A la ciudad y al mundo | Parte 10

  •  
  •  
  •  
  • 27
  •  
  •  
    27
    Shares

Capítulo diecinueve

Los hombres capturados, esposados al paragolpes delantero de uno de los patrulleros —ambos con los faros encendidos—, se hallaban sentados en la tierra y de vez en cuando levantaban la cabeza hacia la noche cerrada, sin estrellas.

Atentos a recibir la señal de su jefe, valiéndose de opulentas cadenas acompañadas por candados, dos de los miembros del grupo se prepararon para trabar todas las puertas del camión.

—Treinta segundos y se termina todo —vociferó el hombre de Sayavedra al que se le había bridado una precaria atención médica. Lo básico para que le fuera posible cumplir la tarea asignada—. Salgan cuando todavía están a tiempo.

Una voz que se esforzaba por sonar segura, contraatacó desde el interior del rodado.

—Andáte vos y toda tu gente, derechito al carajo —gritó—. Botón de cuarta.

—Me parece que te equivocaste muy fiero, porque los que se van a ir son ustedes.

Como si se tratara de un acto muchas veces ensayado los hombres cumplieron la orden que se las había impartido con un leve movimiento de cabeza. Los candados se sellaron y el personaje que había montado guardia desde el ceibo se acercó cargando dos tachos grandes. En dos minutos todo el aire se impregnó con el olor del querosén. Hicieron falta dos más para que la fogata que buscaba devorar al camión cumpliera su misión.

Los apócrifos policías dieron media vuelta en dirección a los autos. Ni por un minuto se preocuparon por la catarata de gritos e insultos que intentaba abrirse paso a través de las llamas.

—Oigan, paren, locos de mierda —aulló el gordo chofer.

Como respuesta se ganó un tiro de escopeta que le destrozó la cabeza. La misma suerte corrió su compañero. Los perros salvajes y demás animales que acechaban no dejarían que los cadáveres llegarán a convertirse en carroña.

Cuando viajaban de regreso a la capital, el jefe iba pensando que Sayavedra apoyaría su accionar. Se hizo lo que tuvo que hacerse.

Una enorme bola de fuego convirtió la noche en día por unos minutos. La primera batalla se había ganado.

El final de la subida los enfrentó con una puerta muy semejante a la del inicio aunque no estaba cerrada con llave.

Giussepe la cruzó primero. El resto lo siguió en ordenada fila india. Un par de lamparitas desnudas colgaban del techo ofreciendo una sucia iluminación. Reinaba un silencio críptico. Se desplazaban por un pasillo repleto de puertas cerradas, debía tratarse de las habitaciones de las chicas dedujo el florentino. El corredor se doblaba hacia la izquierda para terminar en dos salones. Uno de ellos tenía las paredes desnudas pintadas de blanco, dos mesas largas fabricadas con quebracho colorado y muchas sillas, haciendo juego. Junto a los muebles descansaba una cocina ennegrecida por años y años de descuidado uso y escasa limpieza. Además había una pileta de acero inoxidable para lavar y una mesada de granito colocada sobre un mueble mal pintado de rojo con tres puertas que resguardaba sin duda, todos los utensilios que son apropiados para el diario ir y venir en  los lugares en los que deben convivir muchas personas. El segundo espacio estaba reservado para los custodios con camas con colchones finos similares a los catres de campaña que se emplean en el ejército.

El grupo de invasores se acercaba con la cautela que tienen los que han adoptado las armas y la violencia como un medio para subsistir.  Podía oírse a un cantor desgranando los versos de: La morocha, de Ángel Villoldo.

Giussepe se acercó para descubrir que el salón no contaba con división alguna, con excepción de una pieza pequeña, cuadrada que se ubicaba en un rincón y no podía ser otra cosa más que un baño. Giussepe notó que tampoco en aquel recinto las paredes estaban ornamentadas. Había cuatro roperos parientes de las sillas y la mesa. Pegado al baño, una pileta azulejada sobre la que se había colocado un espejo cuadrado sin marco, frente al cual el cantante se afeitaba. A pesar del intenso frío se encontraba desnudo de la cintura para arriba. Dos revólveres atravesaban su cinturón negro y gastado. Gracias a la imagen devuelta por el espejo, Giussepe supo que el resto de los hombres se entretenían jugando a las cartas y tomando cerveza. Movió las manos para los demás. El objeto era hacerles saber que de un lado había una persona, en el opuesto tres. Realizó otro ademán que indicaba que todos iban armados.

