A la ciudad y al mundo | Parte 18

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Capítulo treinta y cinco

Sebastián Rodríguez inspeccionaba los rincones en busca de algún escondite. No tuvo suerte con el escritorio y tampoco detrás del retrato de Lenin. Nada en las alfombras. Quedaba la biblioteca. Tenía los nervios tensos y los oídos en la habitación contigua. El sonido fue tan contundente como su hallazgo. Seis de los tomos que se apoyaban en el tercer estante eran tan falsos como el nombre de Víctor Alexandrovich Zabotin. Los lomos estaban pegados sobre una madera que servía para ocultar una caja fuerte marca Thompson. La puerta que antecedía al hábitat privado de Andropov se había abierto.

El intruso se movió rápido, en un segundo o tal vez menos se encontraba agazapado bajo el escritorio. Escuchó como la mujer llamaba a su jefe, la escuchó cuando insultó, al parecer después de que algo se le cayó al piso. Seguía maldiciendo su suerte cuando azotó la puerta y se alejó.

El sacerdote tuvo que encomendarse a cada uno y a todos los santos para acertar con la combinación. Tradujo a números todos los datos que tenía sobre la vida del futuro líder del Politburó. Encontró la respuesta en la fecha de cumpleaños de una sobrina, Ursula Sonianova, que estudiaba en la Alta Escuela Mossovet para Comandos de Frontera en Moscú. Fueron diez dolorosos minutos de girar la rueda a diestra y siniestra, hasta que por fin el sonido que anhelaba inundó la estancia, o eso le pareció, como un trueno en noche de tormenta. En realidad se trató de un sonido apagado como el chasquido que produce la lengua al separarse súbitamente del paladar.

En la caja metálica había varios fajos de billetes de cien dólares, un par de revistas Time, en cuyas portadas aparecía: en una el presidente de Estados Unidos y en la otra el Papa. Debajo de las publicaciones halló una carpeta negra delgada. Era consciente que no tendría una oportunidad igual, tal vez en mucho tiempo. Abrió la carpeta y leyó su contenido con rapidez. Leyó y memorizó. Memorizó y transmitió a la Santa Alianza.

Capítulo treinta y seis

El espionaje Vaticano supo gracias a la labor realizada por Sebastián Rodríguez que un ilegal del K.G.B. había suplantado a un alto funcionario de la Curia Romana con la eficaz ayuda de un departamento hasta ese momento ignorado por todos los servicios de inteligencia del mundo, al que se lo denominaba: el pabellón de las máscaras. Supo además que se estaba tramando una acción en contra de Pablo VI. Ignoraban que el virus ya estaba inoculado en los dominios del Papa, pero iban a saberlo muy pronto.

—Nos ha resultado muy esclarecedor todo lo que nos ha dicho, monseñor—declaró Pablo VI cuando Rodríguez hubo terminado de hablar.

—Debemos permanecer más alertas que nunca, Santo Padre. El informe Nessun Dorma es un arma poderosa en las manos de Andropov.

—Confiemos, mi leal Pasquale, en que la inteligencia vaticana consiga mojar su pólvora.

El hermano Miguel, un hombre con más huesos que carne y más sentido del humor que cabellos sobre la frente, manipuló con pericia los botones que harían posible entablar la conversación que se le había solicitado.

El hermano Miguel era miembro de Los Seis Hermanos de la Cofradía de Don Orione. Éste grupo de frailes se encargaba desde 1886 de las comunicaciones telefónicas del Estado Vaticano.

El ayudante de cámara y secretario privado del Santo Padre, levantó el tubo del teléfono.

—Pronto —dijo.

—Disculpe, monseñor. Habla el hermano Miguel, tengo en espera a una persona que dice ser el Director General del K.G.B. y solicita hablar con Su Santidad.

—No sé preocupe, hermano, yo contestaré. Muchas gracias.

Se produjo un segundo de silencio para dar paso a la voz de Andropov, que se oía nítida como si estuviera dentro de la habitación.

—Me complace que pueda disponer de algunos minutos para mí, Giovanni —dijo Andropov en un aceptable italiano y cuidándose de llamarlo por el título que ostentaba.

—Está hablando con monseñor Vargas, secretario privado del Santo Padre.

— Tenga la bondad de informar a su jefe —remarcó estas últimas palabras—, que he encontrado algo que perdió. Volveré a comunicarme en una hora.

Yuri Andropov habló con la calma del jugador que conoce los naipes de su oponente. La exigencia no podía ser más clara y precisa: el Papa debía redactar una encíclica en la que dejara bien sentado que ya no tenía fuerzas para continuar, que a pesar de los esfuerzos de muchos la Iglesia había perdido la batalla y él las esperanzas. Por tal motivo había decidido abdicar al trono de Pedro. El plan era que el sucesor de Pablo VI, fuera elegido por el supremo hombre a cargo del K.G.B.

Andropov no encontró del otro lado de la línea a la persona aterraba que esperaba o más bien que deseaba encontrar. El Santo Padre no había jugado todas sus cartas y todavía faltaba la última mano. La que con la ayuda de Dios y el jesuita argentino, le daría la victoria final.

Continuará…