Trapisonda

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Para Celeste

En la entrada de la estancia se encontraron los ejércitos. Retirándose entre gritos y disparos, dejaron detrás de sí un campo de uniformes pisoteados. Y apurados, olvidaron a un hombre que todavía se mantenía de pie: un montonero, Abelardo.

Hastiado por la ofensa, arrojó el rifle e inspeccionó la estancia buscando otra alma varada. Pero solo encontró el rechazo de puertas abiertas y pasillos vacíos. Al salir, el atardecer se mantenía como un incendio, y entre la miseria se alzaba el trapo rojo y negro de su bandera. La sacó de esa mugre y partió hacia su campamento, previendo que a la izquierda de la alameda se encontraría el sur. Era su tela, la de su provincia y la de las palabras bonitas. Era lo correcto, lo que tenía que hacer.

La noche lo envolvió sin demora. Caminó entre huellas sin pies y sombras sin rostro, a veces a los tumbos, hasta que el chistar de una lengua lenta se convirtió en un manojo de palmas golpeándose con dureza. Caballos-pensó Abelardo. Se arrojó al suelo abrazando el mástil, que aprovechó el barro levantado para clavarse nuevamente, dejándolos unidos en un incómodo abrazo. Quiso desprenderse de ella, pero las cuajadas pisadas parecían acariciarle las sienes.Apretó los dientes y se encomendó a la María.

Pero los cascos siguieron de largo y exhaló un suspiro que le quemó como un grito. Los pies dejaron las suelas chiclosas y rozaron la suave loza de la estancia. Escuchó voces, el ir y venir de puertas y el retorno como un repiquetear del metal contra la arpillera.

Sin confiarse de la noche mantuvo posición, y ya acostumbrado a su presencia pudo distinguirles. Eran tres soldados, y por lo profundo de su sombra, vestían uniformes unitarios. Imploró por su ignorancia, pero la bandera lo delató. Uno de ellos le dió una patada en las costillas, pero Abelardo se mantuvo como un montón de tierra mezclada con harapos. Para su horror, el salvaje se arrodilló sobre él, buscando algún morral.

Lo único que tiene ése son gusanos-dijo uno de los acompañantes.

Me congtento con eto– respondió al estirar la tela de la bandera y hacerla rebotar como tambor. El gangoso acercó su antorcha al borde rojo pero algo lo detuvo antes de encender la vela.

No lo voy a degar, repetía. Vas a dejar tranquilo al caído– era la tercera voz, hasta ese momento silenciosa pero no menos poderosa. El gangoso se contentó con un último escupitajo a la tierra que confundió con la cara de Abelardo. Los tres soldados lo rodearon. Ya no se encuentran hombres así– exclamó.

El segundo hombre preguntó: ¿Qué tenes en mente, Jonás?

Degémolo, que se pudra-Pero no les gustó la idea-Cállate, badulaque– y el gangoso gimió como rata. La voz de Jonás pidió paciencia hasta que aclaró- Todo el que ha podido, ha escapado, pero él se mantuvo en guardia hasta su última bala. ¿Te acordás de la rima, Giménez? Al que lleva la tela, el domingo le velan: una pena que porte ese uniforme.

Sin poder resistirlo, Abelardo abrió los ojos por un instante; un par de botas, un fusible, una bolsa recostada como un borracho. Jonás sostenía una antorcha de niebla amarilla: Este hombre merece ser honrado.

Hay órdenes de volver con los documentos-proclamó la voz de Giménez. Jonás se levantó con fuerza y pateó la bolsa. ¿Y qué es esto?

Es tanto tuyo como mío- continuó Giménez– Además, el obispo se comprometió a enviar una compañía para encargarse de la inhumación.

Jonás pateó la bolsa hasta hacerle escupir algunas copas, platos, y demasiados tenedores de plata: Con este calor, va a terminar como cera derretida para cuando el sol salga.

