A la ciudad y al mundo | Parte 17

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Capítulo treinta y tres

Al anoticiarse de lo acontecido con el informe Nessun Dorma, el Papa Pablo VI ordenó a todos los involucrados que se pusieran bajo secreto pontificio.

Ha transcurrido un día desde el asalto a la Congregación para el Clero. Su Santidad lee, como cada mañana, L’Osservatore Romano y como cada mañana hace un gran esfuerzo por dilatar la ceremonia que lo llevará a encender el primer cigarrillo del día. Tiene que dejar de fumar, lo sabe, pero la empresa se le hace cuesta arriba. La rutina de lectura se completa con el Times de Londres, el Washington Post norteamericano y el Pravda ruso. Pero toda rutina sufre modificaciones, como sucedió esa mañana.

El Santo Padre, no salía de su asombro. Alguien se había atrevido a desoír su voluntad.

Marco Dalla Torre no se hizo esperar. Su tío, el Conde, no lo habría hecho.

El apellido Dalla Torre llevaba unido al órgano de expresión del Estado Vaticano medio siglo.

Sin mediar formalidad de ningún tipo y desde el sillón en donde siempre leía en su despacho, el obispo de Roma, levantó el ejemplar de la fecha en donde se hacía referencia al informe: que nadie duerma.

— ¿Qué significa esto? —quiso saber Su Santidad.

—Disculpe usted, Santo Padre. No quisiera parecer irrespetuoso, pero esa pregunta no debería estar dirigida a mí.

Pablo VI entendía cada vez menos. Se levantó y fue hacia donde, todavía de pie, estaba Marco Dalla Torre.

—¿A quién, entonces? —la pregunta la había formulado a escasos metros del interpelado.

— A Su Eminencia, el cardenal Wright.

—Podría ser más claro, estimado amigo —el tono del Sumo Pontífice se suavizó—. No logramos comprenderle.

Dalla Torre hizo un brillante resumen para Pablo VI de los sucesos del día anterior.

El secretario privado del Director de la Congregación para el Clero fue llamado ante el Santo Padre, mas no le fue posible acudir, había desaparecido lo mismo que el sol cuando anochece.

En los días posteriores catorce miembros de la Curia que habían hablado con los agentes de la Santa Alianza, fueron expulsados del Vaticano, mientras que otros cinco fueron enviados a países latinoamericanos en misión evangelizadora.

Como lo hiciera a comienzos del año el Papa volvió a reunirse con los jefes del espionaje papal que operaban dentro y fuera de la ciudad. El encuentro se llevó a cabo en el jardín ubicado en la azotea del Palacio Apostólico. Al trío se había sumado un joven monseñor llamado Sebastián Rodríguez, miembro del Russicum.

— ¿Cómo podemos estar seguros? —preguntó el hombre que había sido artífice del “pasillo Vaticano” y la “operación convento”.

— No cabe duda alguna, Santidad —La respuesta la proporcionó Pasquale Macchi, a cargo de la Santa Alianza.

Macchi, un sencillo sacerdote, que había conocido a Pablo VI cuando éste era aún Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán, no sé equivocaba al afirmar que no existían dudas. La conversación giraba en torno a si era o no responsable del robo del informe secreto el K.G.B.

—Nos es muy difícil creer que Andropov, se haya atrevido después del asunto Tondi.

—Contar con un topo en el Vaticano ha sido siempre una obsesión para él, Santo Padre —explicó Macchi.

Sebastián Rodríguez caminaba junto al grupo en total silencio.

—¿Tiene el Russicum algo para decirnos?

Pasquale Macchi tocó el brazo de monseñor Rodríguez, para indicarle que podía hablar.

El sacerdote argentino llevaba nueve años en el espionaje papal. Su entrenamiento había comenzado cuando Rafael Ferrara, con sólo diez años, ansiaba ver aparecer en el balcón: la logia de la bendición, a Pablo VI, el mismo que ahora tenía un problema y exigía una solución.

Poseedor de la misma facultad que tendría su enemigo y compatriota, para aprender otras lenguas y costumbres, solicitó ser asignado a una unidad especial dentro de la Santa Alianza conocida como el Russicum. Se sometió al duro entrenamiento como quien pasa horas y horas con la tarea que más disfruta hacer en la vida. Estudió cómo hablar y escribir la lengua rusa, estudió la historia, la cultura y la gastronomía de la U.R.R.S. Leyó a los novelistas rusos y los diarios que en esa tierra se publicaban. Discutió las noticias integrando pequeños grupos en los que sólo se podía hablar ruso.

Se entrenó con el ejército polaco en tácticas de paracaidismo, armas de fuego y explosivos.

