Quince para las veintidós

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Si los celos son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta.
Miguel de Cervantes.

Se encontraba nerviosa en la sala de espera. Respiraba con dificultad, como si hubiese olvidado cómo hacerlo. Las manos le temblaban y podía percibir el minúsculo desplazamiento de una gota de transpiración en la espalda. Estaba fastidiosa y ansiosa, no dejaba de mirar el reloj, que parecía burlarse de ella mientas realizaba la misma danza circular una y otra vez.

La aguja mayor se movía para marcar las veinte en punto, se levantó de silla y encendió otro cigarrillo. Ese era el tercero en quince minutos.

—Como se demora —dijo en voz baja en un intento fallido de calmarse. Pensaba que, al moverse, el tiempo pasaría más rápido, sin embargo, el placebo no le funcionó. El reloj seguía con el mismo ritmo, era como quedarse pasmado mirando a un avión que vuela a gran distancia hasta que desaparece de la vista para siempre.

Ella, al igual que el cronómetro, daba vueltas en la pequeña habitación de tres metros cuadrados. Intentaba imaginar que nada se eso había pasado. La culpa le carcomía el alma lentamente, cómo el óxido lo hace con un fragmento de metal abandonado a la intemperie.

Entonces, su psicólogo salió al fin.

—Daniela —pronunció desventurado. Había tenido treinta consultas y todavía no había podido sacarla adelante.

La muchacha entró con el mismo vigor que un hombre ebrio intenta demostrar su valía.

—¿Cómo has estado? —preguntó el muchacho de ojos serenos.

—Mal, si le soy sincera —respondió mientras que juntaba los pies, las manos, y se mordía los labios de forma tan desmedida que sin darse cuenta se lastimó.

El psicólogo anotó algo en su planilla.

—¿Que está escribiendo?

—Tus reacciones, Dani. Si no mejoras te voy a tener que derivar a un psiquiatra. Te veo más ansiosa que de costumbre, ¿cómo estás durmiendo?

—Peor que nunca.

—Es normal que eso te pase, acordate que falta una semana para el primer aniversario. Tómalo con calma —argumentó en tono solemne. Daniela odiaba que lo hiciera, le daba un aire de superioridad que lo hacía ver soberbio.

—Es que vos no entendes, nadie me entiende —enfatizó enojada—, las pesadillas son más reales.

—¿Son iguales? —preguntó el psicólogo levantado la vista sobre su block de notas.

—No, —reprimió el llanto—. Son más vívidas.

—Contame, quizás hay algo que no me has dicho porque no fue muy llamativo, pero es eso lo que te hace sentir mal —dijo convencido de que no era verdad. En realidad el psicólogo quería terminar todo cuanto antes.

—Estaba con él en la estación de tren. Re enamorada, lo quería un montón.

—Sí.

—Bueno, entonces mientras que jugábamos y nos hacíamos cosquillas me doy cuenta que el tren no viene y le pregunto la hora.

—Y él ahí te responde que faltan quince para las veintidós.

—Sí, yo le pregunto qué cómo sabe si no lo vio en su celular. Puso cara de estúpido, —el psicólogo la miró y notó desprecio en la voz, pero estaba tan cansado y había oído tantas veces la misma historia que ya no le prestaba demasiado interés—. Entonces, después de forcejear le saqué el celular del bolsillo, —”en realidad no” —le dijo su subconsciente—. “Lo golpeaste y cayó al piso, después lo pateaste en la cara y en el cuerpo hasta que ya no pudo moverse. Le quitaste el celular y viste que se mandaba mensajes con la puta de la amiga. No había nada malo; pero, ¿por qué borraba los chats?”—. Entonces, —continuo hablándole a su psicólogo—, vi que me engañaba con la amiga. Me enojé y le dije que lo iba dejar. Forcejeamos y se cayó en las vías. —”Lo levanté y lo coloqué sobre mí y después lo tiré en las vías frente a diez testigos que creyeron que era una supuesta pelea. Alcance a romperme la manga y a rascuñarme la cara y así fingí todo”.

—Bueno, Dani. Es lo mismo de siempre, vas a ir a un psiquiatra para que te ayude a controlar tu ansiedad…

La sesión concluyó y Daniela se fue, un poco más aliviada, sentía que la terapia era una forma de confesar su crimen. Al salir se dio cuenta que su celular se había quedado sin batería.

No se enojó, al contrario, se mantuvo calma, si el suceso le hubiera ocurrido antes de la sesión hubiese estallado de ira.

Al llegar a la parada si se enfureció. Acababa de comenzar un paro de colectiveros. No había servicio hasta nuevo aviso. Farfulló e insultó entre dientes a los gobernantes y jefes sindicales.

Solo le quedaba dos opciones, o caminaba los diez kilómetros a su casa o tomaba el tren que la dejaba a cinco cuadras. Ninguna opción le parecía atractiva, hacia casi un año que no iba al andén donde le arrebató la vida a su novio. Contó el dinero que le quedaba y ningún taxi la llevaría más de dos kilómetros.

Se hizo con toda la valentía y fuerza de voluntad que tenía y fue a la estación.

Al llegar, compró el boleto. Se paró en el mismo andén y descubrió que los recuerdos seguían latentes: el enojo por el mensaje, el golpe del cuerpo de su novio contra las vías, la luz abandonándole los ojos, etc.

El lugar no había cambiado nada, se sentía sola, se sentía mal, se sentía perseguida, entonces, empezó a fumar.

Mientras esperaba el tren, vio a un muchacho sentado en un banco escuchando música. La presencia de otro ser humano la calmó.

Haciéndose la distraída se acercó. Lo veía muy atractivo, misterioso, sumido en sus pensamientos.

Se acercó más y le miró bien es rostro, era hermoso, el tipo de chico que a ella le gustaba.

El muchacho le sonrió y ella se sentó con él. Hablaron un rato y Daniela sintió una mezcla de atracción y nostalgia, se dio cuenta que no extrañaba a su pareja, solo extrañaba tener una relación.

Se acurrucó al lado del joven, que la miró fijamente y no dejaba de sonreír.

Fue cuando ella le preguntó:

—¿Sabes qué hora es? Me quedé sin batería en el celu.

El chico sonrió aún más y le respondió.

—Faltan quince para las veintidós. —Daniela se llenó de pánico e intentó escapar al ver que la cara del joven había mutado en una expresión horrenda, cercenada y llena de sangre.

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