Juego Macabro | Primera Parte

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Decir amistad es decir entendimiento cabal, confianza rápida y larga memoria; es decir, fidelidad.
Gabriela Mistral.

Nadie nota los placeres sencillos que otorga la vida, de lo simple que es a corta edad y lo poco que, en consecuencia, se disfruta. Debido a esto, cuando llegamos a adultez, nos damos cuenta que no hay verdad más grande que la que se tiene en la infancia.

Con los años, llega la madurez, los problemas y las obligaciones, y en muchas ocasiones, se pierde el tiempo y energía en cosas que son completamente innecesarias, más cuando se es joven.

La vida es, en definitiva, un trecho tan corto que para muchos no llega a ser ni un camino. Este puede llegar a ser el caso de esta historia, de una joven que se encuentra caminando sobre un hilo entre la vida y la muerte, y dos amigas que, a pesar de sus diferencias, van a ser lo posible por salvarla.

Era una tarde de viernes, como cualquier otra; tres chicas, amigas de la más temprana infancia; se encontraban sentadas en unos de los bancos que formaban parte del patio de la escuela. Este era uno de esos casos donde la amistad llega ser un lazo tan fuerte que parece irrompible e inquebrantable.

Sofía, las más linda y pequeña del grupo, además de más ingenua e inocente, estaba sentada entre Antonella y Daiana. Las chicas oscilaban entre las edades de dieciséis y diecisietes años. Se encontraban en la cúspide de sus vidas, viendo el futuro como un horizonte que se puede alcanzar y moldear a su propio gusto, viendo como terminaban de crecer, de formarse, de madurar; y, además, viviendo a pleno su despertar sexual.

Tanto Daiana como Antonella ya habían tenido su primera relación con sus respectivos novios y se reían a carcajadas mientras que le contaban sus experiencias a Sofía, que pronto, probablemente, esa misma noche iba a perder la virginidad.

El recreo recién comenzaba y las adolescentes se disponían a beber yerbeado caliente para hacerle frente al tortuoso frio de mayo.

Antonella, las más alta y desarrollada para su corta edad, reía entre dientes mientras que relataba paso a paso su primer coito.

―¿Fue dulce? No es cierto ―preguntó Daiana que contenía la risa cubriéndose la boca con los dedos, no porque fuese gracioso, sino porque la situación la ponía nerviosa y le daba algo de vergüenza.

―Si, al principio le dije que lo hiciéramos con la luz apaga, porque mansa vergüenza, pero después no la podía embocar. ―El cometario vino acompañado de muchas risas por su espontaneidad―. Entonces prendió la luz y ahí se le puso re dura ―risas―, al principio me re dolió, pero me gustaba. Y después de un rato me dejó de doler, aunque cuando se movía más fuerte sentía que me lastimaba.

―¿Sangraste? ―cuestionó Sofía.

―Un poco, sí; pero no es la gran cosa. Después se te pasa y no te duele más cuando lo haces.

―¿Cuántas veces lo has hecho? ―Daiana no aguantaba la carcajada.

―Como diez veces ya, ¿vos?

―Yo cinco, me vas ganando. ―Las tres rieron al unísono y los chicos que jugaban en el patio o conversaban desviaron su atención hacia ellas que callaron inmediatamente.

―¿Y cómo fue tu primera vez, Dai? ―Todas lo sabían, pero valía la pena volver a oír la anécdota.

―También, fue algo así, pero más raro. Teníamos mansa calentura, habíamos apretado toda tarde, imagínate. Entonces, en la noche todos se fueron a dormir y yo le dije que no se fuera, que se acostara conmigo en la cama que hacía frio y que tenía miedo

―La ventaja de ser hija única ―acotó Antonella, mientras Daiana le devolvía una sonrisa.

―Sí, pero fue muy cortito, tenía miedo que mi papá se despertara. Pero igual fue re lindo, no sentí nada de dolor y no sangre. Al otro día fuimos a un telo y fue mejor, más tranquilo y más tierno. Cuando llegué le conté a mi vieja y se quería matar, pero lo entendió y me compró pastillas.

―Mi vieja me mata si se entera ―dijo Antonella

―La mía también ―secundó Sofía.

El recreo estaba por terminar y Sofía se reincorporó demostrando que algún día poseería una figura envidiable, ambas amigas se miraron y le tocaron la cola en broma, como tantas veces lo hicieron. Sofía rio con ellas, pero después de un segundo se sintió descompuesta. La vista se nubló y pudo sentir como su estómago se volvía débil, quería vomitar, pero las fuerzas para hacerlo la abandonaron, entonces, sin más, se desplomó.

Antonella y Daiana se abalanzaron sobre ella para ver que le había pasado, y gritaban pidiendo que por favor alguien las ayudase. Las chicas se quedaron consternadas en la escuela mientras que se llevaban a su mejor amiga al hospital. Durante lo que quedó de la tarde no pudieron hacer absolutamente nada. La preocupación las desbordaba, tanto así, que Daiana llamó a su papá para contarle lo que pasó y le pidió que por favor la llevase a ella y a Antonella al hospital cuando se retiran de la escuela.

Cuando llegaron al nosocomio, los padres de Sofía estaban en la entrada, desarmados, con los ojos rojos y con una pena que inundaba el alma de cualquiera que estuviese con ellos.

El padre de Daiana, Daniel, se imaginó la situación y se adelantó, ordenándoles a las chicas que se quedaran esperando más atrás. Se aproximó hasta la sala de espera y les habló a solas.

Antonella y Daiana no soportaron más y fueron al encuentro con los adultos.

―¿Qué pasa? ―preguntó Antonella enojada.

Daniel la miró a los ojos y desvió su atención a los padres de Sofía que asintieron dando una especie de permiso. El hombre de cuarenta años parecía envejecido, como si la noticia de la amiga de su hija lo golpeara directamente. No alcanzó a terminar de pronunciar la frase que Daiana y Antonella estaban llorando.

―Sofía tiene leucemia y su estado es delicado….

Continuará…

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