A la ciudad y al mundo | Parte 13

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Capítulo veinticinco

En el preciso momento en que Enzo y su hermano menor Vicente terminaban la segunda taza de café, acompañado por tortitas con chicharrones, en la cocina en la que siempre había una radio encendida, el mundo se enteraba de la muerte de John Fitzgerald Kennedy en la ciudad de Dallas. Los hermanos no le prestaron la menor atención ocupados en el disfrute que les provocaba lo que su madre les había servido sobre la misma mesa en la que desayunaran cada mañana cuando eran niños.

Bruno Galeazzi, el abuelo de Amelia, entró a la cocina.

—El patrón los recibirá ahora —anunció.

La habitación que Cosme Ferrara usaba como centro de operaciones no poseía ventanas, pero sí un moderno sistema de aire acondicionado. El piso entablonado con madera de eucalipto estaba lustrado y las paredes que no se hallaban detrás de estantes repletos de libros, una pasión que El Patrón inició cuando los negocios familiares se encausaron, mostraban un suave tono pastel. Al igual que aquel enigmático primer adversario, Cosme gustaba de la iluminación que proporcionaban las lámparas de pie que había ubicado en los cuatro alejados rincones de la estancia.

—Pasen, hijos. Adelante —Los invitó el dueño de casa cuando Bruno llamó a la puerta.

Enzo, el mayor de cuarenta y cuatro años, es bastante alto para ser un hijo de la calurosa isla. En el último año ha perdido algo de cabello, asunto que no le preocupa, porque ya ha decidido afeitarse la cabeza como lo hace su actor preferido, Telly Savalas.

Vicente, ocho años menor, es tan corpulento como lo será su primogénito. El abundante cabello negro es uno de sus rasgos más sicilianos. De la madre ha heredado la oscuridad en los ojos.

Los dos hermanos poseen facciones muy similares. Ambos son parecidos al padre, aunque el color de los ojos es diferente en cada uno de ellos. Enzo ha heredado de algún lejano y desconocido antepasado, unos ojos que recuerdan el color de las almendras y le confieren un aire bondadoso, que posee, pero que entrega a contadas personas, en contadas dosis.

Los herederos del imperio saludaron a su padre con un beso. No se veían desde hacía varios días. Nadie que lo hubiera visto con su pantalón de sarga gris, los pulidos zapatos hechos a su medida por un artesano italiano, que en pocos años más sería reclamado por las estrellas de Hollywood, y la fina camisa de seda rosa pálido, podría haber ni siquiera sospechado que en poco menos de un mes celebraría setenta cumpleaños.

—Es muy bueno verlos, hijos. No he querido hacerlos esperar, pero tenía algunos asuntos que atender con Bruno —Se disculpó, al tiempo que señalaba los mullidos sillones en los que de niños sus hijos habían montado, como si de caballos se tratara, infinidad de veces.

No te hagás problema papá. Nos entretuvimos con el café y las tortitas de mamá —declaró Vicente.

—Me imagino…, claro que me lo imagino.

Cosme encendió un cigarrillo y fue a ubicarse tras el escritorio. El mismo que Alí Ben Kadar tuviera en su despacho y que el doctor Sayavedra, le enviara como regalo cuando inauguró su casa en El Challao.

—Ustedes saben, hijos, que nuestra familia a diferencia de otras —comenzó diciendo Cosme—, no tuvo nunca entre sus prioridades convertir los negocios en actividades legales. No hemos adquirido bancos, tampoco cadenas de hoteles y monstruosos supermercados. Mucho menos aun, esta familia ha realizado donaciones para que se edifiquen hospitales, escuelas o bibliotecas.

El patrón hizo una pausa para encender otro cigarrillo que tampoco llegaría a fumar.

—Tanto uno como el otro —dijo mirando primero a Enzo y luego a Vicente— han tomado parte en las operaciones y se han ensuciado con la sangre de aquellos que nos desafiaron. Nos hemos dedicado con mucho éxito a ganar dinero. Creo y por eso los he llamado, que es hora de dar un golpe de timón.

—No entiendo, papá ¿A qué te referís? —quiso saber Enzo.

—Me refiero a que he pensado en retirarme. Por tal motivo he decidido dividir el negocio a la mitad.

Ésta vez le tocó a Vicente formular la pregunta.

—¿Cuál es mi mitad?

—Ninguna —Fue la seca respuesta que obtuvo.

Los dos hermanos se miraron y un segundo después las carcajadas inundaron la habitación.

—Dále papá. Dejáte de joder —dijo Vicente, todavía con la boca llena de risa.

