A la ciudad y al mundo | Parte 11

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Capítulo veintiuno

El 11 de mayo de 1927, Cosme recorre las habitaciones de un departamento emplazado en el cuarto piso del pasaje San Martín. El resto de la familia no lo acompaña, ya que Antonella dará a luz en escasas ocho semanas y ha aceptado con gusto la invitación de los Sayavedra de alojarse con ellos.

Cosme Ferrara no eligió mudar a su familia a Mendoza producto de una caprichosa casualidad. Su arribo a la provincia cuyana fue el fruto de una charla honesta con el doctor Sayavedra.

El siciliano sabía que mientras se mantuviera bajo el gobierno del otrora político radical no podría ofrecerle a los suyos, entre los que se contaban: María y Juliana, esposa e hija de Giussepe —su amigo más fiel—, todo lo que se merecían.

El doctor Sayavedra estuvo más que de acuerdo con que Cosme iniciara su propia organización. Voy a lamentar no tenerte a mi lado, le dijo, antes de escribir algo en una de las hojas de una libreta que arrancó con prolijidad. Dobló el papel blanco en cuatro y se lo entregó a Cosme junto con veinte mil pesos moneda nacional.

—No hay mejor tierra para que se críe tu nuevo hijo, que Mendoza —auguró el dueño del 343 al despedirlo con un fuerte y agradecido abrazo.

Las personas que figuraban en la lista manejaban todo lo que de ilegal se podía conseguir en Cuyo. Estos personajes cubrían sus huellas con limpios y muy rentables negocios, según le había informado el doctor Sayavedra.

El primer nombre era el de Isaac Krivinsky: un polaco de sesenta y dos años célebre por sus obras de caridad y por preferir en su cama a la hora del amor a muchachos jóvenes que se dejaban hacer a cambio de los generosos regalos que el panzón de escaso cabello les ofrendaba. En la superficie podía verse a un amante padre y devoto marido, a un hombre de empresa que expendía nafta elaborada por Yacimientos Petrolíferos Fiscales. En lo subterráneo, donde se movía con la agilidad de un nadador olímpico, capitaneaba una turba ordenada que destruía comercios en incursiones nocturnas. Con la luz del día y con su más blanca sonrisa, visitaba a los desechos propietarios asegurándoles que tales actos no se repetirían si aceptaban adquirir una de sus pólizas de seguros.

Las apuestas clandestinas eran el terreno de Manuela Chávez, una hábil bodeguera, hija de Chacras de Coria, cuya adoración por los caballos pura sangre superaba con creces la que sentía por cualquier ser humano.

Las casas dedicadas a la prostitución, no eran ni por asomo parecidas al 343. Estaban construidas con adobes. Siete u ocho habitaciones rodeaban una galería que ofrecía como exclusiva comodidad tres largos bancos de madera sin cepillar, los cuales servían para que los obreros de la construcción, el ferrocarril, los conductores de tranvías, los empleados de comercio y hasta algún que otro clérigo en ropas de calle, esperaran su turno para traspasar los umbrales y así quedar frente a paredes pintadas con cal. Luego se tumbaban en camas ruidosas, con colchones que olían a orines y agua de colonia de a tres centavos la botella, en compañía de mujeres gordas o muy delgadas que se habían adueñado del oficio a fuerza de practicarlo diez horas cada día, sanas o enfermas, tristes o alegres, hastiadas o encantadas de la vida.

El propietario de todo ese engranaje de caricias y besos de alquiler era Roberto Calabria, conocido como el calabrés, que vivía una existencia de príncipe con lo obtenido, según lo atestiguaban sus vecinos, con la venta de agua a cinco centavos los diez litros.

El último lado del cuadrado criminal cuyano lo ocupaba Julius Raggi, oriundo de Palermo, la capital de Sicilia. En las sombras contrabandeaba la más variada gama de artículos y productos, desde jabón hasta radios y piedras preciosas. En la luz era otro amoroso padre y esposo que sustentaba a su familia con un sueldo como maestro de escuela.

Cosme estaría en deuda hasta el último de sus días con el matrimonio Sayavedra. Fue por ellos y sólo por ellos que Giuseppe y él abandonaron un empleo sin futuro. Ellos les enseñaron que se debe vivir con lujo y a lo grande. Más y mejor es mejor repetía siempre el mentor del siciliano. A pesar de todo el afecto que les profesaba, no pensó ni por un segundo en seguir el consejo de acudir en busca de trabajo golpeando a la puerta de alguno de los nombres de la lista. En cambio tomó una determinación, que inscribiría su nombre en la historia de los clanes mafiosos. La organización que constituiría no obedecería a la estructura piramidal que los capos sicilianos habían empleado siempre, tomada del modelo creado por Julio Cesar para gobernar el Imperio. El sistema era simple y había resultado efectivo por siglos y siglos. Los integrantes de la base de la pirámide nunca se acercaban a aquel que descansaba en la cúspide y por lo cual podía dar órdenes. Lo que tenía que hacerse salía de la boca de Cesar, directo al oído de uno de sus generales, el cual repetía la orden de forma descendente hasta que ésta era escuchada por el soldado elegido para cumplirla.

El clan Ferrara se erigiría sobre la base del respeto. Se prestarían oídos a las ideas que posibilitaran hacer dinero, porqué ¿había acaso otra cosa más importante que hacer dinero? Hubo dos aspectos que el nacido en Erice, hijo de un lechero, sí respetó e hizo respetar: el código de la omertá, en primer lugar y en segundo, que el poder recaería en una sola y única cabeza, la suya.

