Gallito

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“La peor jaula es la que no muestra los barrotes”
Anónimo, Grafiti en la pared de un centropenitenciario, Ciudad de México

Siempre tuve prohibido acercarme al fondo del patio. Éramos pocos en la casa de mi abuela, y de vez en cuando se sumaba mi tío Pancho, que  solo venía a dormir y cuidar de sus mascotas. Las traía en jaulas grandes, algunas improvisadas con alambre y otras como en los dibujos animados, de acero gris. Incluso tenía una jaula de plástico que rescato de la calle.

A nadie parecía molestarle los visitantes. Obvio, los apilaba en el fondo, y mientras no me acercara no pasaba nada. Son perros malos– me decía Mamá cuando me veía curioso cerca de las jaulas-mirásus dientes. Pero a mí me asustaba su piel, una costra rosa y negra entre el pelito manchado. Todos tenían el hocico doblado, los labios morados.

Mi tío Pancho solía llevárselos en su ciento cuarenta y siete. Con cada viaje los perros se ponían peor, y a veces solo volvía la jaula vacía. Sospechaba que Pancho los maltrataba, por lo que los espiaba desde la cocina, oculto por la sombra de la tela mosquetera. Se arrodillaba, llenaba los pósitos, agua, comida, y vigilando que no anduviera cerca, los soltaba un ratito. Allí se soltaba él también; caricias, voces agudas y hasta algún que otro susurro detrás de la orejita. Siempre tenía a su “favorito”, al que dejaba más tiempo para poder curarle la piel. Eso sí, un ratito y devuelta a la jaula, y sobre ellos una colcha vieja para que no se pusieran a ladrarme si andaba cerca.

A veces lo acompañaba yo también en su ciento cuarenta y siete. Siempre al veterinario, que nos recibía en una despensa oscura contando las jeringas y ampollas que necesitaba mi tío. Yo me encargaba de llevar la bolsa. Si no rompes nada– repetía mi tío- te compro un helado. Solo lo hizo una vez, y se la pasó retándome para que lo comiera rápido. Vas a mancharme el tapizado– gritaba mientras encendía  su cigarro. Odiaba cuando lo hacía, porque era su excusa para bajar la ventanilla y putearse con otros conductores. A todos les decía lo mismo: ¿Que animalito que sos, ah?– y después me miraba, buscando una risa o una silenciosa aprobación.

Un día se fueron todos los perros. Solo quedaron las jaulas esperando a que mi tío volviera a cuidarlas. Lo hizo a los meses, asustando a mi abuela al entrar por la puerta sin anunciarse. Se había dejado la barba y le vendió el ciento cuarenta y siete a un chacarero. Pidió a mi Mamá que me distrajera mientras bajaba unas cosas de la camioneta, su camioneta. Creyeron distraerme con el televisor, pero podía sentir el ir y venir de mi tío por el garaje, el único caminito al patio que mi abuela le dejaba usar. Sentí que susurraban que la camioneta era nueva, o casi nueva. El susurro se puso  agudo, tan fuerte que ni escuchaba el televisor. Unas gargantas secas nos callaban a todos desde el fondo.

Mi tío Pancho había comprado una docena de gallos.

Antes nadie podía decirle algo al Pancho sin hacerlo sacar. Pero algo lo puso mansito, más obediente o por lo menos, más cordial. Hasta le dimos un nuevo apodo. Y así, Panchito consiguió un lunes una lona oscura para acallar a los gallos porque mi abuela se quejaba del ruido. En la cena del jueves, mi vieja cerró la ventana y comentó el mal olor, a lo que Panchito prometió lavar las jaulas dos veces por semana. Y cumplió; hasta comenzó a regalarme monedas para que las gastara en el quiosco.

Eran una belleza los gallitos. Verdes, marrones, rojos, con las plumas limpias. Tampoco me dejaban estar cerca de ellos, pero aprovechaba que mi tío estaba ocupado para colarme entre las jaulas. Un día le pregunté a mi abuela cuando tendríamos huevos. No, nene, esas son las gallinas. Estos tienen huevitos pero no se comen– y antes que preguntara algo más me calló con unas tostadas.

