Querernos porque sí

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—¿Sos feliz, Lola? —me preguntó Matías mientras untábamos unas papas en salsa de palta.

—¿Ahora? ¿Si soy feliz en este momento?

—No. Aunque también. Pero me refería si eras feliz en tu vida.

—Eeeh… no sé. Supongo.

—¿Cómo suponés? Es clara la pregunta. ¿Sos feliz o no?

—Es que es difícil responder a esa pregunta, Matías. A veces me siento feliz, otras no. Hay momentos en que sí, como este, por ejemplo. La felicidad son estas papas y este vino. Soy feliz ahora, acá con vos, chocando nuestras manos en esta salsa de palta que está tan rica.

—¿Yo te hago feliz?

—No.

—¿Ah, no?

—Yo soy feliz con vos, que es distinto.

—¿Y por qué sos feliz conmigo?

—Porque me siento así como radiante, perfectamente cómoda. Porque nos reímos mucho.

—¿Sólo por eso?

—Y por querernos así, como nos queremos.

—¿Así cómo?

—Así, porque sí. Sin ningún otro motivo más que el deseo de vernos, de hablar, de estar juntos.

— …  y de coger.

—También. Querernos sin compromisos, sin tener un proyecto ni perspectiva de proyecto en común. Sin planear una familia. Amarnos exclusivamente por nosotros.

—O sea que si te propongo que te vengas a vivir conmigo, ¿no aceptarías?

—¿Qué decís? Me hacés reír. No me lo propondrías nunca.

—¿Y vos qué sabés? Por ahí te sorprendo. Pero, bueno, supongamos.

—Te diría que no. Destruiríamos esto tan lindo que tenemos. Si de algo estoy convencida es que el amor de pareja es incompatible con la convivencia, con los proyectos y bienes en común. Terminaríamos ocupándonos de ellos, de la casa, de los hijos, de los problemas, de las obligaciones, y nos olvidaríamos de nosotros, como les pasa a la mayoría, por no decir a todos. Además los proyectos atan. Y después no se sabe si estamos juntos por los compromisos contraídos o por nosotros.

—Bueno, eso es cierto. Y además podríamos caer en la rutina.

—Uff, ni hablar.

—Mejor seguimos así. Estamos muy bien.

—Sí, mejor. Sin obligaciones. Nos vemos cuando queremos.

—Y nos queremos cuando nos vemos —dijo Matías llenándome otra vez la copa de vino.

—¿Y vos, Mati?

—¿Yo qué?

—¿Si sos feliz?

—Con vos, muy feliz.

—¿Y en tu vida?

—Sí, también. A pesar de las dificultades, decido ser feliz.

—Pero la felicidad no es una decisión, Mati.

—¿Cómo que no? Sí lo es. Yo decido ser feliz. La felicidad depende de uno mismo.

—Mmm, eso suena a frase de libro de autoyuda. Como si fuese un mandato que hay que cumplir: “sé feliz”. Entonces si decís que no sos feliz es vergonzoso, porque te tildan de persona negativa. Como si tuviésemos el poder de decidir.

—Lo tenemos. Está en uno ser feliz.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿O sea que aunque la vida te golpee, vos tenés una especie de dominio y decidís ser feliz igual, así como así?

—Ese dominio, es la actitud que uno tiene frente a las cosas, Lola. Ahí está la felicidad, en el propio acto de vivir, sin depender de lo que te pase. Es un error ir detrás de la felicidad. Si ese es tu objetivo, entonces no vivís. Hay que hacer una buena gestión de las emociones. Se trata de aprender a vivir. Es una habilidad. Por lo que veo, vos no sos muy hábil en ese aspecto.

—Ah, qué bien. ¿O sea que ahora me tengo que sentir culpable de no tener la capacidad de ser feliz en circunstancias de mierda? Hay que cumplir con la premisa: “sé feliz a toda costa”. Mostrarte angustiado está mal visto, hay que sonreír siempre.

—Bueno, tampoco es tan así.

—Dijiste que no era muy hábil para ser feliz. Y no es así, no se trata de ser hábil. Se trata de que a veces no se puede, a veces te derrumbás, y no está mal, te lo tenés que permitir. No tenemos la obligación de estar felices siempre. ¿Cómo hacés cuando te pasan cosas que no querés que te pasen?

—Bueno, pero la vida siempre se manifiesta, es imperfecta, hay que acostumbrarse, si nos resistimos es peor, no vivimos.

—Más que imperfecta, la vida es muy jodida, Mati.

—Sí, claro. Y otras veces te da momentos como este. Ahora no nos sentiríamos felices si no supiésemos de tristezas.

—Bueno, ¿viste? Es lo que te dije en un principio: la felicidad se compone de momentos.

—Bueh… ella siempre quiere tener razón.

—¡Mentira! Sos vos el que siempre quiere tener razón.

—Mirá, no sé quién la tiene, ni me importa, lo único que tiene sentido es eso que dijiste de querernos sólo porque sí.

—Y que este vino me está pegando fuerte.

—¡Mejor! Me encanta cuando te pega el vino. Te ponés como a punto de caramelo.

—A vos lo que te encanta es aprovecharte de mí.

—También.

Busco la guitarra y se la doy a Matías.

—¿Me cantás una canción?

—¿Eso te haría feliz?

—Muy feliz.

—¿Qué querés que te cante?

—No sé… sorprendeme.