Abuso de poder en Mendoza: La hija de Aliv

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Como todos los sábados, un poco antes de las nueve de la mañana, Tomás corría en el pulmón de la ciudad, avenida arriba por El Libertador. Era una mañana cálida y brillante como son las mañanas otoñales en Mendoza.

Abandonado a sus pensamientos, con los ojos fijos en el sendero rojizo, entre el murmullo del viento que agitaba los aguaribay que orillan el camino.

De frente venía una mujer caminando que, luego de cruzarlo se volvió y le gritó su nombre. Tomás se detuvo y dio media vuelta. La reconoció al instante y el corazón le latió fuerte. Tuvo la impresión de estar soñando. Dos hombres que caminaban a la par, pasaron junto a ellos y se detuvieron unos metros más allá. La mujer avanzó hacia él, quedando a tan corta distancia que Tomás pudo sentir su perfume flotando en el aire. Al ver la calidez de ese rostro familiar, se quedó paralizado. Invadido por la melancolía del tiempo, escenas remotas, quizás las más felices, comenzaron a removerse en su memoria con la rapidez de quien evoca un sueño olvidado. Reviviendo aquellas sensaciones que tuvo años atrás, como si la descubriera por primera vez.

Los dos se quedaron mirando por varios segundos sin decir nada. Con la añoranza de los amantes que nunca se olvidan. El tiempo pareció detenerse. Ella irradiaba hermosura y juventud. Con los años su belleza había adquirido rasgos más definidos. No había en sus ojos enojo, ni siquiera rencor, sino más bien una mezcla de nostalgia y decepción.

Habían pasado siete años desde aquella tarde en que la vio entrar a la clase de ritmo, en la Escuela de Música de calle Lavalle. Tomás tenía dieciocho años y era aficionado al saxo. Las clases de ritmo eran las más divertidas y numerosas. Las daba la flamante profesora Susana Shwatman, una diosa descomunal, no menos que las del Olimpo. Admirada por hombres y mujeres. De figura esbelta, pelo negro y ondulado, tez blanquísima y dueña de unos increíbles ojos turquesas, con los que parecía hipnotizar a todo aquel que la mirase. Era el tema central de los varones. Mientras la esperaban, hablaban de las múltiples fantasías que les despertaba.

Como ya dije, fue una de esas tardes de ritmo. La clase había empezado hacía unos minutos, cuando la profesora advirtió en el fondo del salón a una chica parada en el umbral. La invitó a pasar con su habitual cordialidad. Todos se dieron vuelta para mirarla. La joven se aproximó con timidez, abrazando un cuaderno contra el pecho. Se notaba a las claras que era una chica con clase. Su aspecto pulcro y refinado, daban testimonio de su alto nivel social. Vestía un jeans azul y un suéter rosa pálido. Llevaba cruzada una carterita de cuero beige y unos zapatos del mismo tono. El pelo lacio y rubio le caía por delante de los hombros casi hasta la cintura, y una trabita sosteniéndole un mechón, le despejaba la cara.

La Shwatman la tomó de los hombros, la situó frente a todos y le pidió que se presentara. Con voz serena dijo que se llamaba Julieta, tenía dieciséis años y tocaba el piano desde los cinco. Tomás, pasmado, se quedó mirándola con ojos fascinados. Era lo más bonito que había visto. Sin imaginar que ese instante sería el origen de un tumulto de amor insospechado. Bastó verla la clase siguiente para enamorarse como un palomo. Un deseo en lo más profundo se había puesto en movimiento y esas clases pasaron de ser una disciplina a una necesidad.

De día andaba aletargado, como flotando en el aire, y no hacía otra cosa que pensar en la chica nueva. Y pasaba las noches enteras urdiendo planes para acercarse a ella. Pero todos sus rodeos fueron inútiles. Julieta no era fácil de abordar, ponía siempre una distancia insuperable. De poco hablar, más bien tímida, y al terminar cada clase, desaparecía sin interactuar con nadie. Tomás la seguía escalera abajo, cruzando el gran hall de recepción hasta la calle, la veía doblar la esquina y subirse a un lujoso Audi negro que la esperaba. Un hombre alto y fornido le abría la puerta de atrás. La idea de que una chica como ella podía interesarse en él, comenzaba a desvanecerse.

No fue hasta el día en que Tomás tocó Paradise en el saxo, mientras esperaban a la Shwatman, que Julieta se dignó a mirarlo. Esta vez de una manera diferente, con ojos centelleantes de admiración y una sonrisa luminosa. Tomás pudo advertir esa mirada y sintió una felicidad inédita. Esa misma tarde al finalizar la clase, se armó de valor y la invitó al buffet que, para su sorpresa, ella aceptó encantada, y a partir de ese momento se volvieron inseparables.