Recurrí a mi tío, confiando en su nueva bondad. Son ricos con papas– y cerró la puerta de la camioneta. Me reía pensando en mi tío como un granjero, con el overol de jean que se ve en la televisión.

Nunca había sentido tanta pena por la comida. Sabía de dónde venían y esas cosas que se aprenden en la escuela, y nada de eso  me había detenido. Pero los gallos eran otra cosa, mucho más lindos que los perros. Parecían vestidos para una murga o un carnaval. Una que otra vez aparecía un gallo flaco, bien feo, con el cogote estirado y sin pluma; pero no tardaba en ser reemplazado por otro más lindo.

Una tarde me dejaron solo, pensando que no tardarían en volver. Tranquilo, levante la lona y los miré hasta aburrirme. Moviendo los dedos, ansioso, solté al gallo más bonito. Tenía unas alas verde oscuro y el cuello blanco, de porcelana. Me embobé con sus patas,  que levantaban  la tierra como zapateando una chacarera. Sin parar de mover la cabeza, tomo carrera y se abalanzó sobre mí. Asustado, traté de subirme a una jaula, pero su inquilino aprovecho para picotearme los dedos. El gallo seguía con su baile, siempre acorralándome contra alguna esquina, sin dejarme escapar. Ahí fue cuando me vi la rodilla. El tajo era profundo. Comencé a llorar, a darle patadas, a mancharlo con sangre. Pero nada lo detenía.

Por el griterío no escuché llegar la camioneta de mi tío. Me encerró a mí en el baño y al gallo en su jaula. De las patas del gallo sacó un alambre con un clavo en la punta. Me limpió en el patio con la manguera, y aprovechando que el corte no era profundo, me obligó a usar pantalón largo. Una palabra a tu vieja – dijo señalándome me señalaba con el espuelón- Anda a adentro, y cualquier cosa, te caíste jugando en la calle.

Esa noche dormí escondido, atento de no asomar alguna parte de mi cuerpo por miedo a que los gallos se escaparan y me los comieran como gusanos. Al otro día supe de mi castigo; mi tío Pancho se había ofrecido a cuidarme mientras las mujeres iban al mercado. Que no salga a la calle-agregó Mamá antes de irse. Solos, me arrastró hasta el fondo, hasta las jaulas.

Lloras como cerdo– y acercó hasta nosotros un leño grueso. Después nos acompañó el gallo, con las patas todavía manchadas por el barro y la sangre de ayer. Confiado que no me escaparía, soltó mi mano, y  trajo de la despensa un machete. Viendo que no entendía nos acomodó a cada uno en su lugar. El gallo en el leño, y el machete en mi mano.Asustado, no me queje del lugar me que me tocaba jugar.

Vamos– me repetía- vamos, Camilo, movete, mira que sos cagon, te hacia más machito. Temblaba, y el insistía e insistía. El gallo se ahogaba en su mano, con el cuello estirado entre sus dedos. Miré al cielo y no había una sola nube. Creí que si aguantaba lo suficiente, el animal moriría asfixiado; o mejor aún, que me detendría alguna mano. ¿Aprendiste, Camilo?, me preguntarían, y yo contestaría contento que sí, y todos volveríamos a nuestro lugar…

Mi tío carecía de esa paciencia. Vi la porcelana romperse en cientos de hilitos pequeños, deshilados por el machete. Logré zafarme. Estábamos manchados, sucios, y el solo sonreía. A las buenas mascotas hay que enseñarles a obedecer– me dijo. El resto de los gallos nos miraban desde su jaula. Saltaban y cacareaban. Mi tío tomó lo que quedaba del animal, e imitando como quien le da cuerda a un juguete, lo soltó. El animal degollado corrió por todo el patio, dejando gotitas de barro negro detrás de él. Mientras más se ensuciaba el patio mi tío se reía con más fuerza. Para cuando las mujeres  volvieron del mercado mi tío ya me había limpiado a mí y a todo el patio con la manguera. Por el resto de tiempo que vivimos en esa casa me alejé de los gallos, de sus barrotes, y me mantuve en mi esquina del patio.