Juego Macabro | Tercera Parte

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¿Qué es la magia? Un engaño enfocado. Pero el engaño destinado a entretener.
Jesse Einsenberg.

Había pasado solo una semana desde que Sofía sufrió el desmayo y la enfermedad ya hacia mella en su aspecto físico. La delicada joven de ojos verdes y tez blanca se veía envejecida, su cuerpo había perdido cinco kilos durante la internación y parte del cabello se había caído por el tratamiento contra la enfermedad; aun así, las chicas se las arreglaron para mentirle a sus padres y reunirse en la casa del antiguo tío de Daiana.

Eran las dos de la tarde y el sol se encontraba muy alto todavía. Estaban arribando en la entrada cuando de pronto Antonella habló:

―No sienten algo raro ―musitó.

―¿Cómo qué? ―jadeó Sofía con dificultad debido a la falta de aire.

―Siento algo raro, como si acá hubiese algo malo.

―No hay nada, Antonella ―refutó Daiana con cierto reproche, era obvio que la relación entre las adolescentes no era la mejor―. Nunca entre en la casa, pero según mi papá no hay nada malo.

Antonella no le respondió, decidió quedarse callada. Entonces, se escurrieron por el costado de la entrada, donde los hierros que formaban parte de la reja se encontraban carcomidos por el óxido. A pesar del clima cálido, las chicas podían afirmar que un frió estremecedor las arropó; a tal punto, que sintieron que la temperara en sus cuerpos bajaba al menos dos grados. El escalofrío duró solo un segundo, pero fue tan impactante que lo recordarían por el resto de sus vidas.

―¿Cuantos años hace que desapareció tu tío? ―preguntó Antonella olvidando la leve discusión que tuvieron unos segundos antes.

―Unos cinco años.

―¿Y en cinco años la casa se deterioró tanto, Dai? ―cuestionó Sofía.

―La verdad es que no sé. ―Las tres observan estupefactas como las vigas de hierro sobresalían sobre el cemento carcomido por un supuesto sol y un supuesto viento que necesitarían a menos cinco décadas para dejar la casa en esas condiciones.

El moho trepaba hasta la cumbrera de la casa, donde alguna vez Hernán estuvo leyendo el gran libro blanco. Las ventanas y las puertas se veían incineradas, como si, por obra de dios, se hubiesen salvado de un incendio. Se tomaron de las manos en un acto reflejo de defensa y supervivencia, e ipso facto se dispusieron a entrar en la vivienda de quien alguna vez fue el más poderoso alquimista que el mundo, el cielo y el infierno conocieron.

Mientras se abrían paso a la casa, Daiana se estremeció al ver una pequeña tumba, en cuyo epitafio rezaba el nombre de Plutón. Su alma se inundó de pena al imaginar que pobre animal yacía bajo tierra en tal cutre lugar. Lo que la adolescente no percibió, es que detrás de la tumba, solo a unos metros, había un hombre camuflado entre la sombra de los árboles, bien vestido, con un traje elegante y una capa; que las observaba pasar como un espectador a una obra de teatro. Una ligera mueca burlona se dibujaba en el rostro de éste desconocido personaje.

Al ingresar, se percataron inmediatamente del olor a estiércol y putrefacción del lugar. Durante cinco minutos no pudieron moverse mucho, hasta que el olor se hizo habitual en su entorno y dejaron de percibirlo, al menos en parte.

―¿Qué decís que le pasó a tu tío? ―Quiso saber Sofía.

―Un día su hermana se suicidó y, según dicen, él le vendió el alma al diablo. Ella volvió a la vida y él llamó a su mamá para enseñarle lo que había conseguido. Entonces, mi tía abuela, se asustó tanto que se fue de Mendoza y nunca más supimos de ella.

―¿Y él?

―Se suicidó, aunque nunca apareció un cadáver ni nada. Según mi mamá, que es muy supersticiosa, dice que el diablo se lo llevó.

―Era el ―dijo Antonella mientras sostenía un porta retrato que demostraba a un joven, flaco, desaliñado muchacho que sostenía en sus manos a un pequeño gato blanco.

Las chicas hicieron una pequeña inspección en la casa. Encontraron miles de papiros y libros.

―Tu tío era un brujo, Dai ―inquirió Sofía.

―Parece que sí, yo no lo creía hasta hoy. Para mí era todo mentira.

Fue cuando Antonella, caminando, sin querer pateo una de las estanterías y lo que parecía ser un tablero cayó al suelo, liberando una acústica tan grave que las asustó a las tres: Sofía casi se desmaya, debido a su debilidad; mientras que, las otras dos adolescentes, se movieron a las paredes más cercanas respirando con dificultad.

El hombre del traje las observaba desde una de las ventanas, cubriéndose la boca para que las chicas no oyeran su carcajada. Ya que, cuando él pasa algún tiempo cerca, puedes llegar a oírlo, incluso a sentirlo.

Antonella fue la primera en reincorporarse y caminar hasta el tablero que se cayó. Era un pedazo de madera macizo, muy grande, labrado por lo que parecía ser herramientas antiguas. La madera, de origen desconocido hasta para cualquier especialista en la tierra, estaba adornada con figuras de esqueletos bailando, sufriendo una aparente metamorfosis a un cuerpo sano, que volvía otra vez a la tumba. Varios grabados en latín yacían por ambos lados. El deterioro era muy deplorable en esa parte; las letras eran casi ilegibles. Si alguna de las chicas hubiese sabido comprender la lengua muerta, hubiesen entendido de que se trababa todo. Juego macabro, rezaba uno de los costados.

Antonella le dio un leve vistazo y se cubrió la boca cuando notó que una hoja de papel, amarillenta, pero en buen estado, cubría una buena parte de lo que parecía ser un juego de mesa.

―Daiana ―, dijo Antonella intentando comprender lo que veía―. Esto es una carta para vos. La muchacha se aproximó hasta el trozo de madera, tomó el papel y lo leyó.

“Hola Daiana, soy tu tío, Hernán. Lamento que me tengas que conocer por este medio, pero es de la única forma que te puedo advertir. Parte de lo que decían de mi es cierto, es más, sé que vas a venir a mi casa para llevarte algo diez años antes de que suceda, lo estoy viendo todo a través de un espejo que me obsequió una gitana.

Ahora sé que estas a punto de desmayarte, pero te pido que no lo hagas. Respira profundo y concéntrate. Lo que cayó junto con esta nota es un juego de mesa, pero no es un juego normal, adentro del mismo reside un ente que es tan viejo como el mismo universo. Me costó mucho conseguirlo y lo hice porque sabía que algún día lo ibas a necesitar. No fui una buena persona, ni mucho menos un buen hijo y hermano. Te ayudo solo porque quiero algo de absolución por todos los pecados que cometí y cometeré. Es extraño, puedo ver el futuro, pero no la tragedia que me va a llevar a desaparecer del plano existencial.

Es importante que sepas que si comienzas a jugar con tus amigas no van a poder detenerse hasta terminar. No dejen que el espectro suelto, solo hay una regla y es que, si dejan de jugar en algún momento, el ente las reclamara y perderán la vida. Sabiendo esto y que el tiempo de tu amiga es muy limitado tienen que tomar una decisión.

Mucha suerte, Daiana, y si puedo voy a intentar ayudarte desde donde estoy.

P.D. No creas todo lo que dicen de mí, jamás le hice daño nadie. O al menos, aún no lo hago.”

Daiana releyó la carta en voz alta, y luego de titubear un poco, decidieron hacerse con el juego y salir de ahí lo más rápido posible.

Continuará…

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