Hasta que una tarde, Tomás la tomó de la mano y la llevó a recorrer la escuela. Era una antigua y majestuosa mansión de principio del siglo XIX compuesta de tres niveles. Julieta se dejó conducir por los diferentes corredores del primer piso, bajaron la ancha escalera de mármol hasta el gran hall principal, cruzaron el patio y siguieron por una galería hasta una angosta escalera en espiral que llevaba a una habitación en desuso. Tomás abrió la puerta y ésta osciló chirriando en sus bisagras. Con un gesto de mano la invitó a pasar y cerró tras ella la puerta. Los tablones de pinotea crujieron a sus pasos. Julieta paseó la vista a su alrededor. El salón en penumbras que se abría ante sus ojos, lo habían convertido en un depósito de trastos viejos: unos cuantos pupitres desvencijados, sillas rotas, pilas de viejas partituras descansaban sobre un gran escritorio estilo inglés. Todo empolvado de tierra. En las paredes, enormes cuadros de Vivaldi, Bach y Mozart. Y unas pesadas cortinas de terciopelo bordó vestían un ventanal que daba a la calle Lavalle. Tomás las corrió y la estancia se iluminó. Se volvió y con ojos enamorados miró a Julieta que había permanecido parada en medio de la habitación. Avanzó hacia ella con paso decidido. Le sujetó la cara entre las manos con toda la delicadeza de la que fue capaz y la besó. Al principio con ternura y después con una energía incontenible, con todo el deseo acumulado desde que la vio por primera vez. La hizo retroceder y la apretujó contra la pared. Sin dejar de besarla, la acarició furtivamente y no le fue fácil controlar su exaltación en aumento al sentir por primera vez, pegado al suyo, el cuerpo de Julieta que se le entregaba en cada beso y cada caricia, deleitada por una agitación de inefable placer que nunca había sentido. Los dos experimentaban la alegría de amarse con el eco de un piano que venía del auditorio. A partir de entonces, esa habitación les servía de refugio donde, bajo la mirada de Mozart, Bach y Vivaldi, se amaban a escondidas.

Cierta vez, a punto de caer la tarde, Tomás se bajó del colectivo en la esquina de su casa de Villa Nueva. Volvía de la Escuela de Música. Caminó apenas unos metros, cuando de repente un auto de alta gama negro clavó los frenos en seco a su lado. La puerta del acompañante y la de atrás se abrieron simultáneamente. Bajaron dos tipos altos y corpulentos que le franquearon el paso, y con rapidez y rigor profesional, lo agarraron al vilo de cada brazo y lo obligaron a subir a la parte trasera del auto, que de un acelerón volvió a ponerse en marcha rechinando sobre el asfalto, giró a la derecha y avanzó hacia el oeste a gran velocidad. Tomás iba en el medio del asiento entre los dos infames armados, uno le sostenía la cabeza encima de las rodillas. El otro le apoyaba el cañón del revólver en el costado. Lo obligaron a permanecer callado y quieto. Invadido por el miedo se le aceleraron las pulsaciones y las piernas comenzaron a temblarles.

—Tranquilo —le dijo por encima del hombro el tipo de la derecha—, no te va a pasar nada —. Y eso a Tomás le causó un cierto alivio.

Atravesaron toda la ciudad hasta el piedemonte. Subieron la cuesta empinada de un cerro por un camino sinuoso. Al cabo de unos minutos, el auto se detuvo. Sacaron a Tomás y lo llevaron a las rastras por entre los jarillales. Debilitado por el miedo, las piernas se le doblaban. Lo empujaron con rudeza y cayó de boca sobre la tierra partiéndose el labio. Tomás soltó un chillido. Uno de los tipos lo giró y sintió bajo su espalda la rugosidad del terreno. El otro empuñó el arma y apuntándole en la cabeza le dijo:

—¿En qué estabas pensando cuando te metiste con la hija de Aliv, pendejo? No es una chica de tu clase, y al jefe no le gusta que su nena sufra. La cosa es así, atendé bien: si la hacés llorar tan sólo una vez, te desaparecemos y no se volverá a saber de vos. Así que ahora mismo tenés que decidir si continuás con ella o la cortás. Te recomendamos lo segundo. Y si contás una palabra de esto a alguien, en especial a Julieta, te va a ir muy mal. ¿Has entendido?

Tomás asintió con la cabeza. Los hombres se apartaron y se encaminaron hacia el auto. Tomás se levantó pesadamente y soltó un suspiro de alivio al ver que el auto se alejaba levantando una gran polvareda. Volvió sobre sus pasos y al borde del camino encontró su saxo que lo llevaba dentro de un estuche. Se lo colgó al hombro y comenzó el descenso. Todo a su alrededor era desierto. El sol se hundía tras las montañas y arrebolaba las nubes. La oscuridad comenzaba a ganar terreno. Ante sus ojos, abajo, se iban extendiendo las luces de la ciudad. Mientras que en su interior nacía un sentimiento amargo mezclado con una tristeza indecible, resuelto a cerrar toda posibilidad de volver a ver a Julieta. Y la impotencia comenzó a crecerle en el pecho a tal punto que soltó el llanto desconsoladamente.

Pasaron siete años desde entonces y ahora la tenía enfrente. Al fin ella habló:

—¿Por qué me dejaste? —Lo increpó con la pregunta que se había hecho durante todos estos años.

Siguió un solemne silencio. La manera en que formuló la pregunta, con esa mirada inocente, libre de culpa, la misma que lo había enamorado en el pasado, lo afectó profundamente. Comprobó que no sabía nada de aquel hecho surrealista. Deseó abrazarla y se reprimió permaneciendo inmóvil unos segundos sin saber qué decir. Desvió la mirada a los dos hombres que esperaban más allá. Uno, con una mano en el bolsillo y con la otra fumando un cigarrillo, los miraba con atención. El otro escribía en su teléfono. Tomás volvió la mirada a Julieta.

—El amor no es para cobardes —le contestó. Y se alejó sin volver el rostro. “Era demasiado joven”, pensó justificándose a sí mismo. “… Pero de todos modos, es poco probable que no se llore por amor”.