En su punto justo

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La seducción comenzó lentamente. Yo había salido hacía poco de una relación muy conflictiva que me había destrozado por todos lados. Sentía que estaba rota.

Él siempre estuvo desde hacían varios años. Nos habíamos conocido por unos amigos en común y él era el mejor bajista que yo había conocido. Tocaba el instrumento con extrema dedicación. En un primer momento intenté algo, pero al saber que era casado y su mujer estaba embarazada desistí.

Por él conocí a un cantante que, con el tiempo, se transformó en mi favorito. Íbamos a todos los conciertos juntos, pero amigos, amigos y nada más.

Nunca estuve en el mismo lugar que su mujer, de hecho jamás la conocí, pero siempre supuse que si eras apasionado en algo, tu pareja de seguro le gustaría algo similar, pero no, a todos lados en donde íbamos él estaba solo. Pensé que era una idea mía, y nada más, nada más.

Pasó el tiempo y las charlas siempre se enfocaron en la música. Yo conocí a mi ex pareja y me enfoqué en cosas diferentes, pero de un modo u otro él siempre estuvo ahí. Dispuesto a una cerveza, a una charla de amigos. Y cuando me separé fue el único que me apoyó con un mensaje, una palabra, una canción.

Todo empezó de a poco. Yo me fui dejando llevar, y él también. A los dos nos gustaba mucho la cerveza y la música y eso hizo de nexo para retomar esa amistad que había quedado media distanciada por la vida.

Empezamos a salir y en sus charlas dejaba entrever que las cosas en su vida amorosa no estaban bien.

— Mi vida actual es como un loop— me dijo mientras que tomábamos una cerveza en un bar en la Alameda. Y sentí que me decía la verdad, y lo miré a los ojos y lo vi vulnerable.

Pero no. No podía intentar nada. Para mí los hombres casados eran sagrados y no podía interferir en una pareja con una hija chica. Estaba mal, y traté de controlarme.

Cuando nos despedimos él me miró y me tocó las manos, casi de forma distraída, un roce casi casi imperceptible que daba a entender que no me quería solo como amiga. Me bloqueé. Lo miré, no dije nada y me fui a mi casa.

Esa noche no pude dormir. Y mi mente empezó a volar imaginando su boca rozando la mía, yo agarrándole despacio el pelo rizado morocho que le caía al costado de la cabeza y  trenzándonos en un beso intenso. Abrí los ojos. Me había excitado solo de pensarlo. Aquella noche solo mis sabanas fueron testigo de lo que me provocaban mis fantasías con él.

Subí una foto muy provocativa a facebook, en parte para que él la viese. Y surtió el efecto deseado, me mandó un mensaje. Me invitó a tomar una cerveza en un bar en el centro, uno nuevo que yo no conocía. Le dije que sí.

— Esto está mal— pensé para mis adentros. Y me vestí normal, pero iba a ir decidida a decirle que, por respeto a su mujer, no podíamos seguir más allá de una amistad.

La noche estaba plena y el cielo descubierto, eso lo recuerdo bien. Cuando entré al bar lo vi sentado en una mesa y me fui para allá.

Estaba mal. Su cara demacrada y ojeras que denotaban un profundo cansancio.

— ¿Qué te pasa Emi?— Le dije, después de pedirle una cerveza a una moza que pasaba por la mesa de al lado

— No estoy bien Pipi, creo que te podes dar cuenta. Venir acá es lo único que evita que me pegue un corchazo por ahí.

Me quedé pálida cuando me lo dijo. Pero reaccioné.

— No digas esas cosas, pelotudo. Mirame. Vos estuviste cuando yo me separé y no tenía ganas de hacer nada. Tomemos algo, hablemos, va a estar bien todo.

— Ahora que te veo me doy cuenta de lo pelotudo que fui en no haberme separado antes.

— ¿Te separaste?

— No sé. Creo que sí. Las cosas no andaban bien, nada me salía, mi vida era un túnel sin salida.

— Mierda ¿Para tanto?— Le pregunté.

— Si. Pero vi una foto tuya el otro día y me acordé de cuando nos conocimos. En ese entonces no estábamos bien con mi mujer y ¿Sabés porqué no me animé a dejarla? Porque la misma noche que yo la iba a dejar me contó que estaba embarazada de Paloma. Yo estaba seguro que tomaba las pastillas, ahora hasta tengo la duda de que las haya dejado de tomar a propósito y no quería que mi hija viviese con sus padres separados. Pero ahora lo veo claro. No está bien. Y vos llegaste justo el otro día. Perdón, pero estoy enamorado de vos. Probablemente vos no sientas lo mismo pero te lo tenía que decir.

Yo siempre pensé que era invisible como mujer ante los ojos de Emi. Quizá porque mi corazón había quedado tan destrozado, y solo hacía poco tiempo que había logrado respirar. Pero en ese momento recordé que siempre que lo había necesitado Emi había estado ahí. Y nunca con otra intención, sino como un amigo. Y quizá no nos habíamos dado chance por su relación que ya venía fallando hacía bastante tiempo, sin que yo lo supiese.

Tomé de un sorbo el medio vaso de cerveza que me quedaba, me levanté de la silla, dejé un billete arriba de la mesa (para pagar la cerveza) le agarré la mano y le dije— vamos.

Recordé que la terraza de la municipalidad de Mendoza sabe abrir de noche cuando hay eventos astronómicos, y no me pareció mejor lugar para llevarlo. Esa noche había una lluvia de estrellas fugaces.

— No te voy a decir nada de lo que pienso hasta que lleguemos a donde te quiero llevar— le dije. Y él sin dudarlo me siguió. Nos subimos a mi auto y manejé las diez cuadras que nos separaban de la municipalidad. Estacioné, nos bajamos, subimos en el ascensor hasta la terraza y al llegar ahí, vimos varias personas mirando por telescopios hacia un mismo punto fijo. La lluvia de estrellas había comenzado hacían instantes.

Y cuando los dos miramos al cielo, le agarré la mano y abrí mi corazón.

— No sé si estoy enamorada de vos. Pero si se que lo que siento es más que una amistad. Te quiero Emi. Siempre te he querido. Pero nunca quise arruinar tu relación ni nada, por eso no me daba para hablar con vos así como lo estoy haciendo ahora, y…

No terminé de decir lo que estaba diciendo que, sin pensarlo, me dio un beso en la boca.

Y la sensación era mucho mejor a la que yo había imaginado en mi sueño, porque era real. Los dos teníamos algo de aliento a cerveza, pero sus labios eran cálidos y su pelo enrulado que le caía a un costado de la cabeza era suave. Sentí que nada, fuera de ese momento importaba.

Nos miramos a los ojos. Sonreímos. Y no pudimos evitar besarnos otra vez, y ahora más despacio, saboreando todo, sintiendo todo.

— ¿Qué vamos a hacer ahora Emi?— Le pregunté.

— La verdad que no tengo idea. Pero morocha, yo ya no me voy a volver a equivocar con vos. Ya no te dejo más.

De pronto sentí que las cosas con él se habían dado cuando se tenían que dar. Ni antes ni después. No sé lo que sería de nosotros. Pero si estaba segura de una cosa. Ya no nos separaríamos más.