendo que todo estaba listo, la misión estaba cumplida. Se metió en la cámara de hipersueño, para esperar que llegaran sus congéneres.

Entonces, al fin, pudo descansar

La evolución siguió su curso, sin detenerse.

Entonces, millones de años después, alguien comenzó a escribir en su memoria y honor: Génesis 1:1. En el principio Dios creó los cielos y la tierra

Él sigue orbitando a la Tierra, soñando con que pronto llegarán los suyos y podrá volver a casa y ver a los suyos.