A la ciudad y al mundo | Parte 15

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Capítulo veintinueve

En el tercer piso de un edificio de nueve, que vigilaba a la plaza Dzerzhinsky, Yuri Vladimirovich Andropov: el Director General del Comité para la Seguridad del Estado de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, no tenía el mejor de sus días. Las enormes manchas oscuras que subrayaban sus pequeños ojos negros se amplificaban gracias a los cristales de los anteojos de marco metálico que usaba desde niño. No obedecía en lo más mínimo los consejos de su médico personal, el cual había cumplido repetidas veces con advertirle que si continuaba con esa conducta, no dudaría mucho más entre los vivos. Se equivocó, la cabeza de lo que la comunidad mundial de inteligencia llamaba: el centro, viviría diez años más todavía, visitando la tumba debido a una crisis diabética.

Con un esfuerzo similar al realizado por un atleta que levanta pesas, bebió la leche tibia que se enfriaba sobre el escritorio de cedro de su oficina. Antes de apoyar el por fin vaso vacio sobre el posa vasos de cuero con forma de hexágono, maldijo sus ulceras estomacales y de paso también a su médico personal.

El despacho se iba impregnando poco a poco del sol moscovita. Andropov se puso de pie y fue a pararse cerca de la ventana de tres metros de altura por la que cada mañana observaba a los hombres y mujeres que atravesaban la plaza presidida por una estatua de bronce del fundador de la Checa, la antecesora de la K.G.B., que inició con veintitrés empleados y una secretaria que apenas era una niña de diecisiete años. Los veía salir de la oscura boca del subterráneo, los veía cruzar la plaza apurados, los veía a muchos ingresar en El Mundo de los Niños, la juguetería que se ubicaba justo enfrente de sus ojos, otros entraban en el Museo Politécnico, pero la mayoría traspasaba alguna de las siete puertas de la mole de piedra gris que se conocía como la Lubyanka. Allí funcionaba el cuartel general de la K.G.B. y de la N.K.V.D. Desde allí se manejaban la espada y el escudo del partido.

—El correo ha llegado, camarada director.

El hijo de un trabajador ferroviario, que se había graduado en ingeniería antes de ingresar al Komsomol, la joven liga comunista; el mismo que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como Comisario Político en el frente finlandés, el mismo que llegó a convertirse en jefe del Departamento Político del Comité Central, el mismo que con el rango de general del ejército fue elegido por el Soviet Supremo como el cuarto hombre para ocupar el más alto puesto dentro de la inteligencia soviética. El mismo que hoy usaba trajes italianos confeccionados a su medida por la casa Brioni de Roma, regresó al escritorio pisando con suavidad las alfombras de Bujará que cubrían el piso rugoso de cemento.

—Que pase —ordenó Yuri Vladimirovich hablándole al moderno intercomunicador.

Capítulo treinta

La valija diplomática había salido desde la embajada en Roma tres horas antes. Contenía el ejemplar del día del Osservatore Romano, el órgano de prensa de la Santa Sede. En la primera página, Yuri Vladimirovich leyó, lo que ya sabía:

«Se ha tratado de un auténtico y vergonzoso robo. Unos ladrones desconocidos han penetrado en el despacho de un prelado y han robado unos expedientes guardados en un sólido arcón de doble cerradura. Un autentico escándalo.»

Su satisfacción era tan grande como la de aquel padre que es convocado para recibir una felicitación por el desempeño de su hijo en las paralelas. Había sido él, quién propuso al Collegium, el organismo encargado de tomar las decisiones claves dentro de la K.G.B., poner en marcha la operación. De no haber aceptado su idea el resto de los miembros, Yuri Vladimirovich ya había decidido seguir adelante de todas maneras, él era la máxima autoridad. Se sentía contento consigo mismo por haber percibido el potencial que aquel joven soldado era capaz de desplegar, por haberlo sacado del ejército y por haberlo entrenado hasta volverlo el mejor. En sus manos descansaba un voluminoso informe, en cuya portada podía leerse: Nessun Dorma.

En los primeros días de enero de 1974 el Papa Pablo VI se reunió con los responsables de sus servicios de espionaje: la Santa Alianza y el Sodalitium Pianum. Las órdenes impartidas por el Sumo Pontífice eran claras: se debía redactar un documento que expusiera las necesidades de todos los departamentos del Vaticano y que además registrase todas las denuncias de corrupción dentro de la Santa Sede. La operación fue nombrada: Que nadie duerma; Nessun Dorma.

La redacción del expediente recayó en el arzobispo Edouard Gagnon, quien una vez que hubo finalizado su tarea solicitó ser recibido por Pablo VI. Desde la Secretaría de Estado se le comunicó que debía dejar en manos de la Congregación para el Clero, su trabajo. El informe se guardó en un baúl con varias cerraduras en el interior de una de las salas de la congregación.

En la mañana del 2 de junio monseñor Istvan Mester, encargado de vigilar el documento, abrió la puerta encontrando libros diseminados por el suelo, papeles revueltos y cajones abiertos. Las cerraduras del cofre habían sido arrancadas y el expediente que contenía las conclusiones de: que nadie duerma, había desaparecido.

Ni los miembros de la Santa Alianza ni los de la Asociación de Pío lo sabían aún, pero se había puesto en marcha la operación Tondi.

Continuará…