El tiempo de entrar en acción había llegado. El equipo del florentino tensó los nervios y esperó. Giussepe levantó la diestra con el puño apretado. Fue abriendo los dedos desde el pulgar y se detuvo en el del medio. Pateó con rabia la puerta y se abrió paso disparando.

El empleado del Turco que se afeitaba, se movió con la eficacia de quien sabe lo que hace y no está dispuesto a morir ese día. Sin embargo, no tuvo la agilidad suficiente. La bala de Giussepe le regaló un tercer ojo, justo por encima de la nariz. El resto de los guardaespaldas tuvo una escasa oportunidad de defenderse, efectuaron algunos disparos, pero el factor sorpresa los hizo caer malheridos, aunque conservarían la vida una hora más.

Los gritos desesperados de las mujeres rebalsaron pronto cada rincón. Algunas, las que estaban vestidas, se abalanzaron por las escaleras con la esperanza de buscar un mejor futuro muy lejos de ahí. Lo que encontraron fue al Turco, quien sin vacilar puso en acción su Winchester de repetición a palanca para derribar a cinco de sus empleadas como si hubieran sido muñecas en una kermes. El resto, de vuelta en la realidad, buscó refugio en las habitaciones: debajo de las camas.

—Rendíte Turco, esto se acabó —gritó Giussepe.

—Tenés razón, se acabó. Pero no para mí.

Capítulo veinte

Cosme acababa de apagar el motor cuando escuchó los tiros. Saltó a la calle seguido de cerca por Antonella. La muchacha de la larga trenza no se movió.

El matrimonio Ferrara transitó en dos minutos el trayecto hasta donde estaban las mujeres sin vida. Cosme corría con el Smith & Wesson en alto. Al reconocer a Alí Ben Kadar efectuó un rápido y poco certero disparo, que alcanzó al blanco en el hombro derecho, obligándolo a girar en redondo.

Alí Ben Kadar no pudo definir que lo había sorprendido más, si el dolor repentino o reconocer al agresor.

—Así es la vida, Turco ¿Qué le vamos a hacer? —declaró Cosme como respuesta a la expresión en el rostro del proxeneta.

—Ya veo, ya veo —respondió el Turco, que había dejado caer el arma y se cubría la herida ayudado por el pañuelo que antes usara sobre la cabeza.

—A veces te toca ganar, otras perder —sentenció con estudiada solemnidad el siciliano—. Así es este negocio.

—A veces te toca ganar, otras perder —repitió el hombre de los mil turbantes, poblando su cara con una maliciosa sonrisa.

—Esta vez ustedes pierden —La voz de Abdul resonó por todos lados.

Cosme se volvió al instante y dejó caer el plateado revólver. El manco apretaba con la larga hoja de una daga el cuello de su esposa.

Alí Ben Kadar había recobrado tanto su arma como su confianza.

—Ahora sí es cierto —gritó el Turco en dirección de Giussepe y los suyos—. Todo terminó, salgan con las manos arriba.

Los hombres de Giussepe se dejaron ver. Entre dos llevaban a los empleados del Turco que habían herido. Los tres dúos depositaron a los maltrechos seres en el suelo. Detrás del último grupo surgió el florentino empuñando dos armas.

—Tiráte Antonella —rugió.

La mujer reaccionó obediente. Echando la cabeza hacia atrás con fuerza, golpeó al manco en la nariz quien aturdido relajó el brazo. Antonella cayó de rodillas. Dos detonaciones después Abdul estaba muerto.

El segundo tiro no provino de una de las armas de Giussepe, salió del rifle del Turco y su trayectoria terminó en la frente del florentino, que murió sin apenas enterarse.

Cosme se abalanzó sobre el cuerpo de su esposa. El segundo disparo de Alí Ben Kadar le cruzó con limpieza el antebrazo izquierdo.

Mientras todo esto estaba sucediendo, los hombres del doctor Sayavedra que habían estado a las órdenes de Giussepe, volvieron a la habitación de los custodios, por sus escopetas, ya no les fueron necesarias. El inerte cuerpo de Alí Ben Kadar, quien fuera conocido como el hombre de los mil turbantes, yacía tirado con la daga con la que Abdul diera muerte muerte a la muchacha de la larga trenza al encontrarla sola, enterrada en el corazón. Cosme había sido el eficiente verdugo.

Continuará…