¡Qué descanso!: Las vacaciones de Mario Urzúa

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Como televidente, me alegra despertar a la mañana y descubrir que el periodista matutino se tomó unos días y pusieron en su lugar al carismático Sebastián Goiburo.

No quiero emitir juicios de valor sobre el primero, quizá sea una bella persona, quizá le compraría sin dudar un auto usado; sólo me permito opinar a lo que tengo derecho: su performance como co-conductor en el noticiero del Canal 9.

A Mario le encanta tomar el pelo a sus compañeros de trabajo, si es posible dejarlos en ridículo, con una sorna que me parece un tanto perversa, algo sádica. Su víctima preferida es el pobre meteorólogo, a quien en sus primeras apariciones en vivo y en directo exponía su nerviosismo, lo hacía repetir como loro ciertas frases para ir al corte o cambiar de tema (y lo retaba como a un niñito si no lo repetía bien), muy atento a cualquier traspié que pudiera cometer, y haciéndole preguntas personales.

Al periodista deportivo también lo pone en la cuerda floja cada vez que tiene oportunidad, sin embargo, el Chicho con su desparpajo habitual y su frescura lo deja con las ganas. Pero cuando hacía un segmentito de “humor” Urzúa le contaba los finales de los chistes cuando iba por la mitad, o no se reía y se quedaba con cara de “malísimo”; gauchito ¿eh? Esas cosas son de poco compañero y no se hacen, mi cielo.

Y también con los móviles. Ahí es cuando más me jode la actitud de “soy el periodista del siglo”. Interrumpe continuamente a sus colegas movileros para dejar excelentes preguntas a medio hacer (porque ellos sí han investigado sobre el tema) para hacer sus preguntas de último momento, lo primero que se le pasa por la cabeza, pensando que es un crack; sin ni siquiera notar que eso ya se dijo, pero él no escuchó… porque estaba pensando en qué pregunta hacer para quedar como el Novaresio menduco. No sólo interrumpe a los movileros cuando están preguntando sino también a los entrevistados. Y no es un simple “Sofía” es un “Sofía…Sofía….Sofía…Sofía” un denso el vago, hasta que no caga el móvil no para. Quiere imponer una autoridad de “periodista de piso” o “conductor” que no sé para qué mierda la quiere si ya todos lo vemos en el escritorio, calmate querido y dejá de querer que se te escuche cada 5 segundos.

Por qué no aprenderá de la bella y excelente Daniela Galván que es una lady total. Ella cubre a sus compañeros cuando caen en algún bache (en vez de ridiculizarlos), se ríe de los chistes de Chicho y de los de Mario también, aunque sean malos o ya los conozca. Le banca que siempre quiera tener razón en todo. Porque ella no necesita ridiculizar a los demás para verse mejor. Lo mismo con Sebastián, amable, deja hablar a los entrevistados, no quiere poner en vergüenza al resto, alaba a sus colegas.

Quizá le vendría bien un baño de humildad: una temporada en los móviles parado en la esquina tiritando para informar en tiempo real de la sensación térmica invernal (a qué hijo de puta se le ocurrió semejante maldad, si las calles que están cortadas se pueden informar desde el piso, no jodan). O esperando 2 horas a que termine la tercera de Huracán Las Heras para que le den la formación del domingo, como si a alguien le importara. Hay que ser muy capo para estar en un móvil y sacar algo más que basura. Y eso merece mucho respeto, señor Urzúa.

Cuando veo a los Marios que uno tiene en su ámbito laboral, esos que siempre necesitan tirarle mierda a los demás para sentirse mejor, me genera una especie de vergüenza ajena: ya todos sabemos que sos chupamedias del jefe, que sos cancherito, que tu agresión oculta tus enormes inseguridades, que vivís alerta de que nadie se vaya a avivar de que sos un fraude y no merecés estar ahí (según tu propio criterio inconsciente) y te vayan a echar. Entonces te desvivís por encontrar chivos expiatorios, porque no, porque sí y por las dudas;  no vaya a ser que en un momento de calma se pongan seriamente a evaluar capacidades.

Y me dan ganas de decirles ¡relajate chiquitín/chiquitina!, todos tenemos derecho a equivocarnos: la diferencia es que los soberbios sienten que nada tienen que aprender, y por consiguiente, nada aprenden. Y cada vez muestran más la hilacha.

Pero por supuesto, es al pedo decirle eso a un soberbio.

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