Capítulo veintidós

Cosme Ferrara dedicó todos sus esfuerzos a investigar al cuarteto que representaba para sus proyectos futuros, una molestia similar a la de la piedra que se refugia en el calzado del caminante que más que llegar disfruta la sensación de saber que tiene cerca el destino final. El tiempo de las pesquisas se hizo largo. Tal tarea le ocupó el cuerpo, la mente y el alma por completo. Tanto que llegó a desaparecer de la vista de los suyos durante semanas. Cuando estuvo de regresó lo recibió el fuerte llanto de un niño.

El macilento muchacho que marchó a la guerra, y que en aquellas trincheras boca abajo, hundido en el barro hasta arriba de las rodillas, con frío y hambre hasta la locura, sufrió la transformación que lo volvió reflexivo y silencioso hasta la exasperación. Decidió cambiar su porvenir, el de su esposa y el de sus herederos que aún no nacían, viajando a una tierra al otro lado del mundo, cuyo nombre sonaba a música y decidió una vez más cuando se tomó la vida del hombre que pretendía poner en riesgo la existencia del mundo del que ahora formaba parte. Un mundo nuevo y atractivo que no se dejaría arrebatar sin ofrecer pelea. Fue durante ese breve, pero crucial segundo, el que transcurrió mientras el puñal dejaba su mano y se encajaba decidido en la carne de Alí Ben Kadar, que comprendió que ningún hombre puede evitar que el ser que duerme paciente en su interior, despierte si así está escrito. Hoy con Vicente, su segundo hijo en los brazos, ya no tuvo dudas ni remordimientos. Nada ni nadie se le interpondría. Las personas que dependían de él tendrían todo lo que el poder y el dinero pueden ofrecer.

Quien sería amado, temido y respetado bajo el apodo de: El Patrón, sabía para cuando Vicente se acercaba sin pausa a sus cuatrocientos días de vida, todo sobre Krivinsky, Chávez, Calabria y Raggi. Se preocupó en reclutar un selecto grupo. Hombres con los cuales comenzaría a poner en marcha su organización. Eran sicilianos de punta a punta, que como él mismo no confiaban en el poder protector del Estado, al que consideraban un extraño. Cada uno de sus soldados poseía los saberes que los acreditaban en el uso de explosivos, de las Luparas que nunca se dejaban ver, ocultas bajo largos abrigos y lo más apreciado e importante, no dudaban en el manejo de la soga.

El veterano del frente alpino era dueño de una rara cualidad, podía saber todo sobre alguien con sólo cruzar unas cuantas palabras. Aquel grupo se hizo compacto como el acero. La confianza creció hasta que Cosme pudo afirmar sin temer equivocarse, que todos y cada uno de sus soldados estarían dispuestos a dar la vida por su patrón. Ésta hipótesis se comprobó durante la batalla silenciosa que se llevó adelante para conseguir que Cosme se colocara en lo alto de la pirámide.

El cuatro de agosto las páginas del diario Los Andes, dan cuenta de la inauguración del Museo Provincial de Bellas Artes. A cargo de la dirección estará Juan Agustín Moyano. En la sección dedicada a la crónica roja se relata un curioso caso, el cual medio siglo después, con algunas modificaciones, aparecería formando parte de la novela: El Padrino, de Mario Puzo. El artículo dice lo siguiente:

«Esta madrugada la población de Chacras de Coria se ha visto conmocionada debido a un acto de fulgurante vandalismo. Se desconocen los motivos que pueden haber llevado a cometer un crimen de tamaña aberración. La damnificada es una de las más importantes bodegueras de la provincia. La mencionada empresaria reside desde siempre en el departamento de Lujan de Cuyo. Es bien sabido por nuestros lectores, ya que en numerosas oportunidades ha aparecido posando para este diario, el amor que Manuela Chávez siente por sus caballos, en particular por el imponente: Pegaso, su bello pura sangre de pelaje muy blanco. El crimen a que quien escribe éstas líneas se está refiriendo no es otro que el del noble corcel, cuya cabeza cercenada apareció en la cama de la señora Chávez. Fuentes confiables aseguraron a Los Andes, que el impacto de despertar y encontrar al animal sin vida en el lecho ha dejado una profunda huella en los nervios de la mujer. Manuela Chávez según se nos ha informado a partido hacia Europa, sin fecha de retorno, impartiendo a sus colaboradores expresas órdenes para que procedan a la venta del total de sus muchas propiedades.»

Otras noticias informaban sobre la trágica muerte del empresario y filántropo polaco radicado en Mendoza, Isaac Krivinsky, al estallar uno de los camiones que abastecía de combustible, los depósitos de la más grande de sus estaciones de servicio. El saldo de víctimas fatales se elevaba a diez.

Un pequeño apartado narraba la historia de un maestro de origen italiano que al volver a su casa desde la escuela, había sido blanco de un asalto. La noticia continuaba diciendo que el hombre había opuesto resistencia y los atacantes le habían dado muerte a puñaladas.

En los avisos fúnebres, los deudos de Roberto Calabria lo despedían con hondo sentimiento de pesar. En el salón comedor de su vivienda enclavada en la calle Belgrano. Su viuda repetía a quien quisiera oírla, que no se explicaba cómo pudo pasar, si hasta anoche estaba lo más bien. Parece que le falló el corazón comentaba su cuñado.

Fin de la primera parte