Los tres hombres llevaron su conversación a otro lado. Le dejaron con susurros y el botín a su lado. Salvajes, sátrapas y ladrones-pensó Abelardo, que afiebraba por el cansancio y los nervios.

Algo se clavó con fuerza en el suelo, demasiado pesado para ser un sable. De nuevo otra estocada, y un poco de arenisca le pellizcó la mejilla.

Iban a enterrarlo. Se sacudió en viejas plegarias: María no me dejes así…

Seguí vos-  Jonás dejó la pala con jadeos. El gangoso se aburrió y silbó melodías siguiendo el ritmo de las paladas. Basta, Facundo, ordenó Jonás. Levantaron a Jonás por los pies y las manos. Nadie notó su respiración por el enorme poncho que cargaba, y cuando lo arrojaron, Abelardo retuvo el gemido de una piedra que le fisuró una costilla. Aí ta, mego– y el gangoso comenzó a levantar las cosas mientras sus compañeros se encargaban del entierro.

Abelardo sintió un temblor en la base de la mandíbula. María que te juro que es la última, Viejita esperame un día más, que salgo de acá y te voy a buscar. Sucumbió al delirio, dejándose llevar hasta la iglesia de su pueblo, donde la María los miraba a todos con un plato de ofrendas a sus pies. Cuando volvió en sí, tomó el valor de abrir los ojos: su esperanza era que el agujero fuera pequeño y la huida sencilla. Pero los tres hombres pusieron arrojo en su tarea; parecían lejanos y sin rostro. María,¿Qué te hice?

Arropado sobre el vientre del mundo pensó en su madre como lo hacía antes de entrar en batalla.Voy a volver, vieja, salgo de acá y te voy a buscar; es la última. Cada palada lo mecía como un barco. Moriría ahogado y sin tiempo para prodigios o promesas rotas. Volvió a la iglesia, y el plato rebosaba del maíz seco de los indios, negro y amarillo como el diente de un viejo. La María le miraba sin niño en los brazos. María, ¿Qué me has hecho?

Jonás se arrodilló sobre a la entrada del túnel. Vamos Gonás– rezongó Facundo- Gonás, dégalo al muerto. Sin prestarle atención, Jonás arrojó al hoyo dos monedas doradas, medallas de alguna batalla lejana. El frió le hizo temblar mientras se disolvía en la espuma de un océano negro. Abelardo reconoció el gesto y lo agradeció: Chau Jonás, chau vieja. María…

Rodearon el sepulcro y extendieron la bandera sobre él. Y allí fue donde Abelardo descubrió un fusil colgando sobre el borde del agujero como un dedo.Su cuerpo obedeció a un calor tieso y ligero. El milagro había llegado.

¡GONÁS!-gritó el gangoso, pero ya era demasiado tarde; Abelardo se aferró al fusil y el cañón se atoró contra el maltrecho trapo. Por favor, perdón y gracias, María, se repitió así mismo.

¡Bang!. Todos se llevaron las manos al pecho. En el suelo, la bandera sostenía un hueco como el nuevo sol de su emblema. Había fallado.

Abelardo continuó con los gritos y golpeó a Giménez en el pecho con la culata. Salió de las fauces y corrió desprendiéndose de su uniforme, pesado por el barro. Desnudo y a los brincos como un ñandú, se agotó con rapidez. Supo que la distancia le era imposible. Entre él y la fosa apenas había sitio para unos instantes más. Disfrutó de cada respiración, convencido que no tardarían en rodearle. Alzó los brazos y bajó la cabeza. Esperó el disparo eterno.

Pero a su espalda, los tres hombres comenzaron a reír. Primero nerviosamente, hasta desencajarse en una carcajada más profunda y burlona. Años más tarde, en todo el regimiento se narraba la historia del muerto que casi escapó de su tumba.

L’Oublié! (Traducción: Los olvidados) de Emile Betsellère, París, 1872.