Juego Macabro | Segunda Parte

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En otro tiempo, intenté convencerme de que no hay vida después de la muerte, pero me he descubierto incapaz de hacerlo.
Douglas Coupland.

Pocas noticias son capaces de afectar en verdad a una adolescente, y más hacerla madurar de repente, tomando real conciencia de lo efímera y corta que puede ser la vida.

Antonella y Daiana estaban en pasillo de la sala espera del hospital, sumergidas en un estado depresivo comparable con el de una persona que está caminando sobre las alas del suicidio. Ellas no podían percibirlo, pero había un hombre que vestía un elegante traje cerca, las observaba sonriente, lleno de curiosidad; como si intensase saber qué era eso tan trágico que las acongojaba. Sí ellas hubiesen visto el rostro de aquel extraño, indudablemente, se sentirían acosadas y entrarían en pánico. Era una cara larga y blanca, inexpresiva. Imposible de olvidar; pero, al mismo tiempo, difícil de poder describir. Además, un terrible escalofrío atormentaba a aquellos que notaran su presencia, a él le gustaba pasar inadvertido, sin embargo, a veces le gustaba llamar atención y que advirtieran su presencia.

Antonella, a pesar de aparentar más edad, había tomado una actitud muy inmadura. Se estaba recuperando de un ataque de pánico luego de que se imaginó a Sofía siendo sellada en un cajón. Por otra parte, Daiana sostenía el brazo de su padre contra la cara a modo de pañuelo. La cara se veía inexpresiva, era como si hubiese caído en un estado de shock, se sentía en una dimensión paralela y surrealista, y por fin comprendió, a su corta edad, lo efímera e injusta que puede ser vida.

―No puede ser ―musitó Antonella―. No… no puede ser. ―Se resistía a ceder a los aguijones que tenía clavado en los ojos y la obligaban a llorar. Odiaba verse así, sobre todo frente a Daiana.

―Chicas ―dijo Daniel―, ahora tienen que fuertes por Sofí. Cuando salgan los padres, si quieren, pueden entrar unos cinco minutos.

Al cabo de diez minutos, aproximadamente, los padres de Sofía estaban en el pasillo hablando con el doctor, mientras que Antonella y Daiana ponían su mueca más alegre, como si le colocaran una máscara sobre su rostro para ocultar el dolor, y aunque lo intentaban, no se veían para nada apacibles, era más bien una expresión indiferente, como si escondieran un gran secreto que todos ya sabían.

El entrar en la habitación fue devastador para Antonella, cuya mirada ya estaba muy enrojecida, por otra parte, Daiana perdió la presencia de madurez que tanto le costó mantener y lloró a lagrima viva.

Sofía yacía en la cama despintada del hospital, con el torso elevado a unos sesenta grados, toda su belleza y juventud se vio marchitada solo después de cinco horas de internación. Estaba conectada a al menos a tres máquinas que marcaban su ritmo cardiaco. Las tres amigas se vieron a sí mismas en una experiencia astral, como si fuesen espectadoras y no protagonistas de esta historia. Entonces, Sofía y Antonella sufrieron la misma epifanía que tuvo Daiana en el pasillo y tomaron verdadera conciencia de lo que pasaba. Cuando se acercaron su amiga y la abrazaron, sintieron como las risas, momentos divertidos, y tardes incontables se desvanecían bajo el yugo de la muerte.

Las tres permanecieron en una calma tan fina como la soga en la que se desplaza un equilibrista.

―¿Cómo te sentís, Sofí? ―preguntó Antonella.

La muchacha rubia de ojos verdes cerró los ojos conteniendo lo que sería un inevitable llanto y respondió:

―Bien, ya me dijeron lo que tenía ―suspiró muy profundo para ahogar el llanto.

―¿Y qué te han dicho?

―Que me van a someter al tratamiento, Dai. Es lo único que pueden hacer. Lo malo es que lo detectaron tarde, asique no hay muchas garantías.

―Pero, ¿hay esperanzas?

―Sí ―respondió sonriendo―creo que sí. ―Sin embargo, en ese momento algo paranormal sucedió en esa habitación. Todo se volvió frio y la acústica del lugar se volvió increíble. Era como si esa habitación del hospital estuviese ubicada en el medio del pasillo y se pudiera escuchar todo lo que hablaban en él.

―Es muy delicado ―dijo el Doctor.

―¿Qué tanto? ―preguntó Mónica, la madre de Sofí.

―Ya no podemos hacer nada ―sollozos―, solo queda hacer un tratamiento de aceptación con un psiquiatra y medicarla para que los últimos meses sean más llevaderos.

Las tres amigas oyeron todo y la misma sensación las envolvió por igual, sintieron que una aguja muy fina y con mucha punta les atravesaba el corazón. Sofía agarró de la mano a Antonella que quiso salir de la sala para insultar al médico. Ella se volvió y se sintió devastada al percatarse que su amiga casi no tenía fuerza para detenerla.

―Es inútil ―refutó Sofía―. No lo hagas, solo vas a empeorar el ánimo de mis viejos. ―Daiana se sintió orgullosa por la valentía y la madurez de su amiga, sin embargo, no había nada en este mundo que borrase la sensación de vacío e impotencia de la que era víctima.

Se quedaron sin hablarse por unos minutos, hasta que Daiana de repente dejó de llorar, un recuerdo sobrevino a su memoria, el recuerdo de un familiar que ella tuvo una vez hace muchos años. Recordaba que tuvo un tío, un hombre joven llamado Hernán, que practicaba la brujería. Según decían los vecinos, le había vendido el alma al diablo a cambio de resucitar a su hermana recientemente suicida, pero todo salió mal y un día, sin más, desapareció.

No sabía porque, pero tenía la certeza que en la vieja casa de su tío encontraría algo que le ayudaría a Sofía a vencer la enfermedad. Las observó a ambas y muy despacio comenzó a contarles todo lo que sabía de su tío. Desde la resurrección hasta desaparición y como nadie de su familia se atrevía a entrar en esa casa, además de que nadie tocaba el tema, porque según decían: la casa y él estaban malditos.

―Es una locura ―refutó Antonella―. Me suena muy fantasioso ―argumentó escéptica.

―Es mejor que quedarse sin hacer nada ―argumentó Daiana―. Y no depende de nosotras, Sofí tiene la última palabra. ―Antonella se la comía con la mirada, odiaba que la contradijeran.

Entonces Sofía elevó su voz con delicadeza y dijo:

―Anto, quisiera probar lo que dice Dai. Si es cierto puede ser mi única esperanza.

―Vamos a esperar a que te den de alta y vamos a ir las tres.

Las chicas se despidieron. Al salir de la habitación Antonella y Daiana no se saludaron, es más, cada una tomó un camino diferente para salir. Lo único que tuvieron en común en ese momento, fue que ambas ignoraron por completo la presencia del hombre del traje que las observaba con detenimiento desde un extremo de la habitación.

Continuará…

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