El afán del mendocino por sentirse VIP

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Si analizamos la crisis que está transitando (hace décadas) la industria vitivinícola en Mendoza, podemos dilucidar con exactitud los síntomas de este nocivo virus que nos afecta como  sociedad: la afanosa necesidad de sentirnos VIP, distintos, especiales.

El vino, producto estrella de Mendoza, una bebida cuya concepción parte de la popularidad, del don de poder ser compartido en la mesa, de fuente alimenticia, de símbolo de unión, familia, comunión, usado por todas las culturas como amalgama entre personas, en Mendoza se buscó con ahínco fervoroso elitizarlo y adjudicárselo a las altas alcurnias, a los apellidos dobles, a las familias distinguidas y los consumidores “de nivel”. De esta manera, generaron un show farandulero cosmopolita en su entorno, que no hizo más que alejarlo de su principal consumidor: las masas, la gente común. De esta forma, perdió su concepción natural y se convirtió en algo para la “gente bien”, gente que, casualmente, pretende que en cada lugar se releve su “distinción” y se valore su presencia, acto que genera como resultado, la no retribución económica por ningún bien o servicio consumido. Dicho en otras palabras, el mendocino “bien”, no quiere pagar la entrada a un lugar, no quiere pagar la consumición y pretender ser tratado como la joya del lugar. Es una rata de alcantarilla con ínfulas de Cid. Además que no toman vino.

Es por ello que las masas, necesitaban un producto sustituto a esa bebida popular. ¿Y quién apareció?… la industria cervecera. Entonces el lúcido mendocino, tan despierto para los negocios como una babosa, se empeñó en poner una cervecería por cuadra… y hasta dos. Esto no estaría mal, es propio del ser humano “copiar” aquellas cuestiones exitosas, en los negocios es claro que se potencia esta falta de creatividad. ¿Qué es lo malo del tema cervecero? Que el virus mendocino está en la gente, no en la industria vitivinícola nomás. Entonces la cerveza, una bebida que se puede fabricar con una inversión mínima en el garage de tu casa, que tiene como condición natural e histórica la misma genética que el vino, que en el mundo entero es un refresco económico, ligero, popular… acá se la transformó en VIP. Entonces las cervecerías se llenaron de chotos, estemmmm, de chetos, que sólo van a hacer rostro y a figurar en las redes sociales de dicho negocio, consumiendo una pinta a valores astronómicos en toda la noche y vaticinando una precipitada quiebra de la reciente industria. Ya no es más negocio tener una cervecería en Mendoza, porque el mismo cervecere mendocino la cagó.

Ahora los bodegueros se dieron cuenta e intentan desesperadamente recuperar ese público. Que tarde o temprano, deberá encontrar su producto popular para consumir.

Si observamos, no con mucho esfuerzo, este patrón se repite en casi todos los nichos de Mendoza. Las rondas de negocios se terminan convirtiendo en bacanales sociales para ir a chamuyar promotoras y olfatearle el culo a los grandes; los boliches inauguran ultra mega vip’s de archi vip’s donde se enfocan en el distinguido tacaño que no les deja un centavo, mientras la masa despreciada y ninguneada, como ganado, banca la existencia del lugar; los restaurantes familiares se convierten en inhóspitos y lúgubres espacios gourmet, a precios irrisorios y con mozos que no saben qué puta están sirviendo; las marcas de ropa accesibles, nac&pop, cuando triunfan pierden el norte y se la quieren medir con Gucci, la Vendimia de a poco se va a transformar en un show de figuras internacionales y así podría seguir todo el día.

Por otro lado, al consumidor, le encanta que lo traten de una manera diferenciada “al resto”, pero que ese resto lo vea, lo perciba, lo reconozca. Queremos que todos se enteren que somos VIP, que todos sepan que estuvimos ahí, que participamos, que entramos, que somos parte de ese selecto grupo. El ejemplo perfecto es el del boliche pedorro que arma un corral en el medio de la pista popular, para que todos vean a los “vip” que hay adentro. Totalmente desagradable. Y cuando nos bajamos de ese pony farandulero e hipócrita, nos subimos a nuestros autos prendados y nos vamos a dormir a nuestros duplex hipotecados por 30 años, porque de ricos no tenemos más que la herencia de papá.

Así como el porteño carga sobre sus espaldas el anhelo de parecerse a un europeo y no es más que un sudaca, el menduco quiere pertenecer a una clase que le queda enorme y en su afán de pertenecer, demostrar, aparecer, se le escapan los negocios, funde las industrias, deslegitima lo provincial y vapulea lo autóctono.

Muchas veces he tocado este tema desde la óptica artística, cuyos finos matices de cambio he percibido el último tiempo, pero está a la vista que este síndrome está en nosotros y lo trasladamos a cada aspecto de nuestro desarrollo como sociedad. Incluso, como autocrítica, algo que siempre consideré como “evolución” en la calidad de los contenidos compartidos por El Mendo, podría ser en realidad víctima de ese mismo virus e inconscientemente (o no), pretendimos darle ínfulas literarias a un proyecto que nació como chabacano y popular.

Es por ello que tenemos que volver a las raíces, tenemos que aceptarnos como somos, esta es la enorme diferencia en contra que tenemos, por ejemplo, con nuestros hermanos puntanos y sanjuaninos. Ellos no pretenden ser más de lo que son, ellos son lo que son y punto. Se aceptan, se reconocen y se sienten a gusto. Si no, se pueden venir a Mendoza, por ejemplo. Nosotros queremos aparentar ser lo que no somos y eso nos convierte en mediocres, en caretas y en miserables.

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