Sus hijos y nadie más se hubieran atrevido a hablarle en esos términos. El Patrón lo permitía en privado, jamás en público.

—Voy a explicarles —dijo poniéndose de pie y caminando como animal de zoológico de un lado para otro—: el contrabando pasará a manos de Bruno, las apuestas serán para Juliana y su madre.

—Y a nosotros que nos parta un rayo —exclamó Enzo cerca del grito.

—No sé cuando vas a empezar a ser paciente, Enzo —el padre se detuvo otra vez para dedicarse a encender un tercer cigarrillo—. Te juro por lo que más quieras, que no lo sé. En dos cuentas bancarias una a nombre de Pedro y la otra de Pablo Jiménez, le he acreditado dos millones de dólares a cada uno. Espero que esa cantidad les sirva para comenzar su propio negocio. Si precisan algún consejo, saben dónde encontrarme.

Usando los contactos del patriarca lograron concertar una reunión con los amos del mundo de la cocaína en Colombia. Tanto los señores de Calí, como los de Medellín admiraban y respetaban el apellido Ferrara. Fue debido a ese respeto y admiración que Enzo y Vicente consiguieron romper el cerco que los separaba de tales peces gordos para quedar frente a frente con Carlos Ledher Rivas, Pablo Escobar, los hermanos Ochoa Vásquez y los hermanos Rodríguez Orejuela.

La distribución se realizó a través de una frase que se convertiría en algo tan popular como el dulce de leche y que llegó a aparecer hasta en letras de canciones: «el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo.»

En un año las ventas se habían duplicado. Los jefes colombianos no tenían más que agradecimiento para con la estirpe Ferrara.

Capítulo veintiséis

En una de las tantas reuniones que tenían lugar en la casa para celebrar nacimientos, bautismos, cumpleaños o casamientos, el hijo varón de Vicente Ferrara solicitó ser escuchado por la plana mayor de la familia. El poder absoluto e indiscutible que poseía el abuelo Cosme se había distribuido entre sus hijos y el ahora consejero, a quien los italianos nombraban consiglieri de la organización, Sergio Galeazzi.

—¿Qué decís? ¿Te volviste loco? —rugió Vicente.

—Estoy seguro de poder lograrlo. Lo único que les pido es que me den su voto de confianza.

Rafael permanecía sentado igual que su tío y Sergio. Vicente caminaba por la habitación.

— Pero ¿Y tu vida? ¿Qué va a pasar con Amelia? —intervino Sergio Galeazzi.

— Ella lo va a entender. No le va ser fácil, pero la conozco, sé lo que me quiere y… lo va a entender.

— Yo te apoyo, sobrino —declaró Enzo—. Sos un tipo inteligente y aparte acordémonos de lo que dicen, Roma no se hizo en un día.

Rafael sonrió, uno adentro y faltan dos, se dijo.

—En caso de que lo hagamos ¿Por dónde empezamos? —inquirió Vicente— Y lo más bravo, tenemos que ver cómo se lo decimos a tu madre.

—Lo que tengo pensado es hablar antes que nada con Natalia —anunció Rafael—. Su ayuda es fundamental para que la cosa marche. Además cuento con la flaca para que juntos encaremos a mamá. Ustedes déjenlo todo en nuestras manos.

—Me imagino que sabés que es muy posible que ninguno de nosotros, —Sergio hizo un gesto que abarcaba a los tres hombres que conformaban el auditorio de Rafael —pueda llegar a ver el final de la película.

—Es posible, muy posible que así sea—reconoció Rafael—. Pero sus nietos lo van a poder disfrutar, eso se los prometo.

— ¿Qué nietos? —se burló Vicente.

—No te habrás tomado a pecho eso de los curas y el celibato, espero —ironizó el nieto de Cosme Ferrara.

— Che pelotudo, tené ojo con la nena que te mato ¡eh! —Saltó de su silla Sergio.

—Dormí tranquilo, que todavía no van a ser ni abuelos ni tíos abuelos. Nada más van a ser mucho más ricos y poderosos.

Rafael presentó su proyecto, para que después de dos largas horas, muchos cigarrillos y cuatro botellas de vino tinto más una montaña de sándwiches de miga, el triunvirato levantara los pulgares aprobando la operación que llevaría a un Ferrara a la Ciudad de los Papas.

—En el nombre del padre, —dijo y señaló al suyo— el hijo, —se tocó el pecho— y el Espíritu Santo —alargó los brazos con las palmas hacia arriba, mientras apuntaba a Sergio y a Enzo.

Todos se rieron y un rato después habían vuelto a la fiesta.

Continuará…