Abel, ¿y el práctico?

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¿Cómo le digo a la profe que otra vez no pude terminar el trabajo práctico? No tengo excusa. Hace ya tiempo que se lo tenía que entregar. Dos semanas. La profe es buena y todavía me espera. Me lo va a volver a pedir, no se olvida, porque lo que tiene de linda lo tiene de insistidora. Apenas me vea va a arquear las cejas y a levantar la cabeza, como queriéndome decir que tenemos algo pendiente: ¡el puto trabajo práctico! Que ni me acuerdo de qué tema era. Creo que de la voz pasiva, o algo así, análisis de oraciones y no sé qué más. La estoy escuchando, después de tomar lista me va a llamar con esa vocecita suave que tiene: “Venga, Abel, acérquese”. Y cuando me acerque voy a oler su perfume, que no sé a qué huele, pero huele tan bien. Mi mamá no huele así, nunca, mi mamá huele a otra cosa. “¿Me entrega el trabajo?”. Y ahí, ¿qué le voy a decir? ¿Qué otra vez estuve descompuesto? No me va a creer. Eso mismo le dije la semana pasada, cuando vino el imbécil de mi papá a los gritos, siempre a los gritos. Hacía tres meses, más o menos, que no venía, y justo cae cuando tenía que hacer el práctico. Porque de verdad que me iba a poner a hacerlo, en serio, pero no pude, tuvo que venir él y fue imposible. Odio que venga. Cómo no se pierde allá en Lavalle, con esa otra mina que tiene y nos deja en paz a nosotros. Para qué lo queremos si nos podemos arreglar solos. Siempre que viene empieza como loco a revisar las alacenas buscando mercadería, y golpea las puertas, y se la agarra con todos, sobre todo con mi vieja, pobrecita. “¡Borracha de mierda!”, le grita. “¿Dónde está la comida? ¡Te gastás la plata que te doy en vino, hija de puta, y después no tienen para comer!”. Mis hermanitos se asustan mucho. El Uriel, el más chico, de inmediato se echa a llorar y corre a abrazar a mi mamá. El José se tapa los oídos y empieza a decir “¡basta, papi, basta!”. Y yo aprieto los dientes y me aguanto las ganas de partirle una silla por la espalda. Decí que todavía me lleva una cabeza, pero algún día voy a crecer, y ese día lo voy a matar, te juro que lo voy a matar.

Me da tanta pena mi mamá. El corazón me hace ¡crack! cuando la trata así, me falta el aire y se me hace un nudo en la garganta. No, no le puedo decir a mi profe que otra vez estuve descompuesto. Obvio que no me va a creer. Me va a mirar con los ojos entornados, y a inclinar la cabeza hacia un costado, y a mover los labios fruncidos de un lado al otro. Eso hace cuando no me cree. La conozco bien. Y se ve linda igual, eh. Es verdad cuando me dice, también cuando no me cree, “ay, Abel, nos conocemos muy bien”. No la culpo, últimamente le he dicho muchas mentiras. Es que decir la verdad me da vergüenza.

Y ahora qué le puedo inventar para que me crea. No se me ocurre nada. Tampoco le puedo decir que, justo todas estas tardes, mi mamá no se ha sentido bien, ha estado muy mareada, cuando camina se tambalea, la pobrecita, y me tocó ir a atender su negocio, ese que tiene en la vereda del Hospital Central. Que menos mal que fui porque, gracias a Diosito, vendí varias cosas. Hay que reponer encendedores, medias y repasadores. Por suerte me fue bastante bien y ayer pude comprar arroz, yerbiado, pan y polenta para llevar a mi casa. La manteca no la compré porque está muy cara. Así que mirá si me va a importar la voz pasiva, las oraciones y toda esa pelotudez que no sé para qué te sirve. Cuando llegué a la casa le mostré la compra a mi mamá. La pobrecita seguía descompuesta, recostada en el sillón. Me sonrió y me dio unos golpecitos en la cabeza. “Ese es mi Abelito”, me dijo y volvió a cerrar los ojos, y me hace sentir un grande. La sonrisa de mi mamá es todo lo que me importa, se ve tan linda cuando sonríe. Y cuando le llevo buenas notas de la escuela, levanta los brazos, se ríe y me abraza fuerte y me felicita y me dice que siga así, que tengo que estudiar, que tengo que ser alguien en la vida, que no vaya a ser como ella. Y ella es tan pero tan linda. ¡Cómo la quiero! No, no puedo decirle a la profe que tuve que trabajar, mi mamá me lo tiene prohibido, siempre me lo dice: “Que ni se te vaya a escapar, Abelito, porque la directora esa estirada que tenés, me va a denunciar y ahí sí que no sé que te hago, mirá, te reviento”. No, no puedo. Tengo que inventar algo, pero ¿qué? Tampoco le puedo decir que tengo tiempo de hacer el práctico hasta las seis y media de la tarde cuando oscurece, porque, para colmo, estamos sin luz en mi casa, y desde que se cayó una vela arriba de una silla de mimbre y según mi mamá casi se incendia la casa, no nos deja prender tantas velas, y además porque cuestan plata. Tenemos que aprovechar la luz del día, entonces a la siesta, les ayudo a mis hermanos con sus tareas. Porque ellos también tienen que ser alguien en la vida, para que, juntos los tres, podamos comprarle una casa más linda a mi mamá y salvarla. ¿Qué va a pensar la profe si le digo que no tenemos luz? No, me da mucha vergüenza.

Y ya estoy llegando a la escuela. Y todavía no sé qué le voy a decir. Entro al aula, esquivo un pedazo de tiza que el Cristián le tiró al Ignacio. Al rato llega la profe, nos saluda, toma lista. Cuando me nombra a mí, me mira, arquea las cejas y levanta la cabeza. Sí, ya sé, el práctico. Termina de nombrar al último y por supuesto, me llama.

—Venga, Abel, acérquese. —Yo me acerco, le huelo el perfume y por un instante me olvido para qué me llamó. —¿Me entrega el trabajo? —me dice con esos ojos dulces fijos en los míos.

—No me va a creer, profe, pero esta mañana a mi hermanito, el Uriel, el que tiene siete, se le cayó el yerbiado encima del práctico. —Y la profe entornó los ojos, torció la cabeza a un costado y movió los labios fruncidos de un lado al otro.