A la ciudad y al mundo | Parte 14

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Capítulo veintisiete

Ningún hombre o mujer que hubiera tenido trato con la hermana menor de Rafael podría haber afirmado que cumplía con los cánones de hermosura usuales. Sin embargo, ningún hombre o mujer que compartió tiempo con ella, por poco que fuera, pudo olvidarla. Entre ese grupo no fueron escasas las mentes que se detuvieron a imaginar cómo sería pasar el resto de sus vidas con una mujer así.

El futuro amo y señor de la Iglesia de Roma, conocía de sobra el magnetismo de su hermana y no dudó en usarlo en su beneficio.

Obedeciendo, sin una sombra de duda a los pedidos de Rafael, la cautivante pelirroja emprendió un peregrinaje a la largo y a lo ancho del planeta.

Ese viaje la llevó a lugares que ya conocía como las ciudades de Los Ángeles, Nueva York o Miami, y a otros que nunca había pisado en América tales como México y Colombia. En Europa visitó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, un sitio que de inmediato detestó debido a su aversión por el frío. También le tocó recorrer su adorada Italia, pasando una breve y feliz temporada en Erice, donde repasó sus amores adolescentes con Carlo, un primo que supo amarla como nadie y que la esperó con la paciencia de Florentino Ariza, siempre con un vaso de vino, algo de queso y un lecho tibio, y sin dejar nunca de alimentar la esperanza de que un día cualquiera llegaría para quedarse.

Un mes de besos y caricias a toda hora le dejaron la piel feliz. El sol se la volvió del color del ron. Su corazón galopante no pudo huir de la desdicha de saber que el tiempo de continuar la travesía les mordía el alma con la impiedad que suelen tener los relojes.

— Quisiera no tener que dejarte —dijo Natalia con la espalda apoyada sobre el viejo olivo en el que tantos años antes, Carlo grabara sus iniciales—, pero el deber me llama y ya sabés como es eso.

Carlo la miraba y acariciaba las llamas de su cabello.

— ¿Cuándo nos volveremos a ver? —preguntó.

— Cuando me vayás a visitar a Mendoza.

— Aunque me encantaría —reconoció el hábil amante—. Es imposible, al menos, lo es por ahora.

— Sí, ya sé…, ya sé. Soñaba, nada más.

— ¿A dónde vas, ahora?

— Todavía tengo que reunirme con la gente de China y Japón, en Tokio. Por último debo ir a Pakistán e Irán; con los rusos está todo en orden.

—Voy a esperar noticias. Escribe pronto.

— No vas a terminar de leer una carta que ya estarás recibiendo otra, te lo juro —prometió antes de besarlo con pasión.

El beso fue largo. Según la sangre se los reclamaba vivieron horas de exploración con sabor a despedida.

Al día siguiente la muchacha emprendió el resto del camino.

Los emperadores del delito se avenían a recibirla por dos razones de peso. La primera se sustentaba en lo poco conveniente que podía resultar haber desairado a un emisario de la familia Ferrara. La segunda, la que a fin de cuentas más importaba, era que habría que haber estado loco para decirle no a la voluptuosa exuberancia que ostentaba la consentida de Vicente Ferrara.

Natalia consumía una hora del tiempo de esos hombres. En sesenta minutos exponía en líneas generales el proyecto, pero sin ofrecer detalles en exceso. Los mafiosos fuera cual fuera su nacionalidad, terminaban con los ojos rebosantes de incredulidad, como si estuviesen viendo por televisión una de esas historias en donde un grupo de extraterrestres han elaborado un plan maestro con intenciones de esclavizar a la raza humana. Las palabras finales de la disertación siempre eran:

—Un año después de que mi hermano sea coronado, recibirá un mensaje por correo electrónico en cuyo asunto dirá: Urbi et Orbi, en casa en cinco días.

Capítulo veintiocho

Rafael paseaba por los jardines del palacio de Castel Gandolfo, la brisa sobre la cara, lo ayudaba a pensar. Caminó y pensó en Natalia. Consultó el Rolex Date Day que le regalara su abuelo cuando fue ordenado sacerdote, para estás horas ya estaría en Brasil.

