Crónica de la Luna detrás de los barrotes

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“Yo soy la proyección de la mentira en que vives. Júzgame y senténciame pero siempre estaré viviendo en ti.”
Charles Manson.

Sé que estoy enajenado, lo veo en mis ojos de insecto cuando me miro en un espejo. Sé que estoy piantao, piantao (Ésto se lee con cadencia de tango) Mis estados alterados de la conciencia están ocultos detrás de mi cara de nada, de mi antifaz de desidia.

La violencia me parece algo tan puro, tan cercano a Dios. Él, en su agresividad infinita, nos hizo a su imagen y semejanza,  si somos títeres de nuestra ira es porque somos su reflejo, entonces soy su más fiel servidor. Un segundo después algo cambia y pienso que Él no existe, que solo somos polvo cósmico, nada más que carne, huesos, ira, ligamentos y piel.

Vive en mi ese conflicto irresoluto, el de creer y no creer, el ser un pecador culpable que se golpea el pecho o solo ser un producto nihilista de la sociedad, siempre es bueno echarle la culpa a alguien.

No sé por qué escribo esto, no tiene nada que ver con lo que cuento, a veces me cuesta concentrarme, enfocar mis pensamientos.

El Concierto n° 2 de Brandenburgo siempre me produce una erección, es una de las pocas cosas que lo puede conseguir. Pero para gozar necesito de un último envión; requiero de un estertor ajeno, de olor a sangre. Necesito del dolor del otro, de sus gritos, de su agonía.

No sé cuando empezó eso. No sé por qué pasa eso.

En mi niñez descubrí que me gustaba matar gatos, lo hacía de muchas formas, despellejándolos, quemándolos. Hay muchas maneras de ultimar a un animal, tantas y tan divertidas, además me gustaba ver roto ese tópico discursivo de la ternura inherente que tiene una bola de pelos. Después, en la adolescencia, me divertía molestar a niños pequeños, lo que me causaba más gozo era apagarle fósforos en las mejillas y que ellos gritaran llamando a sus madres. La adrenalina que eso me causaba, el peligro, el rompimiento de las reglas y la posibilidad de que me atraparan me daban un placer extremo, me hacían eyacular sin tocarme siquiera. Aún lo hacen.

Era tímido en extremo, tartamudeaba y me costaba relacionarme con la gente, quizás soy eso,

un timorato que se disfraza de lobo.

También fui un fisgón, de esos que miran por las ventanas ajenas mientras se masturban. Eso lo hacía con mi vecina Doña Ana, la que vivía al lado de mi casa. Me subía a la medianera y la espiaba cuando salía de la ducha y se cambiaba frente al espejo.

Un día ella se dio cuenta de que la estaba observando, de que me masturbaba por ella. Gritó y se escuchó hasta el otro lado del mundo. Me metí abajo de mi cama y me quedé ahí por horas.

El marido de Doña Ana vino furioso a mi casa, a golpearme antes que a pedir explicaciones. Mi madre me defendió, le dijo que era imposible que yo hiciese algo por el estilo. Mi madre sabía que era verdad, que yo hacía esas cosas pero estaba en un estado de negación permanente. Pobre mi madre, siempre me defendió, y no entendió cuando la degollé. Lo supe por su mirada agónica, en su lengua laxa que murmuraba mi nombre. La enterré en el patio, junto a sus malvones. Nunca nadie se enteró. Nunca ninguna persona sospechó , solo dejaron de recordarla.

Unos años después conseguí un trabajo de cobrador de seguros en zonas rurales; mi recorrido era amplio y mis ganas de matar inconmensurables. Recorría varios departamentos en mi vehículo, haciendo mi trabajo y paralelamente buscando una víctima a la vera del camino, en una casa sola, en una parada de un micro que nunca pasaba. No entablaba ninguna relación con mi presa, no le hablaba, no la intentaba convencer de algo, solo actuaba. No le daba un segundo para que reaccionara, para que tuviera la idea estúpida de que podría sobrevivir.

Sin mediar palabra o gesto alguno le propinaba un fuerte golpe en la cara; siempre elegía mujeres de complexión física pequeña, de mirada alelada o con el alma quieta. El puñetazo que les daba las imbuía en una especie de shock, de terror que les impedía actuar. Las subía a mi auto, en el baúl, atadas de pies y manos y amordazadas.

