Lucía | Parte 1 de 4

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Disculpame, ¿lo han visto? Se llama Martín, es alto, morocho, ojos verdes, de Buenos Aires, se le nota el acento porteño, es buen pibe, vino a estudiar acá… Por favor, si lo han visto avísenme. Se los voy a agradecer.

Martín es mi amigo… Mi novio, quizás. Nunca lo aclaramos, pero sentíamos los dos algo por el otro. Vino a Mendoza hace unos dos años, en enero, a estudiar a la UTN. Es un chico tranquilo, no fuma, no toma, no jode a nadie.

Martín perdió a su familia en un accidente en la ruta cuando era chico, por lo que se decidió a cambiar de aires para no estar en su casa, viviendo con los fantasmas de las fotos y las cosas de su hermano y sus padres. Cuando llegó a Mendoza, lo conocí por un amigo en común que tenemos, el Colo.

—Luchi, él es Martín. Es de Buenos Aires, ya que estudiás turismo podrías mostrarle un poco la provincia, ¿no? — me dijo el día que lo conocí.

Él estaba callado, pero sonreía y lo miraba al Colo con un brillo en sus ojos que me atraparon. Se sentó a mi lado y el Colo se fue, dejándonos para conocernos.

— Hola, soy Lucía.

— Martín — me dijo con su acento particular—. Estoy estudiando con Fabricio en la uni.

— Sí, me contó de vos.

— Ah, ¿sí? ¿Y qué te dijo?  — me preguntó entre curioso y pícaro. Y así comenzó nuestra amistad.

Salimos al día siguiente, fuimos al Cerro de la Gloria, bajamos al parque en bici y nos sentamos a tomar algo en el lago. Él me contaba cosas de su vida, yo lo miraba maravillada. Tiene un carisma poderoso, cuando habla transmite lo que te quiere decir, sabe expresarse. Yo le dije que tendría que seguir abogacía, que iba a ser muy bueno. Él me dijo que no, que no le gustaba ser cuervo.

Cuando volvimos al centro, nos despedimos en la Peatonal. Fue una despedida sobria, yo quería besarlo, pero no me animé. Él fue muy caballero y tampoco lo hizo.

Volvimos a salir a los días, se nos hizo costumbre ya vernos todas las semanas. Los chicos ya nos hacían una relación que nosotros negábamos. En una juntada en su departamento para ver unas pelis con los chicos, tuvimos nuestro primer beso. Fue robado… Por él. Me acuerdo y sonrío porque fue muy tierno. Se sonrojó y se empezó a reír, mientras me pedía disculpas. Yo me reía con él, quería besarlo, pero estaban los chicos y no daba la situación.

Al tiempo ya empezamos a salir solos, el Colo nos cargaba. Decía que estaba perdiendo a su amigo, que se iba a volver un William Wallace. Martín le festejaba el chiste, yo lo jodía a él que cuando se iba a conseguir su kilt. Tenemos una hermosa relación, lo quiero mucho y él a mí.

Un día decidimos tener una salida distinta, nos subimos a su auto y nos fuimos a la tarde a los cerros cerca del zoológico. Compramos algo para comer y, entre charla y charla, cenamos allá arriba. La noche estaba hermosa, despejada y una luna menguante enorme y brillante. Me tomó de la mano, me acarició el rostro y me besó. Lo besé, y entre caricias, hicimos el amor.

Estuvimos un rato recostados, abrazados, cuando me dijo que necesitaba orinar. Me reí y le dije que no se demorara mucho, que quería estar con él un ratito más. Me dio un beso, sonrío y me dijo “ya vuelvo”. Me puse su campera y desde dentro del auto vi cómo se acercaba al borde a orinar, iluminado por las luces del auto, cuando veo que observa algo con curiosidad. Me asomé a la ventana y le pregunté:

— Martín, ¿pasa algo?

— Ahí voy, me pareció que algo se movió.

— Seguro es un perro. Hay muchos por acá.

— Si, eso parece.

Cuando dio media vuelta para volver al auto, algo tironeó de él por la espalda y lo arrastró hacia atrás, desapareciendo en la noche en silencio…

Me quedé helada mirando donde está… estaba Martín. Pensé que había caído o algo, pero cuando salí no había nada. Me acerqué un poco al lugar y vi en el suelo unas marcas de arrastre, que desaparecieron. No que se perdían ni nada de eso, literalmente desaparecieron. Estaba temblando por lo que me tapé más con su campera, pero no temblaba de frío…

— ¡Martín! — grité a la noche— ¡Martín! Respondeme por favor, ¡Martín!

Nada. Los grillos solamente respondían. Intenté mirar más lejos entornando la vista, pero la luna ya no iluminaba tanto como unas horas atrás. Caí de rodillas, tapándome la boca con la manga de la campera. Sentía su olor, su embriagador olor. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas y me comenzó a embargar la desesperación.