Suponiendo que todo se desarrollara según lo estipulado, en seis meses podría dar la bienvenida a los dueños del crimen de todas las naciones. Sus pensamientos se trasladaron rápido a lo que consideraba un importante obstáculo para sortear: el servicio secreto papal.

Si pretendía que todos los clanes lo apoyaran, era necesario que ninguna piedra estuviera metida dentro de las sandalias del pescador.

La Entidad, antes llamada la Santa Alianza, era el departamento de espionaje del Vaticano. El contraespionaje estaba a cargo del Sodalitium Pianum, que significaba Asociación de Pío. El primer organismo se creó en el siglo XVI. El Papa Pío V buscaba contar con una fuerza capaz de luchar contra el protestantismo representado por Isabel I de Inglaterra. El servicio de contraespionaje debe su origen a Pío X, quien lo fundó a comienzos del siglo XX. El objetivo de la Asociación de Pío era claro, debía operar muros adentro de la Santa Sede.

Como no podía ser de otra manera el recorrido de las cavilaciones del Santo Padre se estrelló con el recuerdo de la persona que tenía el poder de hacer peligrar el sueño al que le había dedicado toda su vida adulta: el cardenal Rodríguez.

 

Sebastián Rodríguez ingresó en la orden fundada por Ignacio de Loyola, a los veinticinco años. Aún no se cumplían sus primeros trescientos sesenta y cinco días como miembro, cuando el jesuita argentino fue reclutado por el Padre General de la Compañía para engrosar las filas de la Santa Alianza.

Desde que Karol Wojtyla ocupara la silla de Pedro, los servicios de espionaje y contraespionaje tuvieron una sola cabeza.

El 7 de mayo de 1998 el Papa polaco aceptó, luego de varios intentos, la dimisión del cardenal italiano Luigi Poggi al frente de la inteligencia vaticana. Para cubrir la vacante Juan Pablo II eligió al argentino y acompañó el nombramiento con el cápelo cardenalicio en calidad de cardenal in pectore. Ésta medida tenía por objeto proteger al veterano espía, quien para todos seguía desempeñándose como Prelado de Honor de Su Santidad.

Una voz devolvió a Rafael a la realidad e interrumpió sus razonamientos.

—Está haciendo mucho frío, Su Santidad —dijo en alemán Sor Alejandra, la Madre Superiora de la Comunidad de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús encargada de asistirlo, junto con cuatro monjas polacas que habían estado veinticinco años con Juan Pablo II.

—Tiene toda la razón —respondió el Santo Padre en la misma lengua—. Lo mejor será volver.

Ambos recorrieron la pasarela cubierta que sirve para atravesar la calle que separa los jardines del edificio principal.

El sucesor de Juan Pablo II había basado toda su existencia en una frase que acuñara su abuelo que decía: el éxito y el fracaso no son fruto de la casualidad. En la persecución de tan preciado bien había investigado sobre cada cosa que supuso podría serle útil en el futuro.

Manteniendo la decisión tomada de no hacer modificaciones dentro de la Santa Sede, puesto que no creía justo sacrificar tiempo valioso en mover piezas, que de todas formas podrían ocasionarles trastornos de alguna índole. Se dedicó a investigar al director de los servicios de inteligencia, un problema tangible, que debía solucionar y cada instante perdido se podía convertir en un error fatal. Carlo estuvo en todo momento a su lado durante el tiempo que demandó la recolección de datos sobre el jesuita. Fueron noches interminables en que los hombres se internaron sin darse un respiro en las entrañas y el corazón de los archivos secretos de la ciudad.

En los expedientes que guardaban todo el accionar de los espías de Su Santidad, el descendiente de Cosme Ferrara halló un sendero por el que haría caminar al espía tan argentino como él o el dulce de leche. Un sendero que lo llevaría lejos, muy lejos de los huéspedes que pronto lo acompañarían. Un sendero en el que volvería a encontrar a Anatoly Sergéievich Krunoslav.

Continuará…