Para la época en que caminaba junto a los responsables de la inteligencia vaticana y Pablo VI, había completado más de cincuenta misiones tanto en Rusia, como en Alemania Oriental.

El Santo Padre pudo percibir el nerviosismo del monseñor argentino. Era la primera vez que estaban lado a lado. El cansado hombre de setenta y seis años, era consiente por los informes que había leído que la institución que presidía, tenía mucho que agradecer a ese muchacho de aspecto grave y estampa de deportista profesional.

—Háblenos con toda tranquilidad, monseñor —Lo incitó el Papa.

Sebastián Rodríguez se aclaró la garganta antes de hablar sobre los pormenores de la operación Félix. Ignoraba aún que el éxito de la misión lo elevaría a obispo y a director del Russicum.

Capítulo treinta y cuatro

El primer director que tuvo la Cheka, organización que precedió al K.G.B., se llamó Félix Edmundovich Dzerzhinsky, quien antes de sentirse atraído por los movimientos revolucionarios de Europa de comienzos del siglo XX, había decidido servir a la fe católica como uno de los sacerdotes de su iglesia.

En homenaje a la vocación primera del legendario maestro de espías, la Santa Alianza, había bautizado una de sus operaciones más importantes, como: operación Félix. Ésta dio sus primeros pasos dos años antes del robo del manuscrito Nessun Dorma y un mes después de que Anatoly Sergéievich Krunoslav, entrara en la Ciudad Secreta.

Todos los departamentos de espionaje del Vaticano, tensaron al máximo sus sentidos desde que se supo de la doble tarea de Tondi. La llegada al poder de Andropov, como cabeza del centro, encendió la mecha de una bomba que aunque iba a demorar, detonaría de todas formas.

El padre Pasquale Macchi, ayer secretario privado del Arzobispo de Milán y hoy, jefe de los espías de Pablo VI, necesitaba saber lo que ocurría en la fría mole gris de nueve pisos que saludaba a la plaza Dzerzhinsky. La persona que reunía las condiciones para ser los ojos y oídos de la Santa Madre Iglesia en los territorios de Yuri Vladimirovich, no era otro que el jesuita argentino.

Sebastián Rodríguez operaba durante esos días en Hungría. Se le había encomendado la custodia del Cardenal Agostino Casaroli.

Macchi vertió más café en la taza, muy cargado y dulce como le gustaba. Tomó un trago. Lo dejó reposar en la boca unos segundos antes de tragarlo. Repitió el procedimiento cinco veces, hasta que el recipiente quedó vacío. Se calzó los anteojos de armazón metálico y buscó en uno de los cajones de la mesa en la que trabajaba unos papeles en blanco. Siempre diagramaba las futuras operaciones sobre papel, de esa forma sus ideas se ordenaban con mayor claridad.

Montado en una BMW R71 como las que emplea la policía que patrulla a todas horas los caminos, Sebastián Rodríguez observó como el Zil negro que transportaba al Director General del K.G.B., se alejaba rumbo a la capital rusa.

El dispositivo de seguimiento, que otro agente había conseguido robar del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, funcionaba como una pieza de relojería suiza. La señal era clara. El jesuita montó en el vehículo y se lanzó a perseguirla consultando de tanto en tanto el aparato ajustado a su muñeca. El sol lo escoltaba y sin que se diera cuenta iba silbando; volver de Gardel y Le Pera.

Sebastián Rodríguez era para todos Víctor Alexandrovich Zabotin, un típico hijo de las estepas que trabajaba en el Decimosexto Directorio, el que se ocupaba del mantenimiento de los sistemas de radio y de las líneas telefónicas de todas las agencias del gobierno.

Se había construido un sólido pasado, junto a un venturoso presente con esposa, hijos, un fiel perro y hasta una suegra que lo quería a pesar de todo, según contaba a sus compañeras que lo miraban con ojos hambrientos.

Dos veces por mes Andropov, su máximo objetivo, se alejaba de las obligaciones durante todo el día. La primera hipótesis que elaboró se basaba en la teoría de la amante. La segunda, mucho más probable, giraba en torno a la posibilidad de que estuviera siendo sometido a alguna clase de tratamiento médico para combatir sus muchas dolencias.

Estaba seguro de haber dado en el clavo cuando lo siguió hasta Kiev. En el informe que remitió a su superior dejaba claro que la salud del antes militar corría un riesgo comprobado.

En la tercera incursión tras las huellas del largo y negro automóvil, siempre luciendo como un patrullero, con casco y las antiparras para protegerse del polvo del camino, decidió dar el siguiente paso.

Esperó hasta asegurarse que el número uno del espionaje soviético, hubiera entrado al hospital. Detuvo la moto en la puerta, sacó unos papeles de las alforjas traseras y a paso resuelto encaró la puerta principal.

—Buenos días, camarada —Lo saludó en el mostrador de recepción una muchacha que podría haberse visto bien con algo de color en los labios y en los ojos.

—Buenos días para usted también, camarada —respondió Rodríguez—. Debo entregarle unos documentos al director del hospital.

—Démelos, se los haré llegar —La muchacha sonrió con amabilidad.

Antes de contestar, el falso policía, pudo ver a Andropov, traspasando una puerta de vaivén de color verde claro. El chofer y guardaespaldas se plantó con las piernas abiertas y las manos cruzadas delante del cuerpo. No hacía falta nada más para saber que nadie podía pasar al otro lado.

—Usted perdone, camarada, pero mis órdenes son entregárselos al director en mano propia.

La recepcionista tomó el teléfono e hizo girar cinco veces el disco de marcado.

—La línea está ocupada.

—No hay problema, puedo esperar.

—Como guste

—¿Aquel es el chofer del camarada Andropov o me equivoco? —preguntó el argentino con su mejor gesto de hablo por hablar.

—Sí. En efecto, es él —respondió con tono cómplice la muchacha.

—¿Qué hace aquí?

—Viene todos los meses.

La mujer estaba segura de estar hablando demás, pero quién iba a saberlo. Además el hombre parecía muy agradable y no podía tener nada de malo el querer aliviar un poco las largas y aburridas horas de trabajo.

—Sólo por conversar —continuó diciendo el espía argentino—, no quiero ser indiscreto ni ponerla en problemas, pero el camarada Andropov está bajo algún tratamiento o ¿viene a visitar a alguien?

—No podría decirle con seguridad a qué viene —La joven giró la cabeza para mirar hacia uno y otro lado, como si quisiera asegurarse que nadie estaba oyendo—. Acá entre nosotros —dijo—, no son muchas las personas que tienen acceso a esa área del hospital. Lo que sí puedo contarle es que permanece allí muchas horas cada vez que viene.

Sebastián Rodríguez se acercó y sonrió como sólo él podía hacerlo, antes de preguntar en tono de secreto.

—¿Nunca ha sentido curiosidad por saber qué se esconde del otro lado? —Con un movimiento de cabeza señaló la entrada a la zona restringida.

—Jamás dejan de controlar a cada persona que ingresa y yo no estoy en la lista — Al mismo tiempo que hablaba, daba vueltas el disco del teléfono—. Parece que el director tiene mucho que hablar, se disculpó.

—¿Sería posible hablar con el asistente personal del camarada director? —dijo esto conociendo la respuesta. El director no tenía secretario, le gustaba hacer todo el trabajo.

—No existe tal asistente. Nuestro director es un hombre que disfruta de atender el teléfono —La muchacha ahogó una risita.

El policía festejó la broma.

—Si me indica dónde está su oficina, puedo entregárselos personalmente.

La recepcionista pensó que no podría tener ningún problema por eso y además siempre estaba la posibilidad de decir que había tenido que ausentarse de su puesto para ir al baño. Ella desconocía quién había informado sobre la ubicación del despacho del director al camarada agente de policía.

—Es en el segundo piso, al final del pasillo.

—Muy amable —Dijo Rodríguez—. Ha sido un placer conocerla.

—Para mí también.

El jesuita llegó a la planta alta, esperó unos minutos y bajó sin los papeles.

—Trámite listo —anunció a la joven de la entrada—. Tal vez podamos vernos de nuevo en otra ocasión.

—Me encantaría —dijo y escribió una dirección en un trozo de papel.

Sebastián Rodríguez guardó en la casaca del uniforme el pequeño papel como si fuera un tesoro. Volvió a sonreír y salió.

Unas horas más tarde, vistiendo el acostumbrado traje gris, se presentó en la oficina del Director General en el tercer piso de un edificio de nueve, que vigilaba a la plaza Dzerzhinsky. Tal como esperaba no había una sola persona para recibirlo. La secretaria almorzaba una insípida ensalada acompañada por una porción de pollo hervido, en el salón comedor para empleados del último piso.

Mientras el sacerdote argentino traspasaba la entrada del despacho de Andropov, Ana Valerianova Sirichenko, modificaba por primera vez en siete años la rutina del almuerzo. Tenía mucho trabajo atrasado y el jefe no estaría feliz si al regresar no se habían cumplido sus pedidos. Nadie mejor que Ana para saber que era preferible todo antes de no complacer al jefe. En el viaje de descenso desde el noveno al tercer piso la acompañaba un sándwich de pollo con pan de salvado y algo de la insípida lechuga en una fuente de plástico. Para beber había elegido una de las botellas de jugo de manzana, era el que más le gustaba.

No recordaba haber dejado entreabierta la puerta. Ya no podría almorzar tranquila.

Continuará…