Volví al auto y agarré mi celular, marqué 911. Cuando me atendió la telefonista, entre sollozos alcancé a decirle lo que pasó. Me pidieron las características del auto y me dijeron que mandarían un móvil, que no me alejara del auto. Fueron dos horas. Dos enfermizas horas, maquinando, pensando, llorando desesperada mirando el mismo punto por donde Martín se fue o desapareció o lo que le haya pasado. Todavía sentía su olor en la campera, por lo que me acurruqué más en ella para sentirme protegida y un poco cerca de él. Intenté escribirle al Colo, pero… ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo le explico esto?

Cuando llegó el móvil, se bajaron dos policías. Uno de ellos me miró y levantó una ceja.

— Vístase, señorita, por favor.

Ahí me di cuenta que había estado sentada al lado del auto, en ropa interior, cubierta solamente por la campera de Martín. Me puse el jean y me calcé, le pedí disculpas al oficial y les expliqué la situación. El otro policía, un morocho soberbio, me dijo que tendría que haberles pedido permiso a las brujas del cerro antes de venir a coger. Me desagradó su tono y expresión. El otro agarró la linterna de la camioneta y, iluminándose con ella, empezó a caminar entre las jarillas y matorrales, corriendo con el palo ese de ellos las cosas. En menos de quince minutos volvió, con una gorra toda rota.

— ¿Es de tu novio?

— No. Él no tenía gorra.

— Bueno —dijo y la tiró de vuelta a la oscuridad, mientras el otro se reía—. Mirá, linda. Capaz se fue. No es la primera vez que un pichón come y vuela. A lo mejor ya está en su casa.

— Pero el auto es de él, ¿cómo se va a ir?

— Caminando —dijo el otro—. ¿O de los telos te pensás que se van en helicóptero?

— Hagamos así, si en 48hs no aparece, vas y ponés la denuncia en la comisaría y vemos. ¿Te parece?

Me quedé mirándolos con un odio, una bronca. Me mandaron a dos gorilas para que se me rieran en la cara. Acepté porque no me quedó otra. Como yo no sé manejar, les pedí que si me podían alcanzar al centro. Junté mis cosas, cerré el auto y me alcanzaron a la plaza Independencia, de ahí me subí a un taxi y me fui a mi casa.

Llegué, me acosté y cerré los ojos. Pero no dormí. Aún sentía su olor, su calidez, su voz. Su rostro antes de desaparecer volvió a aparecerse ante mí y las lágrimas comenzaron a escurrirse entre mis párpados, una presión en mi pecho y el llanto silencioso. Fue una noche larga, muy larga.

Al día siguiente le pedí a unos amigos que me acompañaran a buscar el auto, nos fuimos en el Uno de uno de ellos y cuando llegamos al lugar donde desapareció la noche anterior me volvió a invadir esa presión en el pecho. El auto estaba estacionado en el mismo lugar, sin marcas ni señales de que lo hayan intentado robar. Cuando bajamos y nos acercamos al Fiesta, me empezó a faltar el aire de los nervios, me costaba respirar. Lucas, uno de los chicos, me agarró del brazo y me sentó en una piedra.

— Negra, calmate. Ya vas a ver que seguro aparece, no se pudo haber ido, así como así, dejando todo acá.

— Pero Lucas…— intenté hablar sin encontrar las palabras.

— Nada, Luchi. Ya vas a ver, va a volver. Además, tiene que ser muy pelotudo para perderse una mina como vos. Calmate que con el Titi lo ponemos en marcha y nos vamos.

Titi se subió al auto de Martín y lo arrancó con la llave que le di. Lucas y yo nos fuimos en el otro y enfilamos a Ciudad. Cuando llegamos a casa, les pedí que lo guardaran en mi cochera.

Una vez que el auto estuvo dentro, se fueron no sin antes abrazarme y pedirme que les avisara cualquier cosa. Les agradecí y cerré la puerta. Cuando pasé por al lado del coche, se prendió la radio sola. Salté del susto, pero sólo hacia estática, no había agarrado ninguna emisora. Con un poco de miedo abrí la puerta y vi que los chicos dejaron en contacto la llave. La giré, la saqué y entré a casa.

Cansada, como estaba me tiré en la cama, agarré su campera, la abracé y me dormí al instante. No soñé nada, o no recuerdo haber soñado algo. Mejor, porque los recuerdos aún estaban muy frescos en mi memoria.

Me desperté sobresaltada. Algo vibraba en mi bolsillo. Abrí los ojos y vi todo oscuro, dormí todo el día y ni idea qué hora era. El teléfono seguía vibrando, en silencio. Seguro eran los chicos que querían saber cómo estaba. Saqué el celular del bolsillo e inmediatamente lo tiré en la mesa como si me hubiera quemado la mano.

En la pantalla figuraba “Martín”.

Continuará…

Escrito por Dieguitus Chia para la sección: