A la ciudad y al mundo | Parte 16

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Capítulo treinta y uno

El Zil negro dejaba atrás las calles de Moscú. Avanzaba por el carril verde de Ulianovskaia Ulitza a cincuenta kilómetros por hora. Desde el asiento trasero el Director General del K.G.B., leía un informe. Su destino final era la ciudad capital de Ucrania, no llegaría antes de una hora.

El material que Andropov estudiaba exponía la historia de un hombre que había conseguido saltar el cerco de la ciudad secreta.

Alighiero Tondi terminó el seminario en la Compañía de Jesús en 1936. Estableció contacto con grupos comunistas y viajó a Moscú para estudiar en la Universidad Lenín. Ocho años después el K.G.B. lo reclutó para que operase dentro del Vaticano. Llegó a convertirse en secretario y ayudante de cámara de Pablo VI.

En 1967 fue capturado por agentes del S.P., el servicio de contraespionaje, cuando intentaba robar documentos guardados en el Archivo Secreto. En ellos se hablaba de la identidad de agentes de la Santa Alianza que operaban en Hungría, Polonia y Checoslovaquia. La Guardia Suiza lo escoltó hasta la línea fronteriza ítalo vaticana.

El final del documento aseguraba que en la actualidad Tondi se desempeñaba como asesor para asuntos de la Iglesia de Leonid Brezhnev.

Yuri Vladimirovich apoyó la carpeta sobre el asiento y se dedicó a disfrutar del paisaje. Los años de Tondi en la Santa Sede son el pasado, pensó; con la ayuda de Anatoli Sergéievich Krunoslav escribiré el futuro.

Antes de quedarse dormido, cinco minutos más tarde, fantaseó con la idea de llegar, si todo resultaba según su plan, hasta la misma cima dentro del gobierno de la Rodina.

Capítulo treinta y dos

El hospital general de Kiev era uno de los más prestigiosos del país. Miles de habitantes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, debían sus vidas a las habilidades de los cirujanos que allí ejercían su profesión. Los estudiantes acudían para dar el golpe de gracia a su formación. Lo que no se aprende en Kiev, ya nunca se aprende, rezaba la frase que se había hecho célebre entre los aspirantes a seguir los pasos de Hipócrates.

Se trataba de una construcción baja, de sólo dos plantas, pintada de un blanco que hacía que la nieve se viera oscura. La rodeaba un espeso bosque de abedules.

El edificio visto desde el aire, tenía la forma de un cuadrado al que le faltara uno de los lados. Otros decían que se asemejaba a una letra C sin curvas.

Uno de los lados de esa rígida letra C, el que evitaba que la edificación tuviera forma de L, era el secreto mejor guardado de la inteligencia soviética. No formaba parte del legendario hospicio; aunque sus mejores cirujanos pasaban muchas horas en él. Era un ala ocupada en exclusiva por el K.G.B. denominada: el pabellón de las máscaras. Las personas ingresaban con una cara, pero jamás egresaban con ella. El occidente ya conocía la existencia de escuelas de entrenamiento en donde hombres y mujeres se volvían franceses, ingleses o norteamericanos. El pabellón de las máscaras estaba un paso adelante.

Yuri Andropov empujó la puerta de vaivén color verde claro. Una mujer lo recibió con temeroso respeto.

—Lo esperan camarada Director —anunció—. Por favor, sígame.

Andropov no pronunció palabra, se limitó a obedecer.

—Es aquí, camarada Director —indicó la mujer entrando a una habitación que se ornamentaba con el infaltable retrato de Lenin, además de cuatro sillas metálicas pintadas de blanco y una mesa que pertenecía al mismo juego. Un expendedor de agua, una máquina de café y algunos vasos descartables.

—En unos momentos estará aquí —vaticinó la mujer buscando resultar amable.

La máxima autoridad del centro, ocupó una de las sillas y esperó.

Desde que en 1967 Yuri Vladimirovich Andropov ocupara el sitio que fuera de Iván Alexandrovich Serov, había tenido en mente un objetivo: desestabilizar a occidente. Pegarle tan fuerte que al caer de rodillas, ya no pudiera levantarse. Los informes sobre Tondi le habían resultado igual de atractivos que una bailarina del Bolshoi, pero el muy imbécil se había dejado atrapar. La oportunidad de hacer tambalear a uno de los más importantes símbolos mundiales, se le escapaba con la expulsión del jesuita del Vaticano. La idea de colocar otro topo, le quitaba el sueño, aún más que las úlceras.

Todavía no se había puesto a tono con su nuevo cargo y hasta sus manos llegó un proyecto que necesitó poco más de un año para ser puesto a punto. Se trataba del pabellón de las máscaras. Hoy, cuando Yuri Vladimirovich lo visitaba por enésima vez, funcionaba con elegante precisión. Mucho había tenido que ver él en el proceso y no podía negar que el orgullo lo hacía caminar más erguido.

La persona que esperaba era Anatoli Sergéievich Krunoslav, un joven de los tantos que habían recibido entrenamiento en Bolitsino. La preparación de Krunoslav ,el protegido de Andropov, se había centrado en conocer los detalles más ínfimos, más superfluos, más inútiles de la vida de un hombre, que era como la sombra del cardenal John Joseph Wright, a cargo de la Congregación para el Clero.

El secretario del purpurado fue capturado la tarde en que abandonaba el policlínico Gemelli, después de haber visitado a la más alta autoridad de su congregación, quien había tenido que someterse a una cirugía en la rodilla derecha.

La operación: agua bendita, estuvo a cargo del departamento cinco, del primer directorio. Al D5 se lo conocía también como el departamento de acciones ejecutivas. Eran los responsables de lo que El Centro llamaba «asuntos húmedos», aquellas tareas que podían llegar a involucrar sangre como asesinatos, secuestros y sabotajes. El personal de este departamento permanecía dormido en las embajadas de la U.R.R.S. por todo el mundo. Cuando despertaba el margen de error era de cero por ciento.

El sacerdote fue trasladado a una de las propiedades que la K.G.B., poseía en Roma en la Via Giovanni Amendola a escasos cien metros del policlínico y que había ocupado muchas veces en el pasado. En una de las habitaciones la gente del número 2 de la plaza Dzerzhinski en Moscú, duplicó un cuarto exacto a los de la clínica. No existía ningún motivo para que el clérigo dudase de las identidades de todos esos hombres y mujeres que usaban ropas de médicos, enfermeras y policías. Aturdido a causa del dolor y cubierto de yeso en ambas piernas y uno de los brazos, el que no recibía el suero y el calmante por vía intravenosa, escuchó la historia que le relataron. Un conductor en estado de ebriedad, lo había atropellado a escasos metros del policlínico y había desaparecido.

La puerta de la sala en donde Andropov esperaba se abrió para dar paso a un hombre de tez blanca y cabello grueso, revuelto y negro. Los ojos oscuros, lo mismo que el cabello, poseían la mirada que el Director General había observado en las fotografías.

El recién llegado adoptó la postura rígida típica de un soldado.

—Eso no es necesario —dijo a modo de saludo Andropov.

El hombre separó las piernas y se relajó.

—Es un honor para mí estar a sus órdenes. Señor.

Yuri Vladimirovich estaba fascinado. Las palabras habían sido pronunciadas con el tono idéntico que había escuchado en las cintas grabadas.

Continuará…