A la ciudad y al mundo | Parte 12

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Segunda parte

Capítulo veintitrés

Rafael tiene los pies sumergidos en una palangana enlozada de color celeste y la salmuera tibia de a poco le devuelve la paz en su departamento del tercer piso del Palacio Apostólico.

La de su entronización, ha sido una larga jornada: alrededor de las diez de la mañana, rezó frente a la tumba de Pedro junto a los patriarcas de las iglesias orientales, luego encabezó la procesión desde la Basílica hasta el sagrario de la Plaza de San Pedro, donde, más de un centenar de delegaciones de todo el mundo y cientos de miles de personas lo esperaban. En el instante que ingresó, el sonido del órgano con el primer acorde del Laudaes Regiae lo hizo sonreír de la misma forma en que lo hacía cuando a los siete o a los ocho y a los nueve años buscaba congraciarse con la nona Antonella a causa de alguna de sus travesuras al mando del grupo de niños que encabezaba y que lo hubieran seguido descalzos hasta la cima del Aconcagua si se los hubiera pedido.

El evangelio se leyó en latín y en griego, tras lo cual el Cardenal Protodiacono Jorge Arturo Molina Pérez, el mismo que siete días antes anunció al mundo que ya había un nuevo Papa, realizó la imposición del palio. Acto seguido el Vicedecano del Sacro Colegio Cardenalicio, el Cardenal Ángelo Sadano, le entregó el anillo del pescador. El ritual marca que está ceremonia sea oficiada por el Decano del Colegio de Cardenales, cargo que ocupaba el nuevo vicario de Cristo, motivo por el cual el privilegio recayó en el Cardenal italiano.

Al finalizar la misa, Rafael recitó la Regina Coeli, y más tarde recorrió a pie la plaza, poniendo en dificultades a la Guardia Suiza cuando un niño de unos cinco o seis años que vestía una camiseta de la selección de futbol brasileña se escapó de la mano de su madre, una esbelta mulata de cabello motoso y dueña de una sonrisa que quedaría inmortalizada en las imágenes que iban a dar la vuelta al mundo cuando el Santo Padre izó al niño hasta sus hombros y convirtiéndose en ese momento en un caballo blanco galopó unos metros y hasta se permitió un sonoro relincho para delicia del mundo entero.

Por último pasadas las tres de la tarde mantuvo un breve contacto con cada una de las delegaciones extranjeras que visitaban la ciudad Estado del Vaticano.

El Sumo Pontífice había hecho instalar en sus aposentos un moderno sistema de audio y otro para reproducir películas en formato digital. Por los parlantes se escapaba el áspero sonido del saxo tenor de Leandro «Gato» Barbieri, interpretando: Europa, cuando unos breves, pero contundentes golpes en la puerta, lo interrumpieron.

—Adelante —dijo el Papa.

—Disculpe, Su Santidad —Se excusó su ayudante de cámara.

—No hay problema, Carlo ¿Qué pasa?

—Ya está aquí, Su Santidad.

—Que pase y que nadie nos moleste —ordenó Rafael— Por nada del mundo, Carlo.

—Pierda cuidado, Su Santidad —declaró el fiel asistente.

La persona que el Santo Padre esperaba era una mujer. Tenía cuarenta y cinco años, cinco menos que él. Llevaba el cabello castaño claro, suelto y largo hasta los hombros. Sus ojos eran grises muy semejantes a las nubes de tormenta. Lucía un traje sastre azul y unos zapatos negros de taco bajo. Una cadena de plata con un crucifijo le rodeaba el delgado cuello. Las manos no mostraban anillos ni pulseras, tampoco usaba reloj.

Todos los relojes de Roma murieron en el momento en el que se abrazaron como buscado fundirse el uno en el otro, se besaron sin prolijidad, se reconocieron con ansias hambrientas y lloraron en silencio.

—Bienvenida a tu casa, amor mío —declaró Rafael sin disimular su felicidad.

—Tal parece que al fin llegaron los buenos tiempos.

—Eso parece…, eso parece, mi adorada Amelia.

La pareja volvió a abrazarse y así permaneció por largos tres minutos.

Capítulo veinticuatro

Es invierno en Europa. Son los últimos días de febrero. La plaza de San Pedro está colmada de turistas y peregrinos. La familia Ferrara acaba de completar una estancia de tres meses en Sicilia, como lo hacen cada año desde que Vicente, hoy padre de dos hijos y obediente marido, cumpliera cuatro años.

En está ocasión y buscando hacer realidad un sueño de Rafael, quien celebra su cumpleaños número diez, han realizado una escala en el Vaticano.

Natalia, la hermosa niña de siete años cuyos cabellos rojos no pasan inadvertidos en ninguna parte, se divierte saltando de un lado a otro la línea blanca que atraviesa la plaza y marca la frontera entre el país más pequeño del mundo y la República de Italia.

A diferencia de su hermana, Rafael no disfruta el moverse demasiado. Prefiere dedicarse a observar todo lo que lo rodea. Está fascinado con la cúpula de la basílica y también con las figuras de los santos, ciento cuarenta en total como descubrirá tras una minuciosa suma, que cual centinelas observan y esperan en lo alto de la edificación. Sus ojos oscuros iguales a los de su abuela, no dejan de abrirse más allá de las posibilidades, ante cada nuevo personaje que descubre entre la multitud de gente que viene y va.