En algún lugar ignoto, siempre al atardecer, usaba el cuchillo -el mismo que siempre usé. Le daba un corte en el estómago que no fuese letal pero que fuese irrefutáblemente intimidante, algo que marcase el preludio de mi sinfonía.

Trataba de que el tajo fuese lo suficientemente profundo como para que sus vísceras quedaran colgando ( las tripas siempre eran azules, el olor a mierda llenaba de inmediato el ambiente)

Luego llegaba el placer, las endorfinas estallaban en mi océano particular como fuegos artificiales, la libido entraba en pleamar. Entonces comenzaba mi verdadera obra. Las marcaba por todo el cuerpo, despacito pero con la suficiente presión como para que la sangre fluyera y cayera como lágrimas de estrellas. Las cortaba por todos lados, no dejaba una parte de su cuerpo sin marcar. Era como un mapa de mi locura. A medida que iban muriendo el gozo aumentaba, hasta llegar al paroxismo del semen derramado en mis pantalones.

Lo difícil era desligarse del cuerpo muerto, con una pala y con cal viva me adentraba en el campo, en algún paraje solitario y ahí concluía todo. Me imagino que los parientes, los amigos o alguien denunciaba la desaparición. Tiene que haber varias denuncias en la policía con esos tintes, pero nunca ningún agente del orden me paró. Nunca sospecharon de mi, nunca sospecharon de nadie. La ineficacia consabida de las autoridades, la poca perspicacia de los investigadores y la falta de interés de los familiares confabularon para que mis atrocidades quedaran impunes.

Perdí la cuenta de las que maté.

Me quedé sin trabajo y dejé de hacer esas cosas por un tiempo. Me refugié en mi casa, con el fantasma de mi madre que lloraba sin cesar. Eso duró un par de años.

Conseguí un nuevo empleo, de administrativo de última categoría, en una oficina de la calle Peltier.  Ahí la conocí a ella, la que desde ese momento habita en mis sueños con su mirada de jade tibio.

Nunca hasta ese instante había pensado tanto en alguien. Cuando sentí su perfume las ganas de dormir con ella fueron más fuertes que la sed, La miraba todo el tiempo, como respiraba, como se le marcaba el vestido en sus formas. Mi sexo hervía sin necesidad del  Concierto n° 2 de Brandenburgo o de un estertor flatulento. Una idea atravesó mis sienes. Debía ser mía, solo mía, solo mía, solo mía… Mio su pelo de algas, míos sus pechos, míos sus hombros desnudos, mío el reflejo del sol en sus pupilas. Era una sensación desconocida la que me embargaba, como una dulce miel que se arrastraba por mi estómago susurrando su nombre. No era solo la necesidad primordial de hacer un planisferio con surcos en su piel desnuda.

Un día hubo un temblor de tierra, fue un remezón de tierra lo suficientemente notorio como para hacer que todos huyeran. Azarosamente ella quedó en el último lugar en la fila que se formó para salir del lugar. No pensé, no lo pude hacer. El sigilo y la cautela con la que siempre me manejé se hicieron trizas. Entonces la tomé del cuello y la ahorqué con mis propias manos. Quedé ahí, agotado en el suelo junto a su cadáver. Con un clip para sujetar papeles comencé a hacerle arabescos en su cuerpo que se enfriaba, que se iba para el espacio exterior.

Se llamaba Ana, como mi vecina.

Ahora estoy en la calle Boulogne Sur Mer. Adopté una personalidad sumisa, todo el día hago de sirvienta de los otros presos, lavo su ropa, aseo el lugar y les cocino. Durante la noche soy su esclava sexual, su manual para sexo bondage. No saben con quién se han metido. En mis raros momentos solo voy haciendo una faca con un pedazo de metal que encontré, de a poco va tomando forma de cuchillo con filo de bisturí, pronto estará listo.

No será como con las mujeres en mis inicios, mi creatividad me pide otra cosa; los  que conviven conmigo en la celda van a morir decapitados. Tendrán el privilegio de verse a si mismo, con el poco oxígeno que quede en su cerebro, convulsionando antes de morir.

La veo a Ana libre, flotando en la noche. Me he empecinado en olvidarla, ella fue la causante de todos mis males, pero siempre está presente mirándome con un reproche silencioso.

Mientras los demás duermen yo afilo mi cuchillo y miro a la Luna detrás de los barrotes. Sonrío esperando mi momento, que pronto llegará.