Es domingo, por eso varios sacerdotes recorren palmo a palmo la plaza ofreciendo a los fieles la posibilidad de comulgar. Pronto el Santo Padre se asomará por la ventana para dar la bendición a las miles de almas reunidas en la plaza. Mientras mantiene la vista clavada en la ventana del tercer piso del Palacio Apostólico, recita para la familia lo que sabe, gracias a su pasión por la historia y a su bella maestra, la señorita Irma, sobre Pablo VI.

—Su nombre es Giovanni Battista Montini —dice con mucha ceremonia—, nació en Concesio a fines de septiembre de 1897. En Roma se licenció en derecho civil y canónico, teología y filosofía. Se ordenó sacerdote en 1920, adora las novelas de Agatha Christie.

Él lee mucho, aunque no se muere por los policiales, prefiere a Emilio Salgari, Julio Verne, pero por sobre todo disfruta con los relatos de su abuelo sobre los hechos protagonizados por seres a los que llama: hombres de respeto.

—El Papa Pablo VI es conocido como, el Papa viajero, —continua contando sólo para los oídos de sus padres. Natalia salta y salta a unos cuantos metros de ellos—; por sus múltiples visitas a lugares como Estados Unidos, Colombia, India, Suiza, Portugal, Filipinas, Turquía y Uganda —Enumeraba estos países que había memorizado, lo mismo que la tabla del nueve, cuando se dejó ver la blanca figura del vicario de Cristo número doscientos sesenta y uno. La plaza al unísono, volvió la mirada hacia él.

Rafael contempla la escena y a pesar de su corta edad, se da cuenta que ese hombre, casi tan viejo como el abuelo Cosme, es también un hombre de respeto. Todo lo que él representaba lo impulsó diez años después a ingresar al seminario y tras cuatro años de estudios ser ordenado sacerdote.

El 5 de enero de 1979, Rafael Ferrara es ordenado sacerdote en la Catedral de Loreto. Ninguno de sus familiares asiste a la ceremonia. No lo harán tampoco cuando sea coronado Rafael.

El flamante clérigo de veinticuatro años festeja su nueva profesión, haciendo el amor con Amelia durante la tarde entera. El departamento que comparten sólo para estás ocasiones es luminoso y con pocos muebles. Es un ambiente no muy grande, que ha sido salomónicamente dividido por un ropero en cuyas espaldas descansan algunos paisajes de la radiante Sicilia. Cuenta además con una cocina, en la que tres personas no podrían moverse sin tener dificultades.

Rafael sale de la cocina. Trae dos vasos con cerveza. Ostenta una desnudez total. Tiene el aspecto de un atleta olímpico, con el cabello negro, mojado y revuelto.

—Qué cara pensativa —comenta sonriendo el joven cura.

—Me estaba acordando de la vez que te vi, después de tanto tiempo, cuando pasó lo de mamá —Amelia se sienta en la cama y estira el brazo derecho para recibir el vaso que se le ofrece.

—Fue un día triste para todos. Yo la quería mucho.

—Para ella eras un hijo más —Amelia tomó un largo trago de la bebida, no pasea su piel con la misma soltura que su amante, el sacerdote y busca algo para cubrirse.

— ¿Te acordás lo que me hiciste reír, cuando estamos de vuelta en tu casa —La chica se abotona una blusa blanca— No podía creer reírme así, con lo triste que estaba.

—Vos ya sabés que la que sabe saltar es Natalia.

—Estabas tapado de barro de pies a cabeza. Como para no morirse de risa con tu cara.

—Es lo que siempre me pasa cuando intento impresionar a una niña triste —Apoyó el vaso sobre la mesa cerca de la cama y se agachó para fresarle la frente.

—Nada más a vos se te podía ocurrir, dártelas de equilibrista en semejante pantano que se había armado.

—Hacía boludeces intentando que te olvidaras, aunque sea por un rato de lo que pasaba.

—Lo conseguiste, quedáte tranquilo. —le rodeó el cuello con los brazos, para poder estamparle un sonoro beso en la boca.

Están de nuevo en la cama. Ella juega con el cabello de él.

—Ahora ¿Qué? —pregunta sin dejar de mover los dedos dentro de la espesa mata.

—Hasta el Vaticano, no pienso parar.

—No me jodás. Estoy hablando en serio.

—Y te creés que yo no —respondió con severidad— Acaso no sabés lo mucho que me ha gustado desde siempre esa ciudad.

—Entonces, te lo pregunto de nuevo. ¿Y ahora, qué?

— ¿Estás segura? Mirá que si entrás no vas a poder salir —la previno Rafael Ferrara con la misma seriedad.

—Cuando me hablás así, —dijo Amelia frunciendo el seño— no sé si sos o te hacés el boludo. Estoy adentro desde antes de nacer —la muchacha no estaba todo lo furiosa que intentaba demostrar. Sabía que si Rafael no le contaba todo, lo hacía por su protección.

El futuro Papa se sentó en la cama apoyando la espalda en la cabecera. Le habló de las investigaciones que había realizado sobre la organización de la Iglesia Católica. Le contó que las familias mafiosas se estructuraban de manera muy similar. Por último le relató la reunión en la que también había participado Sergio Galeazzi, su padre, dónde se discutió el plan que Rafael había ideado para que la familia Ferrara se convirtiera en la cabeza de una organización mundial, que ni el propio Salvatore Lucania, más popular por su seudónimo de Charlie Luciano, padre de la Cosa Nostra, podría haber imaginado nunca.

Continuará…